jueves, 9 de julio de 2009

Historias de la Bahía ( I )

Querida amiga,
Vuelvo a escribirte, ahora que he llegado de mi viajito.
Y, como es natural en mí, ya sabes que esta loca imaginación se dispara para reinterpretar, sin el más mínimo parecido a la realidad vivida, la más pequeña experiencia en estos tres días que han terminado con un sabor intensamente dulce, y triste. Que no, que nada es cierto, que luego empiezas a preguntarme que si esto y lo otro, que tú eres una cotilla. Disfruta y nada más, vale?

Además de esta historia que se me ha ocurrido en el tren, me quedo con ciertos contenidos aprendidos, con la luz del paisaje, ese azul del mar, esos edificios llenos de blancos balcones en una sensación permanente de Habana vieja.
Sí, el Cádiz histórico destila esos aires de una ciudad encantadoramente vieja, con solera, amurallada frente a mil piratas, con un ritmo tranquilo que sorprende al viajero, calles poco transitadas, quizá por el verano, y plazas donde parece que se concentran todos los gaditanos para merendar.
La luz del sur, en el final de la península, quizá más luminosa por ser encuentro de mares. Brisas frescas con sabor a playa, pescao y mundo, mucho mundo a pesar de ser un recinto perfectamente empalizado en castillos y torres vigías.

Y, sobre todas las cosas, como siempre, esa inmensidad del mar, desde el mirador del Parador. Te lo recomiendo encarecidamente, pues es un espectáculo indescriptible. Mejor no gastar palabras y que te vengas al sur, al último confín, a disfrutar toda esta vitalidad que rebosa la tierra.
Espero que disfrutes la historia, que, por supuesto, jajajja, es pura mentira, o locura propiciada por los golpes de sol o de innovación, que esa ha sido mi excusa y tú ya me conoces: sabes que me encanta trajinar, jugar e inventar, todo lo posible.... No me vayas después a preguntar..eh, que te veo venir....


Se conocieron en un foro de internet, de admirador@s del séptimo arte. Ella se había fijado especialmente en su perfil, después de leer algunas de sus opiniones.
Casi, casi coincidía con aquellas siglas cuya identidad desconocía, en el apartado "tu película preferida". Desde luego era todo un peliculón, pero a Elena no le gustaba ceñirse a un sólo objeto de atención. Prefería la amplitud, no era capaz de limitarse a algo que le pareciera imperfecto, como todo en la vida.
Tenía varias películas que la maravillaban, entre ellas las imágenes mil veces repetidas de ese personaje heroíco, que era retratado por la escritora como alguien sin escrúpulos, alguien más allá de convenciones y límites, alguien que, frente a lo que pensaban sus contemporáneos, era admirada por las generaciones de nuestra modernidad como el ejemplo de rebelde con causa, de la luchadora que rompe esquemas y va más allá por la más sencilla y elemental de las razones, la supervivencia; o, por qué no, las más elevadas metas del egoísmo, conseguir cualesquiera de sus deseos y propósitos en la vida.
Para Elena la admiración que seguía despertando Escarlata O'hara constituía una muestra significativa de la hipocresía social. Era fácil encumbrar a alguien que aparecía lejano a la propia cotidianeidad, alguien que representaba la más pura revolución frente a los status quo, alguien tan políticamente incorrecto y despreciable por sus contemporáneos como lo seguía siendo cualesquiera de sus equivalentes en nuestras "modernas y avanzadas sociedades".
Efectivamente, Elena no tuvo que esperar demasiado para confirmar, triste y repetidamente, sus ideas. Lo poco que había avanzado la mentalidad social en cuanto a aspectos concernientes a la más esencial de las tolerancias. El respeto a la diferencia o la diversidad, en contextos cerrados, proclives al inmovilismo autocomplaciente, era recalcitrantemente palpable.
La actitud de Alba, Al para l@s amig@s, la había sorprendido gratamente a este respecto. Su solitario mensaje de complicidad?.. motivó sus primeros intercambios y el inicio de lo que sería una relación ciertamente tormentosa; llena de altos y bajos, de alegrías y de tristezas, de tantas incomprensiones mutuas como genio tenía cada una de sus protagonistas.

Después de unas y otras lágrimas mutuas, de noches sin dormir pensando en las palabras, hirientes, dulces, inquietantes, divertidas o simplemente incómodas, su irremediable atracción hacia la amistad, esa que surge cuando se encuentran polos opuestos en la concepción de la vida, les había hecho perdonarse y reaceptarse tras una y mil discusiones en las que ellas, como si fueran personajes de aquella película maravillosa, dejaban que el viento se llevara todo lo que merecía la pena.
El fuego y el agua, ya lo decían los astrólogos, eran prácticamente incompatibles, por mucho que surgiera ese misterio común por saber, por descubrir qué había debajo de las llamaradas de Al o de las aparentemente calmadas aguas de Elena, El para l@s amig@s.
Ni Al quería dejar que El sofocara la rotunda, casi insultante alegría de su fogosa vitalidad, casi rallando en la sencillez, tal era su espontaneidad, ni El estaba por la labor de dejar que ella secara la riqueza de matices del agua, que era símbolo de vida.
Espontaneidad frente a reververación de ideas o experiencias. Para Al la vida eran dos más dos son cuatro. Y El....ella siempre querría saber qué había más allá de esa operación, cómo y por qué se llegaba a esa conclusión, algo que exasperaba a Al.
Sin embargo, las unía algo esencial que supieron mantener a flote: a pesar de distancias, malos entendidos, influencias externas de los respectivos entornos, o ese agotamiento que seguía a cualquiera de sus apasionadas batallas dialécticas, ambas presentían la bondad y la generosidad del otro alma.
Sentido y sensibilidad, dulzura e intensidad, esos podrían ser los adjetivos que ambas usaban para definirse mutuamente cuando no estaban cegadas por las momentaneas exasperaciones que provocaban las palabras ajenas.
Elena, desde sus frías y norteñas tierras, viajaba al sur para hacer un curso sobre literatura fantástica, porque, de un tiempo a esta parte, le parecía buena idea emplear su tiempo libre en escribir historias que distrajeran su mente de las mil revueltas que un corazón ciertamente destrozado inflingía a su espíritu; sin descanso, como un persistente e invencible martillo pilón.
Estaban en uno de esos tiempos muertos de su amistad en los que, como era habitual en los caracteres impulsivos, había sido Alba la que le había retirado la palabra.
Le parecía como si estuvieran jugando al perro y al gato, como si fueran niñas de colegio que no eran capaces de poner fin a aquel círculo vicioso. Ambas lo deseaban porque les parecía ridícula aquella situación francamente absurda. Para Elena, desde su premeditada pose de fría intelectual, era inconcebible que dos mujeres adultas empezaran con risas o conversaciones sencillas y agradables y terminaran insultándose, con los muertos de unas y otras por medio. Al final, después de cada brusca despedida, le quedaba esa sensación terriblemente incómoda de los estados de permanente asombro e incomprensión. Estaba claro que no se entendían. Aun así Alba insistía en mantener el intento de entendimiento.
"Pues porque me gusta hablar contigo", " y a mí contigo". Y era tan verdad como un templo. Y, a pesar de que la evidencia estaba clarisima, de una u otra forma, siempre se las aviaban para terminar tirándose los trastos a la cabeza.
Cuando Elena decidió aquel viaje pensó que sería una buena oportunidad para conocerla, para diluir de una vez malos entendidos.
Porque tenía claro que la única forma de sentir realmente a alguien era mirándola a los ojos, recibiendo todas esas señales que el otro nos muestra con su lenguaje corporal. Sabía que Al no se lo iba a poner nada fácil. Porque, además de muy buena gente, era cabezona como una mula, alguien que funcionaba por prontos, y, por lo tanto, nada rencorosa, en cuanto que sus arraques no tenían una base sólida. Pero de eso no se daba cuenta hasta mucho después, cuando Elena le contaba cuánto le habían dolido sus palabras mal sonantes. Entonces se sentía realmente mal, justo lo que no querìa provocar El con sus palabras.
Le dijo a su marido que estaría fuera cuatro días; que si no quería molestarse en hacer la comida, que llamara a la chica de la limpieza. Ella necesitaba despejarse, salir de aquella rutina que no hacía sino recordarle la separación de.... Estaba todo demasiado reciente para poder pensar con claridad. Necesitaba respirar el aire marino, las brisas cargadas de iones negativos, oir a las gaviotas y olvidarse de su asfixiante cotidianeidad.
El caso es que, volviendo a los terrenos de la amistad, Alba tenía un corazón de oro, de eso sí que estaba segura El, que, sólo con ese dato, ya le parecía una persona valiosa y digna del esfuerzo de mantener en buenas condiciones aquella incipiente relación, nacida del azar.

( continuará )






José Mercé: Alegrías de Cádiz



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