domingo, 10 de enero de 2010

Sueños de enero....sueños de Amor

Como habitualmente cada principio de enero, consultó su agenda y repasó las citas del primer semestre, hasta final de curso.
Sin querer demorarse demasiado llegó hasta el final de mayo y, casualmente, comprobó que la visita al ginecólogo estaba marcada en aquel fatídico día.

-Ufff, Esther... - cerró los ojos.
Respiró profunda y sonoramente, para intentar sacudirse algo, sólo un poco, aquella ráfaga que se le hundía, aquel dolor profundo que no se iba..demasiado bien sé que no te irás nunca...

Aquel día de primavera, cuando Esther le dijo que no podían seguir así, que necesitaba entregarse a Andrés como realmente merecía, M. se limitó a sofocar su desesperación delante del mundo como mejor sabía hacer.

Aunque al día siguiente se permitió el lujo indispensable de no ir a trabajar- en realidad casi no podía articular palabra - nadie la vio llorar durante mucho tiempo. Lloró ríos por Esther, y pensó que aquella canción de Maná se le quedaba muy corta.

Lloraba de noche o en las horas libres, cuando nadie podía verla. Lloraba en casa, o lloraba por la calle, camino de casa o de vuelta del pan. Pero no fue capaz de buscar consuelo en ninguna de las personas que la querían.

Tragar dolor, ocultar la gravedad de los hechos, decirle a algún amigo íntimo , sin convicción alguna, que iba a conseguirlo, que algún día conseguiría olvidar aquella despedida llena de lo sientos.

Así que, en realidad, nada podía reprocharle a Esther en ese sentido, pues, aunque interiormente su fuerza vital se iba extinguiendo como una vela sin oxígeno, en realidad M. sabía que no podría vivir sin ella, y, de cara a la galería adoptó un papel muy semejante al de Esther.

Y fue más allá, quiso representar el doble juego de Mr. Hyde.
De día, a la luz de todos, seguia siendo esa profesora distante, reservada, con ese aire imponente, a veces amenazador, a veces hostil, a veces magnéticamente atractivo, como suelen desprender algunas personas poco habladoras, esas cuyo gesto serio es considerado por alguno@s frívol@s simple antipatía o presunción.

La tristeza que brotaba por todos los poros de su alma se había asentado en su gesto. Y le confería ese aire enigmático que tanto atraía a la inmadurez propia de sus jóvenes alumn@s.

La consistencia de su esqueleto, su fortaleza física, la mirada intensa, casi provocadora, sin pelos en la lengua y con esa vocación (casi impertinente o casi traviesa a los ojos de la tolerancia ajena )para dejar completamente al aire aquello que presentía premeditadamente oculto por los demás, construyeron poco a poco una especie de leyenda que flotaba a su alrededor, por los largos pasillos de la Facultad.

Macarena Wilson era un personaje controvertido, dentro y fuera de los despachos, dentro y fuera de las aulas. Ahora que el dolor había impregnado cada minúscula fibra de su alma, su corazón y su cuerpo, necesitaba desahogar parte de su desesperación de alguna, de muchas, de todas las formas posibles.

Secreta, silenciosa, casi imperceptiblemente para el resto del mundo, sentía que se estaba ahogando, sabía que el aire le faltaba porque no quería seguir viviendo en un mundo sin ella. Y era precisamente esa amargura de seguir viviendo la que salía a veces en forma de exabruptos, lanzando críticas envenenadas en medio de una audiencia tan alucinada con sus consignas como extrañada de sus prontos salvajes.

Después de dos años y medio, seguía despertándose de madrugada, sudando, soñando con ella, mientras volvía a escuchar una, y otra y una vez más "ya no puedo seguir contigo.Por favor, dime que lo entiendes, dímelo, por favor".

Entonces, seguía percibiendo aquel frío helado que le partió el corazón en tantas partículas, aquella desesperación en la que no podía encontrar ni el más mínimo resquicio de esperanza, siquiera de un suspiro de calma para su espíritu.

Aquel 29 de mayo algo profundo y esencial se había roto para siempre. Quizá perdió la capacidad de confiar en las demás personas de la tierra. Algo que siempre fue una tarea trascendental en la vida de M.

Desde que conoció a Esther, sus apasionadas maneras la llevaron a la entrega total.

Vivía por ella y para ella desde el primer minuto de cada radiante mañana. La pensaba, la sentía y la deseaba como nunca antes pudo desear a nadie, con esa fuerza descontrolada que la hacía reir en cualquier lugar, esa ilusión casi infantil, creyendo en las maravillas del Amor, ese salir volando por la ventana por si su alma se tropezaba con la suya en una de sus comunes escapadas por el limbo de l@s soñador@s, con aquellas mariposas que nunca la abandonaron.
Ese imaginar que irían juntas a mil lugares, a donde ella quisiera, sólo por ver una de aquellas sonrisas....

Aquel 29 de mayo siguió respirando porque sus pulmones estaban entrenados para ello.

Pero su mundo se cubrió de un cielo permanentemente nublado, una película de absurdo permeaba el sinsentido de cualquier detalle.
Su mirada ya no veía aquel arcoiris que todo lo impregnaba para disfrutar los segundos preciosos de cualquier existencia.

Levantarse cada mañana era algo que implicaba toneladas de esfuerzo, pues su alma estaba sumida en ese aire indefinido, ese aire ambiguo que inunda cementerios y campos tras la batalla.

Literalmente, el alma le pesaba, le pesaba la vida, le pesaba el cuerpo.

Años después, M. recordaría con su habitual ironía lo bien que le habían venido aquellos meses para perder los kilos de más, que, conociendo su carácter inestable y desordenado, estaba segura pronto le daría por lo contrario, por atiborrarse de dulces que suavizaran la amargura de su vacío infinito.

Afortunadamente, aquellos primeros meses contó con la presencia impertinente y salvadora de su madre, que, presintiendo en el tono de voz que algo no iba bien, evitó que las cosas fueran a mayores trasladándose a Sevilla con la excusa más tonta que pudo encontrar.

Pero la huída de Esther la había marcado para siempre. Su nombre seguía apareciendo cotidianamente en un cerebro embotado que se resistía a olvidar.

En el fondo, M siempre reconoció sus propias cobardías. Entre ellas, la de negarse a aceptar una derrota. Una vez más se demostraba a sí misma qué fácil resultaba hablar del miedo ajeno cuando ella tenía pánico a soltar amarras.

Quizá sólo una pequeña y resistente esperanza le permitía albergar la ilusión de recuperar a Esther. Y con ella la necesidad de conservar sus memorias como uno de sus más preciados tesoros. Quizá todo fuera una quimera más de su larga lista de incendiarios idealismos. Pero era lo único que la hacía seguir levantándose de la cama.

Y, sobre todas las cosas, en sus momentos más bajos, recordaba el final de aquel peliculón, cuando Escarlata O'Hara pronunciaba una de las frases clave de toda la his
toria: "hace años debiste declarar que la querías a ella y no a mí y no dejarme indecisa con tus cosas del honor...y pensar que he amado... algo que ni siquiera existe..."

¿Se puede llegar a cometer un error tan trascendental para la vida de una persona? ¿ podemos pasarnos toda la vida soñando con algo que sólo existe en nuestro corazón?

Cuando M., en el habitual pase navideño recordaba este inquietante, estremecedor interrogante, enseguida prefería repetirse a sí misma la otra frase que terminaba la secuencia: "encontraré un modo de hacerle volver", mientras el sol iluminaba la cara de la protagonista, de vuelta a Tara.

Aquella película había cumplido 70 años y no había perdido ni un ápice de su maravilla. Para M. resultaba un tónico volver a verla porque, de alguna forma, creía que recordar la pasión vital del personaje central la ayudaría a recuperar algo de su perdido optimismo, su fuerza para luchar por lo que más quería, ese alguien que, a pesar del paso del tiempo, para bien o para mal, seguía inspirándole toda la ternura, toda la ilusión, toda su capacidad de emoción.
Una mujer que, pasara lo que pasara en el futuro... siempre serás el amor de mi vida.



(Nota: los nombres de los personajes son un homenaje a la serie Hospital Central, de la cual proceden)

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2 comentarios:

  1. ¿Cómo comer sin ti, sin la piadosa
    costumbre de tus alas
    que refrescan el aire y renuevan la luz?
    Sin ti, ni el pan ni el vino,
    ni la vida, ni el hambre, ni el jugoso
    color de la mañana
    tienen ningún sentido ni para nada sirven.
    Allá fuera está el mar,
    allá fuera, en el mundo, estás tú.
    Comiendo tú sin mí:
    tu hambre, tu pan, tu vino y tu mañana.
    Yo aquí, ante los manteles opacos
    y la bebida amarga,
    ante platos sin sabor ni colores.
    Lo intento, sí, lo intento, pero cómo
    comer sin ti, ni para qué…
    Tú te has llevado tu olor a bosque
    y el gusto de la vida.
    Fuera están mar y aire.
    Dentro, yo solo frente a la mesa puesta
    que ha perdido su voz y su alegría.

    ( Antonio Gala )

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  2. Gracias, Alas. Precioso.
    Saluditos y expresiones

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