Después del itinerario por las salas anteriores, llegó ese momento de la moderna y privilegiada panorámica comparativa, cuando podemos detenernos en una parte del edificio y darnos cuenta, de nuevo, del largo recorrido que observa la evolución artística y, con ella, las sociedades humanas.
La primera parada podría ser la estatuilla fenicia, no recuerdo bien si de un sacerdote o un rey.
A pesar de la falta de nitidez, porque no se podía usar el flash, hay cosas bien patentes: el movimiento artificioso del cuerpo, su rigidez arcaica, el hieratismo de su expresión, el esquematismo de la figura nos hablan de un mundo bastante anterior a la irrupción griega. Una sociedad que hoy en día consideramos culturalmente menos desarrollada.
Luego, llegamos a la sala de la escultura romana, con sus copias casi fidedignas de los modelos griegos. Y surge esa segunda parada, absolutamente admirada de la belleza y la armonía clásicas, el retrato de Adriano como dios.
Imposible pasar de largo. Muy difícil contemplar el conjunto como algo aislado en el tiempo, tal resulta ser la impresión que produce la blancura lisa de las paredes, un fondo neutro que consigue darle a la escultura ese aire de eternidad que desprende la difícil sencillez de la perfección clásica, esa atmósfera que se respira en Itálica, en Baelo Claudia, en Mérida, o en ese maravilloso oráculo de Delfos...la morada de los dioses.
No hay más que dejarse arrastrar por el efecto mágico de las líneas sobre las memorias sentimentales. Esa sensualidad de la cadera de nuestro emperador, que ya contiene en sí misma todo un bagaje histórico cultural heredado por nuestras contemporaneidades; la huella indeleble de Praxíteles y su revolucionaria curva, que hizo estragos en la historia de la escultura humana, o la expresión de las ideas sobre el bien y el mal, a través de la simple representación del canon escultórico.
Pues, siguiendo a Platón, la idea de Belleza estaba ineludiblemente unida al concepto de Bien ( sigo pensando que si entonces se hubiera inventado ya el copyright, los padres del cristianismo primitivo estarían todos en la cárcel, tal fue la apropiación que, tan feliz como libremente, hicieron de la filosofía platónico-aristotélica.....y gratis...).
Simplemente recorriendo la figura de arriba abajo, admirando la perfección de las líneas, puede notarse el secreto a voces de su éxito: la delicadeza que imprime el volátil equilibrio de una curva praxiteliana invoca cierta fragilidad que se contrapone a la fortaleza de un cuerpo atlético.
El resultado de los contrastes configura un todo casi perfecto donde fuerza y sutileza conforman esa idea de belleza que todavía hoy en día sigue cautivando sin remedio.
Pues, acaso...¿podría alguien quedarse impavido ante semejante cuerpazo? (partiendo de la base de que la apreciación de la belleza y/o armonías nada tienen que ver ni con el sexo ni con las preferencias hacia tales o cuáles bandos).
Si observamos la siguiente parada, esta joven de Vasallo ( 1908-1986), podría decirse que los cánones sobre la armonía del cuerpo humano no han cambiado prácticamente nada. Porque seguimos sintiendo ( el cúmulo de los siglos, la herencia histórica, ya están incrustados en las células neuronales también ), seguimos sintiendo que estamos ante alguien culturalmente definido como bello, esta mujer joven que bien podría ser una afrodita griega.
Sin embargo, lo asombroso es que han transcurrido 2000 años entre los unos y los otros.
Con lo cual, como conclusión, surge de nuevo ese convencimiento de que hay ciertos rasgos culturales que conforman mentalidades y formas de sentir, rasgos que, por voluntaria adopción o inercias colectivas, siguen presentes a lo largo de los siglos, más allá de transformaciones económicas, políticas o sociales.
Resulta curioso asistir al convencimiento de que es así, de que en el fondo, después de dos milenios, Seguimos siendo griegos en la definición de bellezas y armonías.
Y no es de extrañar, porque quién no se siente fascinado por el apubullante esplendor del clasicismo griego? incluso el Adriano de Yourcenar ( ese cúmulo de emociones a flor de piel)se nos aparece rendido a las virtudes y los fracasos de las enseñanzas griegas.
" Siempre agradeceré a Scauro que me hiciera estudiar el griego a temprana edad. Aún era un niño cuando por primera vez probé de escribir con el estilo los caracteres de ese alfabeto desconocido; empezaba mi gran extrañamiento, mis grandes viajes y el sentimiento de una elección tan deliberada y tan involuntaria como el amor. Amé esa lengua por su flexibilidad de cuerpo bien adiestrado, su riqueza de vocabulario donde a cada palabra se siente el contacto directo y variado de las realidades, y porque casi todo lo que los hombres han dicho de mejor lo han dicho en griego. Entreveía la posibilidad de helenizar a los bárbaros, de aticizar a Roma, de imponer poco a poco al mundo la única cultura que ha sabido separarse un día de lo monstruoso, de lo informe, de lo inmóvil, que ha inventado una definición del método, una teoría de la política y de la belleza.
(...)
Por aquel entonces empecé a sentirme dios. No vayas a engañarte: seguía siendo, más que nunca, el mismo hombre nutrido por los frutos y los animales de la tierra, que devolvía al suelo los residuos de sus alimentos, que sacrificaba el sueño a cada revolución de los astros, inquieto hasta la locura cuando le faltaba demasiado tiempo la cálida presencia del amor. Mi fuerza, mi agilidad física o mental, se mantenían gracias a una cuidadosa gimnástica humana. Pero ¿qué puedo decir sino que todo aquello era vivido divinamente? Las azarosas experiencias de la juventud habían llegado a su fin, y también su urgencia por gozar del tiempo que pasa. A los cuarenta y cuatro años me sentía libre de impaciencia, seguro de mí, tan perfecto como mi naturaleza me lo permitía, eterno. Y entiende bien que se trata aquí de una concepción del intelecto; los delirios, si preciso es darles ese nombre, vinieron más tarde. Yo era dios, sencillamente, porque era hombre. Los títulos divinos que Grecia me concedió después no hicieron más que proclamar lo que había comprobado mucho antes por mí mismo. Creo que hubiera podido sentirme dios en las prisiones de Domiciano o en el pozo de una mina. Si tengo la audacia de pretenderlo se debe a que ese sentimiento apenas me parece extraordinario, y no tiene nada de único. Otros lo sintieron, o lo sentirán en el futuro.
(...)
Una parte de cada vida, y aun de cada vida insignificante, transcurre en buscar las razones de ser, los puntos de partida, las fuentes. Mi impotencia para descubrirlos me llevó a veces a las explicaciones mágicas, a buscar en los delirios de lo oculto lo que el sentido común no alcanzaba a darme. Cuando los cálculos complicados resultan falsos, cuando los mismos filósofos no tienen ya nada que decirnos, es excusable volverse hacia el parloteo fortuito de las aves, o hacia el lejano contrapeso de los astros. "
( Marguerite Yourcenar: Memorias de Adriano)

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Lo cultural es producto de la historia, como toda mente humana. Dentro de lo cultural siempre cabe lo individual, pero los rasgos comunes que introduce la cultura son la esencia de cualquier manifestación artística.
ResponderEliminarUn saludo.
Buenas Isabel,
ResponderEliminarSupongo que te refieres a esa transmisión de esencias que hacen del Arte algo casi universal.Pues quizá el arte más autentico es aquel que expresa, más allá de lo particular cultural, justo lo más humano, aquello que trasciende culturas y temporales condicionamientos sociales.
Saluditos