La segunda vez que fue a Alicante, después de la catástrofe, M. había encontrado una excusa absolutamente prescindible para volver a verla.
Esther accedió, en medio de su habitual sobredosis de trabajo, para.....
- Claro, por supuesto que sí, encontraré un hueco para verte.
- (“un hueco...”)…sí, vale, bueno, ya sabes que no quiero molestarte. Sé que estás muy ocupada y todo eso... (sé, Amor, que para ti será prácticamente un compromiso...).
Y mientras lo pensaba, se veía a sí misma, casi compadeciéndose, suplicando la atención de aquella mujer que para ella era mucho más que un "matizado" recuerdo en el pasado.
Con los años, M. llegaría a recordar, como tantas veces, aquel infierno que siguió a su abandono.
Aquellos días en los que sentía que lo mejor sería morirse, dejar de respirar para no tener que soportar aquel dolor.
Ahora, habían pasado dos años y aquella desesperación se había tornado en algo familiar, algo, por tanto, muy soportable, tal es la maravillosa cualidad humana para adaptarse al medio ambiente y sus circunstancias.
-Claro que sí, guapisima, yo soy una persona tremendamente fiel. No concibo el Amor sino como entrega absoluta al otr@.
Siguió escribiéndole sus habituales cartas, como si nada hubiera ocurrido, hasta que comprendió que quizá eso fuera una fuente de tristeza o desconsuelo para Esther.
Entonces reunió toda su fuerza de voluntad, se habló a sí misma, como si fuera una niña pequeña que, llorando a lágrima viva, a todas horas y por cualquier parte, sabe que no hay otro camino que ser mayor, ser como todos esperan.
Entonces fue cuando empezó a escribir aquella historia sentimental que tantas veces le había recomendado la psicóloga. Un relato que quiso convertir en su último regalo de Amor.
Cuando muchos años después, M. desempolvó la copia del más alto de sus rincones secretos, recordó que se había propuesto enviarle a Esther aquel chorro de palabras en el que, más allá de todas sus retahilas, era el Amor el que se derramaba por los laberintos de subordinadas y coordinadas, fueran causales o concesivas, sin importar paréntesis o puntos y aparte. O semejante cúmulo de fallos estilísticos, tan propios de cualquier escritor novato.
Y al poco de todo aquello, hizo el último de los viajes a Alicante, al menos así lo creía ella.
Con su sentido práctico y ese convencimiento de que las cosas deben encontrar una razón de ser antes de morir, M. consideró que podía ser una buena excusa para tratar aquel famoso síndrome de difícil digestión para cualquier joven alumno.
- Hoy, queridos estudiantes, vamos a hacer un comentario de texto de un diario de viaje. Este fragmento – naturalmente volvió a mentir...quién podría ser sincera en algo así - llegó a mis manos hace poco tiempo. Y aunque su autora es alguien que conozco, no os diré nada sobre ella. Quiero que me comentéis, como en otras ocasiones, qué veis en sus palabras, especialmente cuando se refiere al escritor italiano.
Y qué papel ocupa (o no, ya lo valoráis vosotros), qué papel ocupa el Amor en sus percepciones y emociones, pues quien escribió las arrebatadas pasiones de la Cartuja de Parma no podía sino vivir permanentemente imbuído en los claroscuros del Amor.
Vuestras palabras me serán de gran utilidad, estoy segura, para tratar de ayudar a esta persona, mientras nos sirve de punto de partida para adentramos en Stendhal, uno de los mejores críticos de arte de la Historia.
El fragmento se titula “Alicante o un viaje sentimental” y resulta ser parte de una carta de amor, una larga exposición donde su autora habla al amor perdido, contándole las causas profundas de cierto viaje, sus experiencias y percepciones. Su resumen de aquel recorrido.
Me parece una excusa apropiada para hablar de las relaciones que se establecen entre Belleza, Arte, viaje y, naturalmente Amor, como causa número 1 de alguna que otra huída.
Sileeeeencioooo, por favor, que no nos da tiempo como no empiece ya. Venga, que os leo:
Quizá fuera Stendhal, cuando en cierto momento trascendental de su recorrido provocó la inauguración de su famoso síndrome, uno de los más sensibles narradores de aquella experiencia, que, por aquel entonces, era mucho más que un viaje de estudios; los hombres ilustrados de los siglos XVIII y XIX seguían fieles a la vieja costumbre de visitar Italia, en ese empeño inútil de aprehender todo lo que veían y sentían con los sentidos externos para formarse en las Artes de la Antigüedad Clásica.
Pero para un hombre de aquella época, con gran capacidad de asombro y maravilla ante lo extraordinario, la tarea era tal que, la mayoría era presa de un estado de embelesamiento, una borrachera de los sentidos, fruto de la intensa sensualidad que suponía aquel banquete italiano, tan impactante como inolvidable.
La completa, espontánea y despreocupada inmersión en la Cultura y el Arte convivían con la avalancha permanente que provocaba la sensualidad mediterránea.
Rebosante de luz, color y ajetreo, la aspiración de la vida cotidiana de calles y plazas, ese baño contínuo de olores, sonidos, visiones, sabores y contactos con la realidad, constituían una irresistible amalgama que iba más allá de lo puramente artístico.
A cada paso por los recovecos de calles, en la esencia de plazas y edificios, en esa vivencia del deambular por la ciudad física, la armonía de perfectos cánones clásicos se mezclaba con el impulso heterogéneo de la vida cotidiana.
Así es que, envueltos en la visión impactante de más y más “piedras”, de un patrimonio histórico prácticamente ilimitado, absortos en la vorágine luminosa de aquellos espacios, plenos de vida y de bullicio, el resultado, en los casos más sensibles, era esa saturación emocional, ese bloqueo total del alma, anonadada de tanta belleza, que se traducía primero en el famoso síndrome de Stendhal, el colapso físico del cuerpo, y que, posteriormente, producía esa frustración del escritor que no encuentra palabras para definir complejos cúmulos de sentimiento, donde el placer de la felicidad se hace casi doloroso, tal es la irremediable profundidad con que afecta el alma.
A pesar de que nosotr@s, habitantes del siglo XXI, ya no tenemos la suerte de contar con la misma capacidad de asombro y disfrute, casi infantil, aún sigue siendo tarea difícil describir ese viaje sentimental que va más allá de un simple listado de las actividades realizadas. Pues, realmente, sucede que el desplazamiento físico del cuerpo, se convierte, una y otra vez, en la puerta de entrada al otro viaje, ese que, incluso en la propia cotidianeidad, nos lleva, paso a paso, hacia la búsqueda de un tesoro sin igual.
El viaje interior, que navega paralelamente al viaje físico, resulta ser el verdadero protagonista del itinerario. Se aprende tanto viajando a otros lugares materialmente tangibles, en ese contacto directo, donde la experiencia real suele ser mucho más poderosa que cualesquiera otras formas de educación sentimental.
A través de los libros, o de relatos ajenos siempre tendremos una visión indirecta, quizá muy interesante, pero nunca equiparable a la respuesta inmediata que surge desde cada percepción.
Para los que estamos interesados en una experiencia más honda, más íntima de la vida, viajar se convierte, por su apasionante cualidad de enganche, en una auténtica droga. Una droga poderosa y dulce, que, en su capacidad de expansionar la propia mirada, nos concede como un regalo, no siempre de forma fácil o agradable, atisbos de algo silencioso, algo que sólo nosotros podemos sentir, quizá compartir, esa sabiduría interior que nunca será síntoma de orgulloso egocentrismo sino de búsqueda de secretos y consignas.
El viaje siempre nos obliga a mirar desde los ojos de un ser humano en soledad, a realizar ese ejercicio de imaginativa solidaridad, de investigación casi científica de la realidad circundante.
Y es, justo ahí, en ese instante, cuando aprendemos que la vida puede ser un compendio infinitamente rico, pues cada mirada lo contempla desde ojos únicos e irrepetibles, a la vez que se produce ese flujo de experiencias entre el tú y el yo, entre el “nosotros” y “los otros”.
Realmente el resultado es conmovedor, siempre y cuando realicemos el ejercicio desde esa posición primigenia, casi la del inocente recién llegado al mundo; en ese contínuo avance hacia lo desconocido, sin miedo, con toda la energía, como un niño feliz, que no puede evitar mirar detrás de cada misterioso rincón....
A veces el viaje permanente hacia el fondo de nosotros mismos ( ese yo que se oye a lo lejos, como un eco, que permanece vivo, quizá aletargado, bajo esas innumerables capas que tan bien conocemos ya ), a veces ese proceso cotidiano de descubrimientos surge, casualmente, a través de alguien que, con sus solas palabras, nos impacta profunda y definitivamente; alguien que, más allá de las sonrisas o los gestos al tomarse una coca cola o abrocharse un botón, remueve los cimientos de toda una vida.
Y esas conversaciones con un@ extrañ@ se convierten en un instrumento indescriptible que, por sus mágicos efectos, nos convierten en alguien distinto, alguien que se empapa del otro alma, de su bondad, su pasión, sus ideas sobre la vida y el mundo, sus sueños y esperanzas de cambio hacia la felicidad. Alguien que en esa irresistible atracción por semejante cúmulo de estímulos vuelve a creer en las cosas esenciales de nuestra existencia.
Alguien que, un día cualquiera, en una de las borracheras de felicidad que provocan tan solo unas palabras unidas a otras, descubre que el significado de todo está allí, al otro lado de un hilo invisible; descubre, en medio de un vendaval de emociones, que ya no podría vivir sin saber cada día algo más de ese misterioso ser, que le parece surgido de otro mundo. Descubre que en sus días y sus noches todo ha cambiado.
Se para, se mira al espejo y recuerda que volverá a cumplir años, pero, por mucho que piense en esa lista de regalitos que entrega a familiares y amigos, se da cuenta de que sólo quiere una única cosa, algo que no se compra con dinero.
Algo que ya tiene porque lo siente de forma intensa, irremediable y arrolladora. Algo que, a la vez, no tiene, en ese dolor asesino que procuran todos los amores imposibles..
A veces tenemos la suerte de encontrar el paraíso en esa edad que las abuelas siguen llamando “la flor de la vida”, que los científicos sitúan para la mujer alrededor de los 40 años, año arriba año abajo; y en ocasiones la felicidad es tan efímera como el olor de las rosas, o la sonrisa de alguien que se cruza en la calle.
Pues no todos los viajeros siguen un mismo ritmo o una misma trayectoria. No todos son realmente conscientes de haber llegado al Dorado. Hay quien prefiere pasar de largo por muchas y variadas razones.
El discurrir de los años o los acontecimientos de la vida, suelen provocar que, en determinadas y terroríficas encrucijadas, nuestras elecciones resulten egoístas, para nosotr@s mism@s y para l@s demás, pues el miedo a lo desconocido se impone en nuestro corazón, enterrando, provisionalmente, el verdadero camino hacia nuestros deseos, ilusiones y esperanzas.
Y así perdemos de nuevo lo único que de verdad importa, más allá de terrenales escollos.
Entonces, justo ahí, en ese estado de completa desesperación, el viaje del amor se convierte en el más fecundo de todos los posibles, porque ninguna otra experiencia de la vida provoca un cataclismo tal en nuestro interior.
Los días de melancolía, después de la tormenta, parecen, finalmente, decididos a establecerse en el centro del corazón, mientras el alma vaga, de nuevo, sin rumbo, con ese paso inseguro de los convalecientes.
Y ese estado de fragilidad en el que nos sentimos es precisamente el que hace que necesitemos mirar tan hondo como podamos, pues sólo por puro instinto de supervivencia, tenemos que encontrar una puerta que nos devuelva parte de la serenidad o la cordura, para seguir respirando con la dignidad de las personas, con ese respeto que nos debemos a nosotr@s mism@s, más allá de cualquier hecatombe sentimental.
En momentos así el viajero necesita dar ese salto al vacío. El viaje a los orígenes se vuelve imprescindible.
Y enfrentarse a la fuente de amor y de desamor, para demostrarnos que el mundo no se hunde, y para seguir descubriendo qué sentimos realmente dentro, al contacto con ese alguien que nos partió el corazón, con la misma ligereza e involuntariedad del que al romper la nuez, destroza el cristal de la mesa; ese viaje físico será siempre una de las tareas más difíciles del viajero interior.
Tan difícil como imprescindible, pues no podemos dejar que el miedo a sentir asesine sueños y deseos. Siempre hay que hacer, Amor, lo que al final de la vida nos permitirá decir, “hice todo lo que estuvo en mi mano, mucho más de lo aconsejable para la cordura, superando la conveniencia de una vida falsa, cobarde o cómoda; lo hice, luché contra mis miedos y pude superarlo”.
En caso contrario la frustración sería la característica predominante que resuma nuestra existencia. Y eso, encanto, hazme caso, siempre hay que evitarlo.
Al menos hay que intentarlo todos los días....
- Estáis de acuerdo?, pero bueno, que os veo embobaítos, eh, o es que os estáis quedando fritos? ya sé, ya sé que todo esto os sonará porque soy mu pesaíta con los rollos del autoconocimiento. Bueno, no hay que ser un sabio para darse cuenta de que es mucho más fácil describir lo que vemos desde terrenos conocidos. Y cuando puedes decir de ti mismo "soy lento pero seguro", al menos una frase, una certeza, pues resulta que esa simple idea influye de manera determinante en la transmisión del arte que vemos; simplemente porque podemos usarla como apoyo o punto de partida. Y eso es lo que tenéis que hacer para ser buenos críticos....¿sí? sí y sí....jajaja ayssss la mare que os parió, qué caritas, por dios !! ( no me extraña, si es que eres horrorosa Maquita, que son las cuatro de la tarde.....)
- ¿preguntas? que no me creo que esté todo tan claro. Seguro que no.
- Bueno, sigo con el fragmento, sí?
Y de ahí, con la emoción que surgía, invisible, mientras tú me contabas aquellas cuatro cosas, como si de pronto todo se hiciera mucho más real y todo se me agolpara a la vez, aquellos tiempos en que rememorar una sola palabra tuya, una mirada o un simple gesto, provocaba un torrente de pasiones, salvajes, tiranas, apropiándose inútilmente de cuerpo y alma; de ahí, desde las profundidades más irrenunciables, desde esos lugares subterráneos que apenas dejamos vislumbrar a los otros, emerge, entre la felicidad y el llanto, este relato recreado en la memoria de lo que somos; el relato sentimental, como los frutos jugosos de cada experiencia.
Así, por tantas cosas de este recorrido, el viaje al mediterráneo, ese rincón del mundo, luminoso y sombrío, pleno de felicidad y de infelicidad, ya será, para siempre, fuente contínua de removimiento interior, la llegada a un escenario donde, nuevamente, se alteran todos los resortes internos, sacudidos por uno solo de tus recuerdos.
A veces, ni siquiera necesito hacer el viaje físicamente; sólo necesito escuchar “Alicante” en los telediarios o en alguna conversación casual.
A veces, encanto, recordaba instantes de viajes anteriores, revivía pasos por calles ya conocidas, síiii, jajjajaja, algunas, las de aquella caminata memorable, que me resultaría casi imposible describir.
Pues lo malo de sentir tantas cosas es precisamente esa sacudida invasora de unas y otras, que no te deja articular ni un solo adjetivo, porque ya no salen las palabras.
Volver a pisar el suelo de tu tierra, que también considero mía, fue, una vez más, un estímulo para la imaginación. El aire, el sol, el frío mañanero, las miradas de tantas cosas nuevas, el trato con gente encantadora....impulsaron pensamientos y relatos, partes de una historia de papel que se escribe al ritmo de mi vida; quizá debiera haber dicho “nuestra”, porque tú formas parte de ella. No pasa nada, no tienes por qué incomodarte, sólo espero que llegue ese día en el que ya no sufras.
Pero para mí siempre habrá un “nuestra”, sabiendo que quizá ni siquiera quieras recordar aquella etapa.
Así, este viaje, Amor, ha sido mucho más “feliz”, con todas las connotaciones que siempre añado a esa palabra, por una serie de razones con las que no voy a cansarte.
Parece que en las segundas veces todo se hace mejor que en las primeras, desde un bizcocho de chocolate a una sesión de sexo, más allá de ese arrebato de las primeras pasiones. Y será mucho mejor en la tercera, en la cuarta, en la quinta........
Para resumir, fueron cuatro días estupendos, a pesar de alguna sombra que oscurecía mi buen ánimo. Los viajes casi siempre me sientan bien. Y me producen esa sensación de haber vuelto a la vida, de saborearla y aspirarla con suaves sutilezas, o febril intensidad, como si degustara uno de esos bombones con leve recuerdo de canela y gotas de licor....mmmmmmmm, sin comentarios, ya sabes tú, tan bien como yo lo que se puede hacer con el chocolate…..jajjaja
Cuando vuelvas a Sevilla, hay una tienda de cacaos exquisitos que es un viaje directo al más pecaminoso paraíso terrenal; recuérdame que te lleve para que te des el gustazo de perder algo, que te vendría muy bien. Sí, eso mismo..sí ( y no me seas mal pensá, que sabes mu bien de lo que te estoy hablando....)
Bueno, encanto, no sé si he dicho alguna inconveniencia, que hoy he estao todita la mañana haciendo de guía a otros amigos y, claro, después, las gambas y las cervezas y estoy medio piripi, que no es que yo haya perdío la vergüenza del tó, no, eh, que sólo estoy jugando, y riéndome, que el alcohol me acelera el lado travieso, sin solución, síiiiiiii, jajajaa y estoy gamberra total, así que me despido, a la de ya!!!
Cuando se me pase seguiré con el Viaje italiano de Stendhal, si es que soy capaz de soportar tantas verdades, ¿te he dicho que describe el paisaje físico con la misma delicadeza y crueldad que usa al hablar del alma de sus personajes? bueno, esto, como todo, serán exageraciones mías, no me lo tomes muy en cuenta, eh.
Mientras recogía libros, carpetas y folios, M. sonreía levemente...
(- lo he conseguido, lo he leído en público y he sido capaz de controlarme.....).
Entonces el gesto le cambió diametralmente. Se había percatado de que quizá el tiempo estaba haciendo estragos en sus férreas fortalezas. Se asustó. No concebía una vida en la que su Amor por Esther quedara relegado a un segundo plano. Era como si temiera que le arrancasen algo muy valioso, ese cúmulo de maravillosos ideales, emociones y utopías que había depositado en el más sagrado de los rincones del corazón; pues las cosas más bellas, las maravillas de la vida....todo estaba resumido en un solo nombre de mujer, sin importar demasiado que ella pudiera amarla.
Y el solo hecho de pensar que alguna vez aquella pasión pudiera aminorarse la sumergió en un repentino mar de lágrimas silenciosas. Afortunadamente, el Aula Magna ya había quedado desierta.

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uffffff.
ResponderEliminarAparte de qué larga, QUÉ INTENSA!!!.
Ese "duermevela" que teme M, seguiría si un instante siquiera viera a Esther?.
Es así como se reconoce que sus sentimientos se van acomodando a otros rinconcitos del alma.
Buenas, Alas.
ResponderEliminarEl personaje de M. resulta ser,efectivamente, alguien intenso, con las emociones y las pasiones a flor de piel. ¿"duermevela? no entiendo mu bien qué quieres decir.
Creo que te refieres al hecho de que ella no concibe la idea de resignarse a la pérdida de Esther, pues sería algo así como perder las cosas maravillosas de la vida.
Los sueños de M., sus anhelos, sus ilusiones de felicidad, todo está depositado en ese Amor que siente por ella. No se siente capaz de renunciar a nada de eso. Para ella sería renunciar a la felicidad. Luego, parece lógico que ni siquiera se le pase por la cabeza.