martes, 13 de octubre de 2009

Una vida más fácil o las maravillas de la tecnología

Hoy no he tenido mucho tiempo de pensar, sólo ese que nos lleva de un sitio a otro, ese espacio precioso de los trayectos de aquí allá, que emerge entre nuestros tiempos de trabajo, escritura, estudio, (o cualesquiera otros que necesitan de la concentración y/o cierto espacio temporal, incluso más veces de las que quisiéramos); salpicadas o inundadas de tensión, por presiones o urgencias externas, o por formas de tomarnos las cosas; pues dicen los entendidos que todo se resume en nuestra forma de percibir y pensar el mundo que nos rodea.
Ese diminuto, atesorado espacio propio de asueto o evasión me ha servido para repensar y asimilar los acontecimientos del día.

A veces lo hago al final del mismo y repaso cosas que casi vienen solas al pensamiento; otras, sobre la marcha,cuando me dejan las obligaciones, y me he dado cuenta, una vez más, con asombro, casi con esa capacidad de maravillarnos, que aún, a esta edad de la madurez, es posible ilusionarse o sentirse feliz con las más insignificantes cosas que imaginar pudiéramos.

Hoy he estrenado clases en un lugar desconocido para mí, más alejado de casa de lo habitual, y, como consecuencia, ha sido la primera vez que usaba nuestro flamante Metro. Me he quedao alucinaíta, pues es la primera vez que veo un Metro que piensa en la seguridad de sus usuarios de una forma tan manifiesta.
Y es que cuando he llegao al anden he pensao "¿dónde están las demás escaleras?" porque he llegao al mismo andén pero no he podido reconocerlo porque las vías estaban completamente separadas de la persona,para protegerla de posibles caídas, con pantallas que se abrían al mismo tiempo que las puertas del tren.

Esto, simplemente este detalle, me ha dejao con la boca abierta. No me esperaba algo así, algo tan avanzado en nuestra ciudad. Y me he puesto tan contenta que aún me dura la sensación. Será que suelo tener conceptos preconcebidos sobre lo mal que hacen las cosas las Instituciones, como norma general.

No sé lo que tardarán los viajes, la puntualidad o los posibles problemas, pero con este sólo detalle, velando por la seguridad de la vida, ya me quito el sombrero.
Es increíble que con algo tan simple como el derecho a unas buenas comunicaciones podamos sentirnos casi satisfechos. Y es que saber que los trayectos serán los imprescindibles y que, por tanto, no te robarán incontables, impagables minutos de la vida propia, ya es algo sumamente importante cuando no es precisamente el tiempo el que te sobra.

Verdaderamente, estas pequeñas grandes cosas contribuyen a la calidad de vida del urbanícola moderno y resulta ser toda una alegría cuando nos descubrimos como afortunados usuarios, que no hay ni que recordar cómo eran los viajes en los tiempos de las abuelas, en burro y en sabe díos cuánto tiempo del pueblo a la capital.

Sigo pensando que lo mejor es la bici, pero en una prisas.......el metro.

Moraleja para aquell@s que lo necesiten:es posible, en medio de la desolación, percibir pequeños detalles preciosos, símbolos de ese tesoro que resulta ser la vida, en sus muchas y variadas formas, dependientes siempre de la propia personalidad, esperando a ser la chispa de la esperanza o la pasión de un resurgimiento.



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2 comentarios:

  1. Si es que cuando quieren saben hacer las cosas bien, pero tienen que querer.
    Me alegro que te haya hecho disfrutar.
    Fdo.alasdemariposa.

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  2. El caso es que estoy como una niña chica con un juguete nuevo, jajjjaa,
    saluditos y expresiones

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