sábado, 12 de diciembre de 2009

¿ El Amor es cosa de dos? a vueltas con la infidelidad....

Dicen los telediarios que el golfista Tyger Woods ( que anuncia su retirada "indefinida" del golf ) podría verse privado de la medalla del Congreso de su país, se supone que porque su imagen de "ejemplo nacional" ya no es la que era después de los rumores que corren sobre sus presuntas infidelidades, que incluso, a estas alturas, parece haber admitido públicamente.

A la vez, leemos que el golfista ve peligrar una fuente de ingresos más que suculenta (50 millones de dolares al año) , por la retirada de la publicidad en la que participa como estrella y gancho mediático, debido a la supuesta bajada de popularidad del deportista en la todavía asombrosa sociedad yanki, una de las más avanzadas tecnológica y económicamente, pero cuya concepción del "bien" y el "mal" permanece anclada casi en la época de los pioneros del Mayflower.
Una sociedad que se escandaliza, al menos de boca para fuera, de una de las actividades más normales y naturales de la raza humana, eso que viene en denominarse "infidelidad" y que, en el caso de este señor, ya no es que se plantée que la gente lo vaya a insultar por la calle, sino que amenaza con provocar una crisis contundente en sus millonarias finanzas.
Habría que preguntarse si alguien con, la que parece, una elevada frecuencia de transgresiones a la norma, se levanta un día por la mañana y decide , por amor al arte, ser "bueno" ( ser "un mejor padre, esposo y persona" ) a partir de entonces, casualmente después de que la hipocresía de sus compatriotas amenace seriamente sus habichuelas.

Para redondear la secuencia de acontecimientos, el gesto simbólico de "pedir perdón" (autoinculpándose y proclamando su arrepentimiento en público como si hubiera cometido un terrible pecado contra los valores morales y un insulto, por tanto, al resto de la Humanidad) se convierte en la guinda de un pastel que no tiene desperdicio, pues al cortar los trozos y descubrir sus ingredientes, vuelve a surgir una interesantisima radiografía sobre la fama, la gloria y las relaciones que el grupo social impone a sus miembros para preservar lo que considera cimientos intocables o, naturalmente, "cosas sagradas".
Los "valores familiares" que las "escandalizadas" multinacionales parecen guardar celosamente no son otros que los valores económicos, apoyados en la unidad de consumo por excelencia, que, por supuesto, no es la del portal de Belén, sino cualquiera de los millones de familias estadounidenses a las que se adoctrina en la moral apostólico-católica de, esta vez sí, la familia modelo del portal de Belén, mediante un sistema que premia con el cielo ( "por ser mejor padre y esposo ") y castiga las culpas con la expulsión o el destierro del grupo, en esta vida terráquea y luego, si el cura no te da la absolución a ese acto de pedir perdón, pues ya se produce el no va más del castigo, la bajada a los infiernos (en su antesala terráquea sería la retirada de la fama y gloria públicas del héroe nacional).

La salvaguarda de las bases de la sociedad ( las unidades básicas de consumo ) se apoya en una ideología, nunca mejor dicho, ultra-conservadora, que amenaza con retirar el favor a aquellas ovejas descarriadas que pongan en peligro la solidez de los cimientos con ciertas conductas, denominadas con unos u otros adjetivos despectivos y, por tanto, poco o nada recomendables.

La noticia se convierte, pues, en una fuente valiosa de reflexión, no ya porque vuelva a demostrar el puritanismo hipócrita de uno de los países más avanzados tecnológica y científicamente ( aparentemente increíble, todavía hoy en día, pero cierto si nos atenemos a lo que cuentan las diversas fuentes) sino porque, una vez más, pone sobre la mesa la indiscutible, casi indestructible relación de amor entre el dinero ( los poderes sociales) y la moral judeocristiana de la culpa, el pecado y demás conceptos dañinos inventados para amparar y justificar lo establecido, tan inteligente como perversamente por unas y otras religiones ( no hay más que darse un paseo por la Historia de la Humanidad para comprobar su inquebrantable adhesión a las fuentes del Poder).
Que a estas alturas del siglo XXI, todavía podamos asistir de manera tan cristalina a la fuerza aplastante de la maraña social y sus infinitas derivaciones sobre la conducta del individuo del mundo "libre" y "desarrollado" no deja de ser, si no sorprendente porque todo encaja a la perfección, sí bastante decepcionante para la utopía de la libertad personal.
Las reglas del juego le están diciendo a este chico que ya está bien de tanta golfería ( no de golf, sino de golfo), que se acabó la permisividad y que se deje reposar un poquito del ombligo pa bajo, donde debe estar, junto a su familia legal, al menos durante una temporada.
Es lo que informa uno de los artículos al relatar los motivos de retirada de su publicidad ( "hasta que pase todo esto") y es que lo primero ( el sustento) es lo primero, según parece, aquí y en Tombuctú.
Y ya invadida por completo la libertad de relación social de nuestro personaje ( que, dicho sea de paso, sólo debieran importarles a él y a su círculo privado) personaje que, inteligentemente, se auto-recorta las alas no sea que el sol se las queme como le pasó a Ícaro, nos topamos de lleno con el otro tema estrella de la noticia: el papel de la fidelidad/infidelidad en la vida de una pareja, la infinita gama de comportamientos humanos posibles ante tal fenómeno y, sobre todo,su incidencia en ese campo maravilloso que llamamos "Amor".
Hasta hace muy poco tiempo, cuando alguien "cometía" una infidelidad ( valga el uso de un verbo eminentemente judicial, ejemplificando de nuevo la fuerza del lenguaje como velado y subliminal motor de transmisión de ideologías, y, con ello, el tratamiento social aplicado al hecho) solía ser calificado por la sociedad que lo albergaba de "inmoral", de "débil", de "pecador" o, en el mejor de los casos, de "golfo" o "sinverguenza", contra las "buenas costumbres".
Sin embargo, hoy en día parece que ha cambiado algo la permisividad social ante el mismo hecho.
Quizá... ¿somos menos hipócritas ante una de las conductas más animales y/o naturales de cualquier persona?
Dicen los científicos que el ser human@ es naturalmente polígamo, como animal que resulta ser. Que nuestra naturaleza nos incita a tener más de una relación, luego si, finalmente, eso estuviera escrito en nuestras células, ¿no resultaría demasiado cruel condenar a aquellos especímenes de la especie menos preparad@s para cumplir a rajatabla con ciertas leyes un tanto rígidas que, sobre todo, nos han sido inculcadas a sangre y fuego desde la cuna como salvaguarda de las reglas del grupo y que, por lo tanto, no son fruto de la decisión o elección individual ?
Dice la Biblia ( estupendo regalo de navidad porque es un precioso libro de parábolas ) que somos "débiles", como podría decir que somos puro polvo, pero en este caso no anda completamente descaminá, somos nucleos vulnerables, sensibles, abiertos a la belleza o la emoción de otros seres y, por tanto, a otras posibilidades de Amor.
Enamorarse de otr@s mientras estamos comprometid@s no resulta algo extraño, quizá porque va casi intrínseco en la humana naturaleza.
Luego, ¿ de dónde provienen esos aspavientos de la inmensa mayoría de encuestados a la pregunta "perdonaría usted una infidelidad"?, de dónde ese dolor casi universal que nos procura el saber que la persona que amamos es capaz de, como mínimo, tener deseos amorosos o sexuales hacia alguien más ?
La respuesta es evidente: surge de un sistema educacional que nos inculca una ideología concreta de lo que está "bien" y lo que está "mal", por las razones ya expuestas; pues poco rentable le resultaría al gran capital un mundo en el que los individuos estuvieran educados para No comprometerse con nadie, y, por lo tanto, no tuvieran esa necesidad apremiante de "sentar cabeza" y convertirse en motores de consumo permanente (dicen los antropólogos que debajo de las conductas humanas suele habitar una razón fundamental de economía práctica, heredada de tiempos inmemoriales).

Los sentimientos humanos vienen dictados por el cerebro y éste funciona de acuerdo a un sistema de valores, a una mentalidad sobre el mundo y la sociedad concreta que lo alberga.
De ahí que ciertas culturas contemplen las relaciones amoroso-sexuales con varias personas de forma simultánea como algo natural, pues en ambos casos, tanto una como otra forma de ver el tema están basadas en una inculcación de valores desde la tierna infancia, en ese aprendizaje que se lleva casi en las céludas a través de los múltiples mensajes, claros y meridianos o perversamente subliminales.
Nos educan para aspirar a ser fieles y para esperar que lo sean con nosotr@s, por muy contraria que esta conducta resulte al ser humano, mamífero promiscuo por naturaleza.
Por otro lado, está muy claro que hay tantas clases de infidelidad como personas sobre la Tierra.
Hay quien parece aspirar a otro tipo de récord paralelo, como podría sugerir el número de amantes de este chico; hay quien alguna vez "se permite" un beso robado, una aventura (o varias), hay quien en realidad, está escapándose permanentemente de su vida cotidiana porque no quiere o no está enamorad@ del@ otr@; y no quiere o no puede hacerle frente a la verdad. Y también tenemos el caso de quien quiere profundamente a su pareja pero se enamora irremediablemente de otra persona, sin buscarlo ni provocarlo.
Además de todas estas consideraciones que no estaría de más tener presentes como un instrumento más para procurar ser libres de pensamiento y actitud, y relativizar los grandes dolores que nos produce "la infidelidad", surge la cuestión de la verdadera consistencia del Amor y sus naturalezas.
Cuando queremos a alguien con toda el alma, ¿no se supone que l@ queremos tal cual es, con sus cosas buenas y sus cosas malas? ¿hasta qué punto es lícito sentirse terriblemente herido porque alguien de quien esperábamos estuviera eternamente ensimismado o simplemente satisfech@ con nosotr@s ha resultado ser un individuo de costumbres y gustos diversificados?
Con esa consolidada y ancestral costumbre que resulta ser la ingenua exigencia de fidelidad aspiramos a esa vana pretensión de ser únicos y suficientes en la vida del@ otr@.
Pero el caso es que nadie es realmente suficiente o imprescindible de forma eterna, por mucho que quisiéramos creer en cuentos de hadas, o en artificiales construcciones mentales sobre lo que está bien o lo que está mal.
En parte, somos lo que pretendemos o lo que creemos ser, no lo que realmente somos.
Somos, sobre todo, parte de nuestra herencia o autoimagen mental sobre la vida y el universo, especialmente sobre unas reglas inventadas por el sistema.
Y sentimos o nos emocionamos de acuerdo a lo que está registrado en nuestro cerebro, a cierto sistema de valores y a cierta concepción del mundo.
La infidelidad, como así sucede en otras formas de sociedad, con otra educación o mentalidad sobre las relaciones humanas, no tendría por qúe ser interpretada como inequivoca falta de compromiso o de amor, pues, ¿no sería lo más deseable que tod@s pudiéramos amar a más de una persona? o que, en su defecto, ¿ el sentirnos atraíd@s por más de una persona a lo largo de la vida fuera lo más natural del mundo en lugar de ser considerado una fechoría o una debilidad o un ejemplo de puro vicio?
Está claro, desde la experiencia de milenios, que el compromiso con alguien ha resultado ser una herramienta necesaria en el devenir loco de la vida cotidiana que seguimos llevando, donde la falta de tiempo libre y el estress dificultan mucho las ya de por sí delicadas relaciones humanas.
Resulta ser, en definitiva, una cuestión práctica interiorizada y maquillada de poético romanticismo, que a la vez provoca ese anhelo de exclusividad.
Pero no por ello tiene por qué ser la única vía para las relaciones amorosas. Es una alternativa práctica, pero, a la vista está, ante el elevado grado de infidelidad de la raza humana, no por ello la más exitosa o infalible.
Por otra parte, no se puede obviar el egoísmo evidente que implica ese deseo de exclusividad al que aspiramos en nuestras relaciones amorosas .
Esa incapacidad para admitir la idea de compartir Amor con otr@s no es algo insalvable o inadmisible, es simplemente una cuestión de educación.
En este punto, somos un producto muy muy fiel al sistema de valores transmitidos, donde, causal que no casualmente, la infidelidad atenta directamente contra el concepto de propiedad, tan fundamental en los sistemas económicos de nuestra "desarrollada" sociedad.
Y, en ese sentido, para ser una pieza más del slabón, estamos perfectamente adiestrados para seguir sustentando el sistema.
Ya descubrimos hace tiempo, gracias a un señor, sabio donde los haya, que no existían un blanco ni un negro absolutos, que los colores del universo eran aun más maravillosos en su riqueza porque cada un@ de nosotr@s podía percibir matices infinitos a las distintas luces del sol, o en las casi profundas oscuridades de nuestras desesperaciones.
Descubrimos que nada es tan flagrante o terrible como esos conceptos prefijados que nos inculcaron a sangre y fuego desde casi la formación del cigoto.
Por eso quizá debiéramos ser capaces, como entes dotad@s de la más superior de las inteligencias conocidas dentro de nuestra reducida sabiduría, de luchar contra esa parte egoísta, que nos hace fanáticos partidarios de algo tan quimérico, tan poco real, como resulta ser el concepto de fidelidad.
Al menos para que, si nos ocurriera alguna vez en la vida, no supusiera el fin del mundo.

Lo que sí que está clarisimo es que nadie nos pertenece, por muy "románticas" que sean sus pretensiones o las nuestras, pues, ante todo, y por norma natural, la vida y los afectos están sujet@s a las leyes de la evolución.
Y cuando los dos entes implicados en el revuelto amoroso no experimentan caminos paralelos en el tiempo, lo más lógico es que terminen tomando senderos diferentes, o, incluso en la más perfecta de las convivencias, ¿ acaso podría alguien afirmar que nunca se ha vuelto al paso de un@ desconocid@ "irresistible"?
Llegad@s a este punto, el de la definición del concepto, sería muy curioso averiguar los múltiples límites que cada uno de l@s encuestad@s establecería para diferenciar "una canita al aire" de "un caso flagrante de infidelidad".
Pues, llega la pregunta clave: ¿qué entendemos por "fidelidad" y qué por "infidelidad"?
A estas alturas, nadie que tenga dos dedos de frente define el concepto según la práctica o no de sexo.
Si todo se redujera a algo tan simple, entonces, ¿cómo clasificaríamos el deseo torrencial hacia es@ desconocid@ que irrumpe en nuestra vida y hace tambalear los propios esquemas amorosos? si, además, el deseo está precedido por un intenso enamoramiento, imposible de negar o de borrar, desde el punto de vista de procurar evitar flagrantes autoengaños, ¿ importa mucho el hecho de evitar el sexo ( escapar a la tentación, diría un cura, jajaja) con ese alguien, objeto de nuestros más tórridos y obsesionantes sueños, nocturnos, diurnos, casi asfixiantes, dado el grado de su frustrada intensidad?
¿Quién sería más infiel: aquell@ persona que da rienda suelta a sus pasiones porque no es capaz de sofocarlas más? o quizá aquella otra que, aún renunciando a todas sus "tentaciones", "fiel" a su pareja en cuerpo, decide seguir viviendo una vida que no le satisface ni le hace feliz, permanentemente llena de las más apasionadas infidelidades, soñadas, día y noche, entre terribles remordimientos de culpa ?
Cruel pero frecuente dilema éste en la vida cotidiana, pues seguro seguro que tod@s hemos conocido casos muy similares.
Luego, ¿existe realmente la fidelidad como algo claramente controlable? todo parece responder que no, pues, aunque no lleguemos a acostarnos con el reciente, quizá incluso pasajero objeto de nuestras vibrantes pasiones, tenemos dos ojos para mirar, un corazón para sentir y apreciar la belleza, y, lo más importante, un alma para desear a un@s y otr@s por sabe dios qué razones, con mayor o menor frecuencia y dependiendo del grado de fogosidad amorosa o sexual (que no tiene por qué coincidir, claro).
Todo lo demás serían hipocresías asociadas al autoengaño o a una falsa idea del compromiso, pues no existen cofres infranqueables ni fortalezas inexpugnables al paso del tiempo y su permanente evolución...
Ciertamente, como especímenes producto de una sociedad monógama, a tod@s nos encantaría que cosas tan maravillosas como el Amor de dos fuesen tan sagradas como eternas; y, con ellas, que la fidelidad pudiese entrar en ese reducido grupo; pero la realidad cotidiana nos demuestra, una y otra vez, que quizá lo único sagrado esté representado por los propios sueños, especialmente ese sueño irrenunciable por el que levantarse todos los días de la cama, pero siempre en la conciencia de que su esencia puede ser tan mágica como la maravilla efímera del primer beso.

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