M. cerró la puerta y desconectó la alarma, pero ni siquiera pensó con convencimiento su frase de siempre, " ufff, ¡¡ por fin en casa!!".
Hacía mucho tiempo que habían pasado aquellas épocas de su vida en las que el silencio y la calma de su apartamento eran para ella un bálsamo reparador.
Volvía de uno de sus habituales y sempiternos cursos de verano de la universidad de tal o cuál. Le encantaba la didáctica de la literatura aplicada al Arte.
En aquellas ocasiones aprovechaba para salirse de los rígidos esquemas que imponían los temarios universitarios. Y disfrutaba dando personales interpretaciones alrededor de la literatura que albergaba la Historia de la Crítica de Arte. En dos palabras, trataba de enseñar a sus alumnos que no sólo había que saber de qué se hablaba sino que la transmisión de la visión individual debía contener esa pasión casi erótica que sólo nos proporcionan las cosas amadas.
Era imprescindible hacerse un buen escritor@, con la suficiente capacidad para saber comunicar los más íntimos matices que la obra nos enseñaba, sin pretender, en absoluto, como promulgaban algunas tendencias "del momento", esa imposible objetividad que perseguían ciertas escuelas historiográficas, con pretensiones de "modernidad", en su defensa de "la ciencia aplicada al arte".
Arte y ciencia eran, desde luego, complementarios en cuanto que entidades casi opuestas, pero no disciplinas paralelas, luego- pensaba M.- cualquier pretensión de aplicarse mutuamente sería un esnobismo como otro cualquiera, fuera de todo sentido.
Los espacios le parecieron demasiado grandes. Miró por el amplio ventanal. La lejanía temblaba por efectos de un calor sofocante. Recordó, de nuevo, las palabras que antecedieron a aquel agosto de hacía lo que ya le parecía una eternidad, pues la ausencia de Esther en su vida era algo que, casi con toda seguridad - pensaba - no llegaría nunca a digerir por completo.
En ocasiones así, cuando toda la casa parecía que se le caía encima, tal era la profundidad del vacío, el grado de soledad de su vida sin Esther, la única cosa que parecía calmarla era volver a comprobar, una y otra vez, que aquello fue verdad, que su dolor no era algo gratuíto inventado por su corazón y su alma. Que había entendido bien todas y cada una de las palabras de Esther. No siempre tenía fuerzas para leer aquellos océanos de emociones y pasiones que sólo ella era capaz de hacerle sentir ( "tú eres mi locura número 1, dime, qué quieres que hagamos, escríbeme otra, cualquier locura, que yo te leo y te sigo. Te aseguro que tus palabras me llenan de emoción y felicidad..").
Volvío de nuevo a aquella primavera torrencial, llena de todos los adjetivos que procuran los enamoramientos.
Aquellos días en los que su sonrisa inundaba todas y cada una de sus clases, por mucho que le costara concentrarse en lo que quería decir. Aquellas noches en las que apenas dormía soñando su cuerpo, su mirada o su sonrisa., porque su alma ya se la sabía casi por completo.
Soñando despierta gran parte de la madrugada, soñando dormida el resto de las horas. Sin poder contener apenas durante el día toda esa efervescencia, toda la impaciencia para salir corriendo a buscarla.
Cuántas veces recordó aquel único encuentro, precisamente en el portal de su casa, de noche, a altas horas. Sus ojos la llamaban a gritos, por mucho que Esther quisiera reprimir la fuerza de su amor. Su boca, entreabierta, era un imán de promesas por cumplir.
- Bueno,gracias por acompañarme. Espero que lo hayas pasado bien en este paseíto, jajajaaja
- Contigo siempre lo pasaré bien. Lo sabes, verdad?
- Sí, lo sé.
Inmediatamente, en el silencio de aquella noche estrellada, ambas recordaron aquellos correos primeros, aquellas declaraciones pasionales de mutuo amor, casi simultáneas en el tiempo y aquellas mismas palabras. Ya no podían callarlo más. Aquella pasión les salía por todos los poros de la piel y esa energía era tan abrasadora que las palabras no podían apenas expresarlo.
Después llegarían los miedos y las represiones de Esther. Pero entonces, como ahora, a la luz de la luna, el fuego se palpaba a kilómetros.
Esther temblaba casi imperceptiblemente, mientras no podía dejar de mirar la boca de M. Y ella casi no podía estarse quieta. Se miraron. Suspiraron. M. se acercó a su oído y le dijo: - ¿ puedo darte un beso de buenas noches, encanto ? - su voz sonó como el arrullo de mil caracolas marinas, y el aliento caliente penetró hasta la sangre de Esther, derribando, finalmente, todas las barreras que su cordura y los principios de honradez habían interpuesto entre ella y la fuente irresistible de su deseo.
El sí fue casi un susurro ronco, la voz no le salía del cuerpo porque toda su energía se había ido al sur del ombligo. - Sí, bésame... por favor...
M. sintió el escalofrío tiránico de los amores prohibidos. No pudo hacerlo como pretendía, de esa forma dulce y serena que sólo el tiempo otorga al amor.
Aquella mujer era la representación de sus quimeras. No pudo, no pudo contenerse y se arrojó a su boca, como si sólo ella pudiera calmar aquella sed, una sed de soledades y ausencias. De tanto tiempo buscando y buscando. Porque Esther era ese tesoro de maravillas que, a veces, ni siquiera los mapas nos permiten encontrar en toda una vida.
La felicidad de M. era algo que no podía explicarse a sí misma. Casi no se creía aquel torrente de sensaciones que le provocaba aquel abrazo enredadera. No podía parar. Ya no. Ni siquiera oía las pequeñas quejas de Esther. - Maca, por favorr....mmmm, para, aquí no.ufffff....sí, no pares.....uffff....
Siguió. Siguió porque ya era sólo puro instinto. Sumergiéndose en ella a través de los dedos, navegando por el volcán que era el interior de Esther. Ahora sólo podía escuchar sus gemidos, sentir su fuego sin límites, respirar su sudor, respirarla toda entera, bebérsela toda entera, como si el instante siguiente fuera el fin del mundo y no tuviera tiempo que perder.
La frialdad del suelo era una delicia refrescante, en aquella noche incandescente.
- Lo siento - dijo M. - no he podido parar. Te necesitaba demasiado. Hace tanto tiempo...De verdad que lo siento.
- ssssss, te quiero. Te quiero, como nunca pude imaginar. Lo sabes, verdad?
- sí... lo sé..
Pero esta vez, una sola lágrima, en aquel apartamento inmenso, asomó a los ojos de M. , como si finalmente, su alma empezara a poder asumir la realidad.
Y es que su padre siempre le decía...- para cambiar el mundo, tienes que empezar por comprenderlo y aceptarlo. Lo demás, cuestión de perseverancia y de locura y de pasión. Y a ti, te rebosan todos esos elementos. No dejes de luchar, nunca, nunca. Seguro que cualquier cosa que te propongas lo merecerá.
- Sí...seguro...( Esther......)
(Nota: los nombres de los personajes son un homenaje a la serie Hospital Central, de la cual proceden)
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Hacía mucho tiempo que habían pasado aquellas épocas de su vida en las que el silencio y la calma de su apartamento eran para ella un bálsamo reparador.
Volvía de uno de sus habituales y sempiternos cursos de verano de la universidad de tal o cuál. Le encantaba la didáctica de la literatura aplicada al Arte.
En aquellas ocasiones aprovechaba para salirse de los rígidos esquemas que imponían los temarios universitarios. Y disfrutaba dando personales interpretaciones alrededor de la literatura que albergaba la Historia de la Crítica de Arte. En dos palabras, trataba de enseñar a sus alumnos que no sólo había que saber de qué se hablaba sino que la transmisión de la visión individual debía contener esa pasión casi erótica que sólo nos proporcionan las cosas amadas.
Era imprescindible hacerse un buen escritor@, con la suficiente capacidad para saber comunicar los más íntimos matices que la obra nos enseñaba, sin pretender, en absoluto, como promulgaban algunas tendencias "del momento", esa imposible objetividad que perseguían ciertas escuelas historiográficas, con pretensiones de "modernidad", en su defensa de "la ciencia aplicada al arte".
Arte y ciencia eran, desde luego, complementarios en cuanto que entidades casi opuestas, pero no disciplinas paralelas, luego- pensaba M.- cualquier pretensión de aplicarse mutuamente sería un esnobismo como otro cualquiera, fuera de todo sentido.
Los espacios le parecieron demasiado grandes. Miró por el amplio ventanal. La lejanía temblaba por efectos de un calor sofocante. Recordó, de nuevo, las palabras que antecedieron a aquel agosto de hacía lo que ya le parecía una eternidad, pues la ausencia de Esther en su vida era algo que, casi con toda seguridad - pensaba - no llegaría nunca a digerir por completo.
En ocasiones así, cuando toda la casa parecía que se le caía encima, tal era la profundidad del vacío, el grado de soledad de su vida sin Esther, la única cosa que parecía calmarla era volver a comprobar, una y otra vez, que aquello fue verdad, que su dolor no era algo gratuíto inventado por su corazón y su alma. Que había entendido bien todas y cada una de las palabras de Esther. No siempre tenía fuerzas para leer aquellos océanos de emociones y pasiones que sólo ella era capaz de hacerle sentir ( "tú eres mi locura número 1, dime, qué quieres que hagamos, escríbeme otra, cualquier locura, que yo te leo y te sigo. Te aseguro que tus palabras me llenan de emoción y felicidad..").
Volvío de nuevo a aquella primavera torrencial, llena de todos los adjetivos que procuran los enamoramientos.
Aquellos días en los que su sonrisa inundaba todas y cada una de sus clases, por mucho que le costara concentrarse en lo que quería decir. Aquellas noches en las que apenas dormía soñando su cuerpo, su mirada o su sonrisa., porque su alma ya se la sabía casi por completo.
Soñando despierta gran parte de la madrugada, soñando dormida el resto de las horas. Sin poder contener apenas durante el día toda esa efervescencia, toda la impaciencia para salir corriendo a buscarla.
Cuántas veces recordó aquel único encuentro, precisamente en el portal de su casa, de noche, a altas horas. Sus ojos la llamaban a gritos, por mucho que Esther quisiera reprimir la fuerza de su amor. Su boca, entreabierta, era un imán de promesas por cumplir.
- Bueno,gracias por acompañarme. Espero que lo hayas pasado bien en este paseíto, jajajaaja
- Contigo siempre lo pasaré bien. Lo sabes, verdad?
- Sí, lo sé.
Inmediatamente, en el silencio de aquella noche estrellada, ambas recordaron aquellos correos primeros, aquellas declaraciones pasionales de mutuo amor, casi simultáneas en el tiempo y aquellas mismas palabras. Ya no podían callarlo más. Aquella pasión les salía por todos los poros de la piel y esa energía era tan abrasadora que las palabras no podían apenas expresarlo.
Después llegarían los miedos y las represiones de Esther. Pero entonces, como ahora, a la luz de la luna, el fuego se palpaba a kilómetros.
Esther temblaba casi imperceptiblemente, mientras no podía dejar de mirar la boca de M. Y ella casi no podía estarse quieta. Se miraron. Suspiraron. M. se acercó a su oído y le dijo: - ¿ puedo darte un beso de buenas noches, encanto ? - su voz sonó como el arrullo de mil caracolas marinas, y el aliento caliente penetró hasta la sangre de Esther, derribando, finalmente, todas las barreras que su cordura y los principios de honradez habían interpuesto entre ella y la fuente irresistible de su deseo.
El sí fue casi un susurro ronco, la voz no le salía del cuerpo porque toda su energía se había ido al sur del ombligo. - Sí, bésame... por favor...
M. sintió el escalofrío tiránico de los amores prohibidos. No pudo hacerlo como pretendía, de esa forma dulce y serena que sólo el tiempo otorga al amor.
Aquella mujer era la representación de sus quimeras. No pudo, no pudo contenerse y se arrojó a su boca, como si sólo ella pudiera calmar aquella sed, una sed de soledades y ausencias. De tanto tiempo buscando y buscando. Porque Esther era ese tesoro de maravillas que, a veces, ni siquiera los mapas nos permiten encontrar en toda una vida.
La felicidad de M. era algo que no podía explicarse a sí misma. Casi no se creía aquel torrente de sensaciones que le provocaba aquel abrazo enredadera. No podía parar. Ya no. Ni siquiera oía las pequeñas quejas de Esther. - Maca, por favorr....mmmm, para, aquí no.ufffff....sí, no pares.....uffff....
Siguió. Siguió porque ya era sólo puro instinto. Sumergiéndose en ella a través de los dedos, navegando por el volcán que era el interior de Esther. Ahora sólo podía escuchar sus gemidos, sentir su fuego sin límites, respirar su sudor, respirarla toda entera, bebérsela toda entera, como si el instante siguiente fuera el fin del mundo y no tuviera tiempo que perder.
La frialdad del suelo era una delicia refrescante, en aquella noche incandescente.
- Lo siento - dijo M. - no he podido parar. Te necesitaba demasiado. Hace tanto tiempo...De verdad que lo siento.
- ssssss, te quiero. Te quiero, como nunca pude imaginar. Lo sabes, verdad?
- sí... lo sé..
Pero esta vez, una sola lágrima, en aquel apartamento inmenso, asomó a los ojos de M. , como si finalmente, su alma empezara a poder asumir la realidad.
Y es que su padre siempre le decía...- para cambiar el mundo, tienes que empezar por comprenderlo y aceptarlo. Lo demás, cuestión de perseverancia y de locura y de pasión. Y a ti, te rebosan todos esos elementos. No dejes de luchar, nunca, nunca. Seguro que cualquier cosa que te propongas lo merecerá.
- Sí...seguro...( Esther......)
(Nota: los nombres de los personajes son un homenaje a la serie Hospital Central, de la cual proceden)

Hola de nuevo. Escribes tan bien, que voy a impedirte la entrada a mi blog (jeje).
ResponderEliminarMe ha gustado mucho.
Hola de nuevo, Alas, gracias pero no será tanto. Ya te he dicho que me gusta tu blog y suelo ser bastante sincera, porque no me gustan los halagos fáciles.
ResponderEliminarSaluditos