lunes, 14 de septiembre de 2009

Agosto. el viaje a Galicia ( III )

Siguiendo el orden alfabético para no perdernos por los laberintos de las letras y las palabras, que tantas veces conforman inesperadas, difíciles y tristes Torres de Babel, seguimos con la i de "interiores" y la l de "luces".
Galicia da esa sensación, con sus infinitos rincones, más allá del mar, de ser una tierra de interiores, de cosas que no se ven si no nos adentramos más allá de las clásicas rutas del peregrino oficial.
Llena de esos paisajes donde la vegetación exhultante proyecta luces y sombras, al cambio constante de los cielos.
Donde cualquier pintor quedaria maravillado ante ese aire especial que destilan las imágenes de un nublado, completamente distinto de los habituales días de sol de nuestros orígenes.
Se respira ese aire lumínico tan intimo, el aire melancólico del paisaje, hecho de luces cálidas, que no cegadoras, como pudiera ocurrir en ciertos lugares de la España seca. Frente a la avasalladora, poderosa brillantez de los soles sureños, la suavidad lluviosa de la luz atlántica.
Allí la neblina de la lejanía no surje del calor que desprenden el asfalto o las tierras resecas por el verano. Sino de esas nubes casi omnipresentes que parecieran ejercer un efecto mágico sobre el carácter amable de sus gentes.
Los gallegos, aunque dicen que no se puede generalizar, me han parecido encantadores.
Y ese habla...llena de dulzura y música, sorprendente escucharlo en directo dándote unas y otras explicaciones sobre caminos o sobre los monumentos de tal ciudad.
La luz gallega, incluso si observamos el día más caluroso que tuvimos, no parece llegar nunca a ser tan hiperbólica e incontestable como en las tierras sureñas. La luz no quema ni encandila como en nuestr@s tórridos veranos.
Pero siempre juega con las sombras, en interiores, en paisajes, en calles o en jardines, que a mí me han parecido atractiv@s, interesantes, tristes o emocionantes, por decir algunos de sus adjetivos.
La luz del mediodía definía la calle de la Soledad entre penumbras; los contornos del casco antiguo en Muros; la firma del zapatero medieval, dibujando una huella profunda en las lápidas del cementerio noyés.
La luz se transformaba en azules y dorados por las cubiertas de la catedral de Santiago o se colaba por las delgadas celosías de cualquier iglesia románica.
La luz se deslizaba por los contornos de piedra en cada edificio y, sobre todo, regaba paisajes de increíbles colores en esos parques y caminos, resplandecientes de verde, de sombra y de frescor.
Y, como suele ocurrir todos los días, allá, acá, por cualquiera de los días cotidianos, los reflejos de unas y otras luces, caprichosos según perspectivas y filtros, tergiversaban esa imagen de la realidad cuya objetiva verdad aspiramos tod@s a alcanzar, a través de nuestras particulares visiones, tan únicas como parciales; pues al simple movimiento de la cámara, en sólo un par de segundos, la rápida fugacidad de las luces se hacía juguetona aliada de cada estampa.
No hay más que subirse a un autobús y salir de excursión por las curvilíneas carreteras de la Costa da Morte para hacerse una idea absolutamente gráfica de la velocidad de la luz y las lineas del paisaje. Y con ella, de la caducidad de nuestras más ilusorias seguridades sobre los contornos que separan "el bien " del "mal". El conocimiento, de la ignorancia; o la comprensión del Universo, de la conversación del/a compañer@ de viaje.
Asistir a la contínua transformación del paisaje gallego tras los cristales del bus se convierte así en una nueva revelación sobre la riqueza de la vida, sobre la suerte que tuvimos porque el avion, con un motor estropeado, consiguió llegar a su destino felizmente. Y pudimos seguir respirando, saboreando y admirando.
Y, sobre todo, sobre esa posibilidad, siempre en el objetivo, de disfrutar toda la magia que rodea nuestra existencia, todo lo que nuestro tiempo presente nos ofrece y no siempre somos capaces de disfrutar, desde enfoques quizá demasiado inmóviles, o demasiado conservadores, generalmente atenazados por el miedo a ser, tal cual nos piden nuestras más profundas verdades.
Y qué verdad tan grande aquello que desde chica le escuchaba a mi abuela sobre las bondades del viaje: "anda niña, vete y que te dé el aire, que viajar ensancha la mente".
Viajar no sólo ensancha la mente sino el espiritu, mientras supone una inyección de vitalidad para el cuerpo; es más, me atrevería a decir que puede ser un poderoso aliado para alcanzar esos retazos de algo llamado felicidad, esa que tan profundamente sentimos durante un tiempo hasta los últimos rincones del alma. Esa que tantas veces se nos escapa, mientras los recuerdos la anhelan como el oxígeno para nuestro enrarecido aire.
Esa por la que entregaríamos años de la propia vida, con tal de volver a recuperar la radiante alegría de un tesoro finalmente hallado.


INTERIORES ( Noia y Muros )



















LUCES


Santiago. Catedral




Iglesia románica





Tras el cristal del bus





Muros





Santiago: jardines





Santiago: jardines (II)






Tras los cristales del bus ( II )





A Coruña vieja






Tras los cristales del bus ( III )






Noia (I )







Creative Commons License
A este lado del Paraíso by noviembres is licensed under a Creative Commons Atribución-No Comercial-Sin Obras Derivadas 3.0 España License.

No hay comentarios:

Publicar un comentario