Septiembre... un nuevo curso...
Aunque aún se le hacía cuesta arriba cualquier cosa que significara relacionarse con otra gente, ya fueran alumnos, profesores, amig@s que la llamaban para quedar al cine o a tomar un café.
Aunque la vida seguía pesándole como una carga demasiado grande, esta vez, al llegar a esas reuniones previas del Departamento, donde se recibía a los nuevos y se establecían premisas o sugerencias para coordinar, en la medida de lo posible, la heterogeneidad del conjunto docente, M. se dijo a sí misma que este año las cosas serían mejores.
Que ella pondría de su parte para intentar alejarse de ese estado de desolación, a veces de inopia, de ausencia del resto del mundo, desde esa apatía lascerante que se le había instalado en el alma con la omnipresente ausencia de Esther.
La revolución entusiasta que supuso aquel Amor, el resurgimiento desde terroríficos estados del espíritu hacia las maravillas que procura ese momento del enamoramiento, todo eso le había sido arrebatado de cuajo, como si las palabras de Esther nunca hubieran tenido ni un solo ápice de verdad.
Como si, efectivamente, ella nunca hubiera significado para Esther sino un espejismo en el mar de sus soledades.
"Ojalá, Amor, ojalá pudiera pensar, desde esa rabia y ese dolor que tantas veces contemplo en las vidas de otr@s, que nunca me quisiste, que ni una sola de tus apasionadas palabras de aquel tiempo contuvo algo parecido a la honradez. Pero por más que lo pienso, por más que me lo propongo, sé, con una fuerza superior a todo lo demás, que eso es inútil. Que no podría engañarme a mí misma tan frívolamente. Que no podría insultar tus sentimientos de esa forma"
Macarena Wilson, esa niña bien que hacía locuras y payasadas, que reía con estruendo cuando aún no había conocido el significado de la palabra Amor: que se pasaba los días de aquí allá, disfrutando de mil maneras posibles cada momento del día, con una risa contagiosa, una vitalidad a prueba de bombas, de borracheras y de excesos.
Aquella chica-terremoto, como la había bautizado uno de sus amigos de infancia, pareciera que había desaparecido tras las catástrofes de aquel año.
Sin embargo, cuando llegó septiembre, aquel mes que había dejado de ser la escapada a la playa mientras las familias volvían al colegio (en días que serían ya la marca indeleble de tiempos tan queridos) los recuerdos se hicieron más vívidos, más allá de canciones o palabras.
Porque por aquel entonces, ocurrió la maravilla del encuentro, y, por primera vez, sus ojos contemplaron otros ojos, hasta el fondo del alma.
Recordó la escena, pero, ante todo el mundo nuevo que se abría para ella, los latidos internos, sobre un cielo gris.
El corazón se le aceleró como si todavía tuviera 15 años, para pararse luego en seco tras la avalancha de sentimientos y sensaciones que recorrían su cuerpo, en aquella ocasión tan difícil de reproducir con las palabras: por primera vez se encontró con aquellos ojos que serían, ya para siempre, lo que las novelas de apasionada lectura adolescente le describían como el Amor de su vida, pero sobre todo, lo que la mujer adulta sentía con esa aplastante seguridad que pocas veces nos regala la vida.
Poco a poco, los días fueron corriendo y, afortunadamente, septiembre llegó a su fin.
Entonces, asombrosamente para ella misma, M. se descubrió pensando con cierta ilusión en otro principio.
Otro año de cosas nuevas, otra aventura de descubrimientos, sensaciones, experiencias.
Parecía que ahora podía sentir el aire fresco de las noches, casi otoñales ya, entrando por la ventana hacia el fondo de sí misma.
Como una voz que seguía hablándole, que insistía en las bellezas del parque, los colores de las flores o la calidez de ciertas charlas con sus humanos congéneres.
Hacía tanto tiempo que la oía y la oía, como una letanía extraña, como algo que no iba con ella.
De alguna forma, ese conjunto llamado corazón que había quedado tras los restos de aquel naufragio, su "fin del mundo", como le gustaba especificar, le suplicaba, ahogado por la retahila de lágrimas, desganas y pérdidas de cualquier sentimiento de esperanza, aturdido, ausente de la vida cotidiana que lo rodeaba, quizá en el límite de todas las cosas humanas, pidiéndole, simplemente, una tregua, un respiro alejado de tanta miseria, tanta negrura, tanta desesperación.
Y, aunque no podía dejar de esperar a Esther - sabía que eso sería imposible - el lamentable estado que sólo la testarudez había impuesto a su persona, debilitaba, de alguna forma, sus fortificadas y contundentes empalizadas, esas que ella reforzaba cuando alguien osaba insinuarle veladamente la posibilidad de reanudar su vida.
Fue así, en una sorpresa que casi no disfrutó, cuando un día cualquiera se descubrió sonriendo con el perfume de las flores que entraban, desde los jardines de San Telmo, llenos de madreselvas, jazmines, damas de noches, en ese aire sabroso de las noches veraniegas.
La memoria le trajo otra sonrisa, de nuevo desde las enredaderas de aquel septiembre inolvidable, y, por primera vez, derramó una lágrima, sólo una, al recuerdo de aquellos ojos, aquella boca, aquel cuerpazo lejano, fuente de sus más tórridos sueños.
Recordó de nuevo la canción, y comprendió que, más allá de toda su soledad, ella siempre andaría a su lado, no importaba qué insondables distancias pudieran separar sus cuerpos, no importaba siquiera que Esther hubiera borrado todas sus capacidades para el Amor, y ya hubiera desintegrado por completo cualquier cosa que recordara su memoria, como se esconden bajo la alfombra, las basuras no reciclables.
Comprendió que, hiciera lo que hiciera, viviera la vida que viviera, Esther siempre estaría con ella hasta sus últimos suspiros.
Como lo hacen es@s pocas almas que consiguen tocar la propia, en forma de inesperados amaneceres, o indelebles rastros en todo lo que somos.
Esther ya formaba parte de ese otro conjunto de "gente especial" que nos acompañaría durante todo el camino, en forma de abuelas, padres, madres, amig@s únic@s, es@s poc@s que nos regala la vida por el simple hecho de estar aquí y respirar 13 veces por minuto.
Así es que por mucho que en algún momento de desesperación pensara que lo mejor seria odiar a Esther, como si fuera una delicuente con premeditación y alevosía, ninguno de sus débiles empeños pudo hacer una sola mella en ese Amor a prueba de bombas que M. había conservado, como si fuera lo más fácil del mundo, como si Esther, en lugar de ser esa herida que no cierra nunca, hubiera sido una fuente continua de felicidad.
" Querida Ana,
Hoy he vuelto a Alicante. Si, ya sabes, su puerto, su playa mediterráneas, rebosante de palmeras.
He recordado, como miles de veces más durante mis días y mis noches, aquellos otros, ambiguos en el sentimiento, llenos de la felicidad de sentirla a un solo palmo de mis manos; repletos, también, de toda esa desesperación que supone tener al lado al amor de tu vida y tener que simular que todo estaba bien, que aceptaba sus condiciones como si nada hubiera ocurrido.
No me canso de recordarte, aunque no te lo creas, que sus lágrimas NO fueron de cocodrilo, cuando decidió que no podía separarse. Te he explicado cientos de veces, cuando la insultabas, que yo la entendía perfectamente, que no la culpo ni la juzgo.
Que sabe dios lo que yo hubiera hecho en su situación, después de 5 años de matrimonio.
Ya sabes que yo misma, cada vez que he roto con alguno de mis líos me ha sido tan difícil, he llorado tanto, que sé de sobras lo que se puede querer a alguien. Tanto como para arruinar la propia vida, escapando de las más profundas verdades.
Esther me decía que lo quería tanto....que no sabía si podría dejarlo. Que sólo pensarlo se le helaba la sangre...
Y creía firmemente que sería capaz de reavivar las llamas de la pasión primera.
Hoy han pasado miles de cosas, y aunque el reloj se me paró el día que me dijo adios, sé que es posible vivir sin mirar el tiempo, sin esperar nada más que lo que nos regala la fugacidad de cada segundo.
Querida amiga, ya te oigo sonreir después de este correo porque te conozco, porque eres una madraza y pensarás que ya estoy curada.
Pero tú y yo sabemos que hay cosas, ciertas cosas, de las que nunca podremos olvidarnos, así hagamos una sesión de hipnosis, sí, jajajaj, no te rías, que te veo, eh.
Sabes, como lo sé yo, que su recuerdo será infinito. Sí, tan maravilloso, tan desolador, tan triste y tan presente; pero la vida, amiga, ésta única que tenemos, merece algo más que sobrevivir a los recuerdos. Eso que tod@s sabemos con la cabeza, pero que tanto cuesta cuando se trata de convencer al corazón.
Siempre lo he sabido, pero, sobre todo, lo he sentido en todos los viajes, cuando su ausencia, el deseo de compartir con ella cada imagen, cada sensación, cada sorpresa, casi siempre provocaba los dos extremos de la emoción: sonrisa, o lágrima y, aun así, sabía que no podía dejar de vivir, de experimentar, por respeto a mi misma.
A pesar de toda esa desesperación, todo el dolor de no escuchar sus palabras, sus sonrisas o sus tristezas.
No, aun así, no puedo resignarme a la infelicidad como camino perpetuo.
Sigo buscando senderos para ver si puedo transformar esta herida que no cierra en una cicatriz llena de toda su belleza, como si fuera una arruga del modisto ese; y después, la cicatriz, quizá ya bella cicatriz, en "leve" señal, "apenas " perceptible.
Y, sobre todo, espero que me ayudes para algo que nunca he sabido hacer: cómo compaginar las memorias de felicidad, con la pena casi insoportable de su vacío. Cómo sintetizarlo todo en algo que sea digerible, algo que no siga doliendo cada mañana, cada día, cada noche, como si el tiempo no pasara, como si no tuviera una inteligencia para sobreponerme con la razón a las tiranías del alma esencial.
Espero, sobre todas las cosas, amiga, primero que ella consiga ser feliz.
Segundo, que yo no sea uno más de esos habitantes que conforman desoladoras estadísticas, esas de las que hablas con cierta frialdad, los que nunca llegan a curarse.
Sé que quiero curarme aunque a veces no me importe nada que sea de día o de noche. Que la salud se me resienta o se me acorten los años, a base de tristeza, desengaño y frustración.
Espero ser tan fuerte como para eso, aunque las fuerzas me abandonen cada vez que recuerdo sus palabras de amor; porque yo soy de las que no se rinden, por mucho que me cueste, por muy altas que sean las cumbres o muy terroríficos los caminos de la vida.
Tu Maca no va a dejar que nada ni nadie la pisotee. Por eso sé que sí que me curaré, de una u otra forma, por más años que tenga que emplear. Por más rabia , contra mí misma, que tenga sacar de los últimos rincones.
Sí, en realidad soy afortunada, porque no tod@s en mi situación sobrevivirían para poder vivir una existencia digna.
Si fuera una cuestión de apuestas, se que tendría todas las de ganar. No sé cuándo ni cómo ni por dónde empezar, porque sé que ella seguirá conmigo, quiera o no quiera, como las emociones y las memorias que nada ni nadie consigue borrar a lo largo de la vida.
Ella será siempre parte de esa sangre que fluye, subterránea, esencial, llena de energía y alimento para toda mi vida.
Seguirá ahí, sin que yo pueda hacer nada por evitarlo, como parte indisoluble de lo que realmente importa, en tantos rincones del alma, respirando por mis células como si ya fuera parte inseparable de ellas.
Pero quiero prometerte, mi querida amiga, que intentaré cuidarme algo más, dejar de comer y beber porquerías, hablar con la gente para que mi pensamiento se distraiga parte del día, escuchar más música clásica, ya sabes que me encanta y me revitaliza, pero es que no tenía muchas ganas....
¿ sabes ? ha llegado a mi clase una alumna mucho mayor que l@s demás. Hemos hablado varias veces y me ha parecido una persona interesante. Veré si puedo tomar un café con ella. Me divierte escuchar sus cosas, tiene ese aire despistao que me encanta; cuando habla de sus artistas preferidos, casi siempre se queda en silencio, durante unos momentos, como si tratara de escoger las palabras adecuadas para que la profe no le ponga faltas, jajajja.
Yo creo que me ha calao, vamos, como un melón de verano, de esos....mmmmmm, de esos dulces, dulcísimos como uno de sus besos...jajjaj, no, los de la alumna..no...jajjaja, so mal pensá, que ya sabes tú de quién.
Bueno, chica, te dejo, que es algo tarde y mañana me toca a primera hora.
La sonrisa de Ana, al terminar la parrafada de M., fue una mezcla de dos cosas, la alegría y el sentimiento.
Cuando se dio cuenta estaba llorando como una magdalena.
- Por fin, Maca, cariño, por fin presiento que vas a salir de tu pozo..nif...nif...
Ana sabía que M. ni siquiera se daba cuenta de sus progresos, pero, por primera vez en mucho tiempo, después de leer sus cartas, había percibido atisbos de esperanza o ilusión. En algún momento del correo, había vislumbrado a la Maca entusiasta y energética.
Aunque aún se le hacía cuesta arriba cualquier cosa que significara relacionarse con otra gente, ya fueran alumnos, profesores, amig@s que la llamaban para quedar al cine o a tomar un café.
Aunque la vida seguía pesándole como una carga demasiado grande, esta vez, al llegar a esas reuniones previas del Departamento, donde se recibía a los nuevos y se establecían premisas o sugerencias para coordinar, en la medida de lo posible, la heterogeneidad del conjunto docente, M. se dijo a sí misma que este año las cosas serían mejores.
Que ella pondría de su parte para intentar alejarse de ese estado de desolación, a veces de inopia, de ausencia del resto del mundo, desde esa apatía lascerante que se le había instalado en el alma con la omnipresente ausencia de Esther.
La revolución entusiasta que supuso aquel Amor, el resurgimiento desde terroríficos estados del espíritu hacia las maravillas que procura ese momento del enamoramiento, todo eso le había sido arrebatado de cuajo, como si las palabras de Esther nunca hubieran tenido ni un solo ápice de verdad.
Como si, efectivamente, ella nunca hubiera significado para Esther sino un espejismo en el mar de sus soledades.
"Ojalá, Amor, ojalá pudiera pensar, desde esa rabia y ese dolor que tantas veces contemplo en las vidas de otr@s, que nunca me quisiste, que ni una sola de tus apasionadas palabras de aquel tiempo contuvo algo parecido a la honradez. Pero por más que lo pienso, por más que me lo propongo, sé, con una fuerza superior a todo lo demás, que eso es inútil. Que no podría engañarme a mí misma tan frívolamente. Que no podría insultar tus sentimientos de esa forma"
Macarena Wilson, esa niña bien que hacía locuras y payasadas, que reía con estruendo cuando aún no había conocido el significado de la palabra Amor: que se pasaba los días de aquí allá, disfrutando de mil maneras posibles cada momento del día, con una risa contagiosa, una vitalidad a prueba de bombas, de borracheras y de excesos.
Aquella chica-terremoto, como la había bautizado uno de sus amigos de infancia, pareciera que había desaparecido tras las catástrofes de aquel año.
Sin embargo, cuando llegó septiembre, aquel mes que había dejado de ser la escapada a la playa mientras las familias volvían al colegio (en días que serían ya la marca indeleble de tiempos tan queridos) los recuerdos se hicieron más vívidos, más allá de canciones o palabras.
Porque por aquel entonces, ocurrió la maravilla del encuentro, y, por primera vez, sus ojos contemplaron otros ojos, hasta el fondo del alma.
Recordó la escena, pero, ante todo el mundo nuevo que se abría para ella, los latidos internos, sobre un cielo gris.
El corazón se le aceleró como si todavía tuviera 15 años, para pararse luego en seco tras la avalancha de sentimientos y sensaciones que recorrían su cuerpo, en aquella ocasión tan difícil de reproducir con las palabras: por primera vez se encontró con aquellos ojos que serían, ya para siempre, lo que las novelas de apasionada lectura adolescente le describían como el Amor de su vida, pero sobre todo, lo que la mujer adulta sentía con esa aplastante seguridad que pocas veces nos regala la vida.
Poco a poco, los días fueron corriendo y, afortunadamente, septiembre llegó a su fin.
Entonces, asombrosamente para ella misma, M. se descubrió pensando con cierta ilusión en otro principio.
Otro año de cosas nuevas, otra aventura de descubrimientos, sensaciones, experiencias.
Parecía que ahora podía sentir el aire fresco de las noches, casi otoñales ya, entrando por la ventana hacia el fondo de sí misma.
Como una voz que seguía hablándole, que insistía en las bellezas del parque, los colores de las flores o la calidez de ciertas charlas con sus humanos congéneres.
Hacía tanto tiempo que la oía y la oía, como una letanía extraña, como algo que no iba con ella.
De alguna forma, ese conjunto llamado corazón que había quedado tras los restos de aquel naufragio, su "fin del mundo", como le gustaba especificar, le suplicaba, ahogado por la retahila de lágrimas, desganas y pérdidas de cualquier sentimiento de esperanza, aturdido, ausente de la vida cotidiana que lo rodeaba, quizá en el límite de todas las cosas humanas, pidiéndole, simplemente, una tregua, un respiro alejado de tanta miseria, tanta negrura, tanta desesperación.
Y, aunque no podía dejar de esperar a Esther - sabía que eso sería imposible - el lamentable estado que sólo la testarudez había impuesto a su persona, debilitaba, de alguna forma, sus fortificadas y contundentes empalizadas, esas que ella reforzaba cuando alguien osaba insinuarle veladamente la posibilidad de reanudar su vida.
Fue así, en una sorpresa que casi no disfrutó, cuando un día cualquiera se descubrió sonriendo con el perfume de las flores que entraban, desde los jardines de San Telmo, llenos de madreselvas, jazmines, damas de noches, en ese aire sabroso de las noches veraniegas.
La memoria le trajo otra sonrisa, de nuevo desde las enredaderas de aquel septiembre inolvidable, y, por primera vez, derramó una lágrima, sólo una, al recuerdo de aquellos ojos, aquella boca, aquel cuerpazo lejano, fuente de sus más tórridos sueños.
Recordó de nuevo la canción, y comprendió que, más allá de toda su soledad, ella siempre andaría a su lado, no importaba qué insondables distancias pudieran separar sus cuerpos, no importaba siquiera que Esther hubiera borrado todas sus capacidades para el Amor, y ya hubiera desintegrado por completo cualquier cosa que recordara su memoria, como se esconden bajo la alfombra, las basuras no reciclables.
Comprendió que, hiciera lo que hiciera, viviera la vida que viviera, Esther siempre estaría con ella hasta sus últimos suspiros.
Como lo hacen es@s pocas almas que consiguen tocar la propia, en forma de inesperados amaneceres, o indelebles rastros en todo lo que somos.
Esther ya formaba parte de ese otro conjunto de "gente especial" que nos acompañaría durante todo el camino, en forma de abuelas, padres, madres, amig@s únic@s, es@s poc@s que nos regala la vida por el simple hecho de estar aquí y respirar 13 veces por minuto.
Así es que por mucho que en algún momento de desesperación pensara que lo mejor seria odiar a Esther, como si fuera una delicuente con premeditación y alevosía, ninguno de sus débiles empeños pudo hacer una sola mella en ese Amor a prueba de bombas que M. había conservado, como si fuera lo más fácil del mundo, como si Esther, en lugar de ser esa herida que no cierra nunca, hubiera sido una fuente continua de felicidad.
" Querida Ana,
Hoy he vuelto a Alicante. Si, ya sabes, su puerto, su playa mediterráneas, rebosante de palmeras.
He recordado, como miles de veces más durante mis días y mis noches, aquellos otros, ambiguos en el sentimiento, llenos de la felicidad de sentirla a un solo palmo de mis manos; repletos, también, de toda esa desesperación que supone tener al lado al amor de tu vida y tener que simular que todo estaba bien, que aceptaba sus condiciones como si nada hubiera ocurrido.
No me canso de recordarte, aunque no te lo creas, que sus lágrimas NO fueron de cocodrilo, cuando decidió que no podía separarse. Te he explicado cientos de veces, cuando la insultabas, que yo la entendía perfectamente, que no la culpo ni la juzgo.
Que sabe dios lo que yo hubiera hecho en su situación, después de 5 años de matrimonio.
Ya sabes que yo misma, cada vez que he roto con alguno de mis líos me ha sido tan difícil, he llorado tanto, que sé de sobras lo que se puede querer a alguien. Tanto como para arruinar la propia vida, escapando de las más profundas verdades.
Esther me decía que lo quería tanto....que no sabía si podría dejarlo. Que sólo pensarlo se le helaba la sangre...
Y creía firmemente que sería capaz de reavivar las llamas de la pasión primera.
Hoy han pasado miles de cosas, y aunque el reloj se me paró el día que me dijo adios, sé que es posible vivir sin mirar el tiempo, sin esperar nada más que lo que nos regala la fugacidad de cada segundo.
Querida amiga, ya te oigo sonreir después de este correo porque te conozco, porque eres una madraza y pensarás que ya estoy curada.
Pero tú y yo sabemos que hay cosas, ciertas cosas, de las que nunca podremos olvidarnos, así hagamos una sesión de hipnosis, sí, jajajaj, no te rías, que te veo, eh.
Sabes, como lo sé yo, que su recuerdo será infinito. Sí, tan maravilloso, tan desolador, tan triste y tan presente; pero la vida, amiga, ésta única que tenemos, merece algo más que sobrevivir a los recuerdos. Eso que tod@s sabemos con la cabeza, pero que tanto cuesta cuando se trata de convencer al corazón.
Siempre lo he sabido, pero, sobre todo, lo he sentido en todos los viajes, cuando su ausencia, el deseo de compartir con ella cada imagen, cada sensación, cada sorpresa, casi siempre provocaba los dos extremos de la emoción: sonrisa, o lágrima y, aun así, sabía que no podía dejar de vivir, de experimentar, por respeto a mi misma.
A pesar de toda esa desesperación, todo el dolor de no escuchar sus palabras, sus sonrisas o sus tristezas.
No, aun así, no puedo resignarme a la infelicidad como camino perpetuo.
Sigo buscando senderos para ver si puedo transformar esta herida que no cierra en una cicatriz llena de toda su belleza, como si fuera una arruga del modisto ese; y después, la cicatriz, quizá ya bella cicatriz, en "leve" señal, "apenas " perceptible.
Y, sobre todo, espero que me ayudes para algo que nunca he sabido hacer: cómo compaginar las memorias de felicidad, con la pena casi insoportable de su vacío. Cómo sintetizarlo todo en algo que sea digerible, algo que no siga doliendo cada mañana, cada día, cada noche, como si el tiempo no pasara, como si no tuviera una inteligencia para sobreponerme con la razón a las tiranías del alma esencial.
Espero, sobre todas las cosas, amiga, primero que ella consiga ser feliz.
Segundo, que yo no sea uno más de esos habitantes que conforman desoladoras estadísticas, esas de las que hablas con cierta frialdad, los que nunca llegan a curarse.
Sé que quiero curarme aunque a veces no me importe nada que sea de día o de noche. Que la salud se me resienta o se me acorten los años, a base de tristeza, desengaño y frustración.
Espero ser tan fuerte como para eso, aunque las fuerzas me abandonen cada vez que recuerdo sus palabras de amor; porque yo soy de las que no se rinden, por mucho que me cueste, por muy altas que sean las cumbres o muy terroríficos los caminos de la vida.
Tu Maca no va a dejar que nada ni nadie la pisotee. Por eso sé que sí que me curaré, de una u otra forma, por más años que tenga que emplear. Por más rabia , contra mí misma, que tenga sacar de los últimos rincones.
Sí, en realidad soy afortunada, porque no tod@s en mi situación sobrevivirían para poder vivir una existencia digna.
Si fuera una cuestión de apuestas, se que tendría todas las de ganar. No sé cuándo ni cómo ni por dónde empezar, porque sé que ella seguirá conmigo, quiera o no quiera, como las emociones y las memorias que nada ni nadie consigue borrar a lo largo de la vida.
Ella será siempre parte de esa sangre que fluye, subterránea, esencial, llena de energía y alimento para toda mi vida.
Seguirá ahí, sin que yo pueda hacer nada por evitarlo, como parte indisoluble de lo que realmente importa, en tantos rincones del alma, respirando por mis células como si ya fuera parte inseparable de ellas.
Pero quiero prometerte, mi querida amiga, que intentaré cuidarme algo más, dejar de comer y beber porquerías, hablar con la gente para que mi pensamiento se distraiga parte del día, escuchar más música clásica, ya sabes que me encanta y me revitaliza, pero es que no tenía muchas ganas....
¿ sabes ? ha llegado a mi clase una alumna mucho mayor que l@s demás. Hemos hablado varias veces y me ha parecido una persona interesante. Veré si puedo tomar un café con ella. Me divierte escuchar sus cosas, tiene ese aire despistao que me encanta; cuando habla de sus artistas preferidos, casi siempre se queda en silencio, durante unos momentos, como si tratara de escoger las palabras adecuadas para que la profe no le ponga faltas, jajajja.
Yo creo que me ha calao, vamos, como un melón de verano, de esos....mmmmmm, de esos dulces, dulcísimos como uno de sus besos...jajjaj, no, los de la alumna..no...jajjaja, so mal pensá, que ya sabes tú de quién.
Bueno, chica, te dejo, que es algo tarde y mañana me toca a primera hora.
La sonrisa de Ana, al terminar la parrafada de M., fue una mezcla de dos cosas, la alegría y el sentimiento.
Cuando se dio cuenta estaba llorando como una magdalena.
- Por fin, Maca, cariño, por fin presiento que vas a salir de tu pozo..nif...nif...
Ana sabía que M. ni siquiera se daba cuenta de sus progresos, pero, por primera vez en mucho tiempo, después de leer sus cartas, había percibido atisbos de esperanza o ilusión. En algún momento del correo, había vislumbrado a la Maca entusiasta y energética.
- Dime que sí, dime que vas a volver a ser la que fuiste, cariño....
Y la plegaria se fundió con un aire húmedo que abrió las ventanas de par en par, fresco, oloroso, anunciando ya las lluvias de la nueva estación.
Caro mio ben credimi almen,
senza di te languisce il cor.
Caro mio ben, senza di te langisce il cor.
Il tuo fedel sospira ognor, cessa, crudel, tanto rigor!
Cessa, crudel, tanto rigor, tanto rigor!
Caro mio ben, credimi almen, senza di te languisce il cor.
Caro mio ben credimi almen, senza di te languisce il cor.
(Nota: los nombres de los personajes son un homenaje a la serie Hospital Central, de la cual proceden)

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uffEn verdad os digo que el adiós no existe:
ResponderEliminarSi se pronuncia entre dos seres
que nunca se encontraron,
es una palabra innecesaria.
Si se dice entre dos que fueron uno,
es una palabra sin sentido.
Porque en el mundo real del espíritu
sólo hay encuentros y nunca despedidas,
y porque el recuerdo del ser amado
crece en el alma con la distancia,
como el eco en las montañas del crepúsculo.
Khalil Gibran