martes, 1 de septiembre de 2009

Mensaje en una botella busca a su destinataria ( V )


Galicia, agosto de 2009

Guapisima,
He vuelto a casa y no he tenido tiempo de escribirte nada que describa las sensaciones del viaje.
Pero te mando una imagen que no necesita comentario alguno, porque tú y yo sabemos muy bien los infinitos mundos que se contienen en un paisaje marino.

Esta foto podría resumir el periplo gallego porque en ella se expresa, como siempre lo hace el mar, toda la inmensidad, toda la maravilla de una tierra que se convierte, ante los asombrados ojos de un@ habitante del sur, en un vergel donde la naturaleza, exultante, generosa y omnipresente, provoca ese doble efecto en cualquiera que se detenga a contemplarla, aunque sea mínimamente:
Hay una sensación de sentirse demasiado pequeñ@ ante semejante despliegue de formas y colores; pero ocurre también esa emoción profunda de encontrarse como parte de un todo poderoso, lleno de belleza y fuerza, de toda esa energía vital que transmiten las experiencias de la naturaleza salvaje, espontánea, plena de sonidos hechos de silencios, y de pájaros. De rumores del viento a su paso por los múltiples recovecos de verdes y azules. Del canturreo del agua del arrollo sobre la piedra, como si fuera un jardín árabe.

Plantarse delante de un acantilado, abrir los brazos y respirar, mirando al horizonte, mientras las olas vuelven una y otra vez en su perpétuo diálogo con la tierra, algo tan sencillo se convierte en Galicia en un auténtico lujo.
Porque el mar tiene ciertas tonalidades verdosas, a veces turquesas, que recuerdan a la hierba fresca de los parques y los bosques.

Mientras el autobús nos llevaba de un lado a otro, sentada en las últimas filas, donde podía disfrutar de cierta tranquilidad, miraba y miraba, como si todo fuera nuevo, como si no pudiera cansarme, los permanentes campos de maiz, las casas de tejados muy pronunciados y los mariscadores en la marea baja.
El viento mecía los maizales y los árboles pasaban rápidos, dejando ver, de nuevo, las playas de acantilados; y el aire marino, a la parada del bus, era algo distinto, quizá menos salado, más fresco y húmedo que en otras playas conocidas.
Hubiera querido recogerlo todo en una cajita para poder guardarlo y recordar cada detalle, cada matiz del paisaje y sus ingredientes porque podía sentirte en cada ráfaga de emoción, cada gaviota volando sobre las rías y los puertos, cada atardecer imposible de pintar con fidelidad, cada vez que saboreaba, mmmmmmmm, mare, qué rico el marisco allí, con ese chupeteo que no termina nunca, y que empieza de arriba abajo, desde la primera a la última patita de cada bicho.

Para poder contártelo cuando pasen los años y el tiempo diluya ciertas memorias de olores, sonidos y colores.
Por eso lo escribo aquí, de forma torpe y demasiado escueta, porque las palabras siempre se quedarian cortas.
Aunque hay muchas otras imágenes que comentar, ésta tenía que ser la primera, porque resume a las mil maravillas lo que más me ha emocionado del viaje, sus geografías, que,junto al carácter acogedor y amable de la gente, han sido todo un regalo para el espíritu y fuente de unas y otras reflexiones sobre la naturaleza de las cosas y las relaciones con otr@s habitantes de este planeta, incluyéndote, por supuesto, a ti misma, encanto.
Quizá esa grandeza que nos muestra la naturaleza en forma de arrebatadora, humilde (en su sencillez ) e irresistible belleza, sea una de esas experiencias que nos recuerdan, de nuevo, que la vida puede ser pura maravilla y que haría falta muy poco para conseguir la felicidad, si abandonáramos cadenas autoimpuestas, estúpidas posturas de orgullo que se convierten en desastrosa ignorancia y, por tanto, en patético desperdicio de esa única vida que tenemos para saborear, con toda la intensidad y sin perder ni uno solo de sus instantes.
Ante tal cúmulo de bellezas, la naturaleza nos da la lección de su sencillez, su fuerza, su pura espontaneidad para ser tal cual, enseñándonos el camino para vivir.
Y nosotros, Amor, que se supone somos seres dotados de inteligencia, no podemos hacer oídos sordos a esa única verdad: hemos venido hasta aquí para ser felices, o, en su defecto, para hacer lo posible y lo imposible por lograrlo.
Lo contrario, sería un verdadero atentado a la dignidad humana, pues nos colocaría al nivel de otros animales con menos capacidades y aptitudes que nosotr@s.
No hay más que observar, completamente embelesad@s, la lección de las olas, volviendo eternamente a la tierra, sin descanso ni renuncios, porque está en su naturaleza ese comportamiento.
La tenacidad del mar o la fuerza de la ramita reverdecida son ejemplos que no podemos obviar cerrando los ojos, por infantiles miedos que debemos desterrar día a día, segundo a segundo.
Naturalmente, sólo en los momentos de tranquilidad podía considerar semejantes temáticas, pues los viajes en grupo no suelen dejarte demasiado espacio para la contemplación o la reflexión, a menos, jajjaj, que sea algo innato que puedes hacer en los instantes más insospechados.
Ahora es algo tarde, y hoy ha sido un día muy ajetreado. Así es que no tengo más remedio que interrumpir mi relato para otro día.
No te preocupes, que te enviaré alguna fotito más si nos las cuelgo aquí.
Besitos guapa. Cuídate mucho.



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2 comentarios:

  1. Pues la mayoría de las veces hacemos oidos sordos a esa llamada de felicidad,
    tanto por causas propias como ajenas. Ante tal caso tendríamos que tener la noción del tiempo que tienen los animales,lamentablemente sabemos que la vida acaba y que los días que pasan no vuelven.

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  2. Cuanta razón tienes, sobre todo en ese recordar que precisamente son esos otros animales los que nos dan mil vueltas a la hora de vivir. Para ellos el futuro no existe, simplemente porque no pueden imaginarlo ni tener conciencia del mismo. Por eso se dedican, simple y sencillamente a vivir, sin todo ese cúmulo de dudas y miedos, humanas y absurdas rémoras que nos encadenan al no vivir, para anclarnos en eso que otr@s llamaron muerte en vida.
    Es lo que hacemos cuando renunciamos a nosotr@s mism@s una, y otra y mil veces, por miedo al fracaso, por miedo a no saber, a no poder, a tantos noes como inseguridades nos atenazan.
    Siempre termino consolándome con una frase: si la vida no pudiera encontrar esos retazos de sencilla felicidad que disfrutan ciertos animales, que, al menos, nos sirve para crecer y ser mejor personas.
    Saluditos, Alas.

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