Leer el periódico, mejor que escuchar los telediarios, mucho menos exhaustivos y completos en los detalles de la información, puede ser una fuente impresionante de emociones y de enseñanzas tan variadas como así resulta ser el mundo que nos rodea.
Conocer algo de la historia de ese hombre que fue declarado en coma cuando en realidad estuvo consciente durante 23 años y tratar de suponer lo que eso le significó, no sólo se convierte en un relato escalofriante al intentar imaginar empáticamente la impotencia, el sufrimiento y la sensación de ahogo en una situación así (querer y no poder) sino que se convierte en una inestimable fuente de reflexión sobre la fugacidad de la vida humana, cuando la consideramos en una dimensión de calidad, por una parte; y, a la vez, nos provoca ese cuestionamiento maravillado sobre las capacidades de supervivencia del cerebro humano, su resistencia ante situaciones límites, los misterios casi milagrosos de su devenir (tal es nuestro grado de asombro y/o desconocimiento sobre sus más profundos mecanismos) y, por tanto, los secretos de la vida de l@s human@s.
Si pudiéramos aprehender en toda su extensión el significado de esta "noticia", volveríamos a sentir en toda su magnitud qué valiosa es la existencia de los que gozamos de salud, podemos hablar, escribir, leer, andar y hacer veinte mil actividades que consideramos normales, día a día.
Dejaríamos atrás nuestras chuminaítas de la Carlota, que decía mi abuela, y disfrutaríamos mucho más de las pequeñas cosas cotidianas, no con un sentido de conformismo o simpleza sino por el valor incalculable que nos otorga la capacidad de, por ejemplo en este caso, comunicarnos con el resto del mundo.
Transmitirnos a los demás en la medida elegida es la base de cosas tan elementales como la generosidad o la solidaridad, algo que nos confiere la certeza de ser persona, si recordamos la experiencia similar, salvando todas las distancias, de Robinson Crusoe antes de encontrar a Viernes.
La soledad de Robinson, un hombre que puede comunicarse pero que no puede hacerlo sino consigo mismo, entraría en un marco comparativo semejante al de alguien como Rom Houben, que está rodeado de gente, que siente, piensa y está consciente pero que se ve imposibilitado para hacerlo, salvo consigo mismo.
Al primero lo separan del resto de sus congéneres miles de kilómetros marinos, al segundo el estado de nuestras ciencias actuales, que, de nuevo, vuelven a demostrarnos cuánto nos queda para conocer a fondo el funcionamiento del cuerpo y, sobre todo, del cerebro humano.
Los dos están prisioneros de la incomunicación, esa lacra tan permanente o tan eterna como la Historia de la Humanidad.
Y los dos, prisioneros de su aislamiento, perdieron años de su vida en el aspecto de la interrelación con los otros y, por tanto, del enriquecimiento y disfrute personal, en la medida de sus posibilidades; enlanzándose este tema con el desconocimiento también patente sobre la cualidad de las emociones y, sobre todo, su transmisión fidedigna de una persona a otra.
La dificultad o imposibilidad presentes para comunicar a l@s otr@s con precisión matemática las emociones propias y sus consiguientes sentimientos será casi siempre causa importante de ciertos tipos de incomunicación, en la generalidad de indivíduos sanos, sin las enormes barreras de nuestro protagonista pero, paradójicamente, situados en muchas ocasiones casi en la misma ínsula, por carencias propias o ajenas.
El cúmulo de aspectos que toca esta "noticia" resulta, una vez más, en esa conclusión primera sobre la brevedad de la vida, y sus estados de bienestar o felicidad. Sobre la necesidad de ser valientes, más allá de los escollos particulares, para cuidar lo que tenemos, valorar las cosas esenciales y disfrutar el día a día porque el mañana siempre será incierto. Ya los decían nuestros antiguos con el carpe diem, más o menos.
Por otro lado, llegan las emociones de sorpresa o asombro ante el caso espectacular de este hombre.
Si la impotencia o la frustración en dosis elevadas fueran causa de muerte cerebral, me atrevo a asegurar que nuestro protagonista ya no estaría vivo.
Pero quiero imaginar que la inteligencia anterior al accidente lo facultó posiblemente para dejar de lado ese enfado y esas sensaciones que relata el artículo para poder sobrevivir a la adversidad.
Conocer más a fondo los detalles de sus actitudes o resortes de supervivencia mental en los momentos de desesperación serían datos mucho más valiosos que encontrarse una primitiva premiada, porque seguramente serían ejemplos de incalculable valor para aprender a ser mejores en momentos extremos semejantes que, ojala, nunca nunca tuviésemos que atravesar.
Esperemos que la ciencia repare en estos detalles tan fundamentales y dé a conocer, con carácter puramente científico, nunca morboso, semejante ejemplo de superación.
A su vez, surge, de nuevo, con este caso concreto, ese miedo casi ancestral de muchos a la muerte en vida, a ver cómo el paso del tiempo ocurre a través de todas las efemérides sin que, aparentemente, podamos hacer nada por evitarlo.
Si tenemos la suerte de no sufrir nunca una experiencia parecida, siempre podremos hacer algo, desde una posición mucho más ventajosa y quizá más fácil, nunca comparable a lo que consiguió este hombre, porque posiblemente no tod@s habríamos conseguido la hazaña de escapar a la locura en su situación.
La realidad, una vez más, supera las historias de Poe y sigue sorprendiéndonos por sus infinitas posibilidades. En este caso, se convierte en fuente inagotable de pensamientos sobre eso que algunos llaman el destino de las personas o el por qué unas tienen más suerte que otras en el devenir de sus vidas.
Teniendo en cuenta que hasta ahora nadie ha demostrado la existencia de dios, sería muy interesante conocer las respuestas.
Conocer algo de la historia de ese hombre que fue declarado en coma cuando en realidad estuvo consciente durante 23 años y tratar de suponer lo que eso le significó, no sólo se convierte en un relato escalofriante al intentar imaginar empáticamente la impotencia, el sufrimiento y la sensación de ahogo en una situación así (querer y no poder) sino que se convierte en una inestimable fuente de reflexión sobre la fugacidad de la vida humana, cuando la consideramos en una dimensión de calidad, por una parte; y, a la vez, nos provoca ese cuestionamiento maravillado sobre las capacidades de supervivencia del cerebro humano, su resistencia ante situaciones límites, los misterios casi milagrosos de su devenir (tal es nuestro grado de asombro y/o desconocimiento sobre sus más profundos mecanismos) y, por tanto, los secretos de la vida de l@s human@s.
Si pudiéramos aprehender en toda su extensión el significado de esta "noticia", volveríamos a sentir en toda su magnitud qué valiosa es la existencia de los que gozamos de salud, podemos hablar, escribir, leer, andar y hacer veinte mil actividades que consideramos normales, día a día.
Dejaríamos atrás nuestras chuminaítas de la Carlota, que decía mi abuela, y disfrutaríamos mucho más de las pequeñas cosas cotidianas, no con un sentido de conformismo o simpleza sino por el valor incalculable que nos otorga la capacidad de, por ejemplo en este caso, comunicarnos con el resto del mundo.
Transmitirnos a los demás en la medida elegida es la base de cosas tan elementales como la generosidad o la solidaridad, algo que nos confiere la certeza de ser persona, si recordamos la experiencia similar, salvando todas las distancias, de Robinson Crusoe antes de encontrar a Viernes.
La soledad de Robinson, un hombre que puede comunicarse pero que no puede hacerlo sino consigo mismo, entraría en un marco comparativo semejante al de alguien como Rom Houben, que está rodeado de gente, que siente, piensa y está consciente pero que se ve imposibilitado para hacerlo, salvo consigo mismo.
Al primero lo separan del resto de sus congéneres miles de kilómetros marinos, al segundo el estado de nuestras ciencias actuales, que, de nuevo, vuelven a demostrarnos cuánto nos queda para conocer a fondo el funcionamiento del cuerpo y, sobre todo, del cerebro humano.
Los dos están prisioneros de la incomunicación, esa lacra tan permanente o tan eterna como la Historia de la Humanidad.
Y los dos, prisioneros de su aislamiento, perdieron años de su vida en el aspecto de la interrelación con los otros y, por tanto, del enriquecimiento y disfrute personal, en la medida de sus posibilidades; enlanzándose este tema con el desconocimiento también patente sobre la cualidad de las emociones y, sobre todo, su transmisión fidedigna de una persona a otra.
La dificultad o imposibilidad presentes para comunicar a l@s otr@s con precisión matemática las emociones propias y sus consiguientes sentimientos será casi siempre causa importante de ciertos tipos de incomunicación, en la generalidad de indivíduos sanos, sin las enormes barreras de nuestro protagonista pero, paradójicamente, situados en muchas ocasiones casi en la misma ínsula, por carencias propias o ajenas.
El cúmulo de aspectos que toca esta "noticia" resulta, una vez más, en esa conclusión primera sobre la brevedad de la vida, y sus estados de bienestar o felicidad. Sobre la necesidad de ser valientes, más allá de los escollos particulares, para cuidar lo que tenemos, valorar las cosas esenciales y disfrutar el día a día porque el mañana siempre será incierto. Ya los decían nuestros antiguos con el carpe diem, más o menos.
Por otro lado, llegan las emociones de sorpresa o asombro ante el caso espectacular de este hombre.
Si la impotencia o la frustración en dosis elevadas fueran causa de muerte cerebral, me atrevo a asegurar que nuestro protagonista ya no estaría vivo.
Pero quiero imaginar que la inteligencia anterior al accidente lo facultó posiblemente para dejar de lado ese enfado y esas sensaciones que relata el artículo para poder sobrevivir a la adversidad.
Conocer más a fondo los detalles de sus actitudes o resortes de supervivencia mental en los momentos de desesperación serían datos mucho más valiosos que encontrarse una primitiva premiada, porque seguramente serían ejemplos de incalculable valor para aprender a ser mejores en momentos extremos semejantes que, ojala, nunca nunca tuviésemos que atravesar.
Esperemos que la ciencia repare en estos detalles tan fundamentales y dé a conocer, con carácter puramente científico, nunca morboso, semejante ejemplo de superación.
A su vez, surge, de nuevo, con este caso concreto, ese miedo casi ancestral de muchos a la muerte en vida, a ver cómo el paso del tiempo ocurre a través de todas las efemérides sin que, aparentemente, podamos hacer nada por evitarlo.
Si tenemos la suerte de no sufrir nunca una experiencia parecida, siempre podremos hacer algo, desde una posición mucho más ventajosa y quizá más fácil, nunca comparable a lo que consiguió este hombre, porque posiblemente no tod@s habríamos conseguido la hazaña de escapar a la locura en su situación.
La realidad, una vez más, supera las historias de Poe y sigue sorprendiéndonos por sus infinitas posibilidades. En este caso, se convierte en fuente inagotable de pensamientos sobre eso que algunos llaman el destino de las personas o el por qué unas tienen más suerte que otras en el devenir de sus vidas.
Teniendo en cuenta que hasta ahora nadie ha demostrado la existencia de dios, sería muy interesante conocer las respuestas.
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A este lado del Paraíso by noviembres is licensed under a Creative Commons Atribución-No Comercial-Sin Obras Derivadas 3.0 España License.

Vive cada día como si fuera el último y disfruta de cada segundo como si fuera el primero.
ResponderEliminarD.
PD: Intentando que la vagatis no pueda conmigo ;)
Jajajaja, la vaguitis.....en realidad, por más difícil que resulte, siempre he pensao que sucumbir de lleno en la más recalcitrante de las flojeras, ese derecho a no hacer ná de ná, es una de las más maravillosas y fantásticas tentaciones, poco frecuentadas por entes perfeccionistas, pero muy muy saludables y objetivo permanente e indiscutible para procurar vivir a cuerpo de rey, especialmente para aquell@s en los que no surge de forma natural y feliz sino con cierto complejo de culpa por ese estupendo dejarnos llevar por el sol, los minutos, las horas, en el embelesamiento que supone mirar las flores, inventar mundos soñados o divagar por el espacio de las musarañas, sin límite, reparo o recato alguno......
ResponderEliminarsaluditos, expresiones....mu buenas noches