M. abrió los ventanales; encendió el ordenador; regó la rosa, los geranios, el alóe.
Las margaritas...estaban ya casi mustias, había pasado mucho desde que llegaron del campo, un ejemplo más del paso implacable del tiempo.
Cuando no soportaba ver cómo se morían las flores, símbolo de vida y de felicidad, sentía ese impulso de reponerlas enseguida. De recuperar, al mismo tiempo, la libertad de una infancia al aire libre, llena de galopadas entre los bosques de pinos, o sorteando las espigas de trigo, donde le gustaba esconderse para mirar el cielo, sin que nadie la viera, pensando en las figuras que hacían las nubes, en las cosas que le decía su abuela, mientras sonaban las chicharras, los mirlos y los ejércitos de hormigas, procedentes del otro confín de la Tierra, en su caminar casi invisible.
El calor amenazaba nuevamente la lozanía de su rosa. Pero entonces ella la cambiaba de sitio, la metía en un espacio amplio que había conservado libre, despejado y luminoso, entre la marabunta de libros y recuerdos de viajes. Y la espolvoreaba de agua siempre que podía, en los descansos de las clases, para que conservara la frescura.
A veces le hablaba mentalmente, otras le decía guapa, como si pudiera oírla, pues, para M. seguía siendo aquella primera rosa que le había regalado a Esther.
Así al menos podía depositar en ella parte de ese Amor sofocado que nunca pudo expandirse, libre y feliz. Y cuidando su rosa, sentía que seguía cuidando a Esther, hablándole todos los días, como si ella fuera a recoger y transmitir (así lo creía M.) aquello que no dejaba de latir, de día y de noche.
Nadie podía entender aquel cuidado extremo que casi parecía rozar la obsesión. Pero para M. ese Amor se extendía al resto de sus plantas.
Aquellos días finales de abril estaba feliz porque había conseguido recuperar su vieja flor de pascua, casi muerta porque el agua de lluvia la había anegado.
Pero ella nunca la dio por perdida. Pensó que haría todo lo posible y que, quizá si la podaba entera, tendría fuerzas para renacer.
El día que asomaron dos tímidas y tiernas hojitas verdes, muy verdes, el corazón le dio un vuelco. Aquello le pareció una señal estupenda, un soplo de aire fresco y una ilusión más para seguir pensando que no estaba loca, que ella seguiría cuidándola con la misma pasión que cuidaba la memoria y el Amor por Esther a través de una rosa roja.
Era curioso de qué forma podía inspirarla la contemplación de las complejidades de su rosa:
- " Quizá, Amor, el centro de una rosa, con su remolino interno, nos diga que incluso la belleza tiene caminos laberínticos. Que por eso, debemos aceptar la vida, tal cual, con todo lo bueno, y todo lo malo. Y disfrutar justamente los regalos que nos depara “el destino”, en esos casi imperceptibles momentos de lo cotidiano, en los que la vorágine nos impide contemplar el azul de nuestros cielos mediterráneos; el canto de los pájaros al amanecer; los buenos días de un desconocido, los que están bien dichos, sin rutina y con sonrisa; la caricia ( física o mental, pues hay muchas clases de cariño) de las personas cercanas, la risa feliz de los niños. Tantas cosas que generalmente pasan de largo por nuestra conciencia, cuando vamos como autómatas diarios, resoplando a todas horas, quejosos, enfadados, absortos del mundo, devorados por el tiempo y sus estragos".
En aquella época, M. ya sospechaba que Esther seria su propio laberinto, pues podía ver mucho más allá de lo que ella apenas dejaba entrever, por mucho que sus esfuerzos por defenderse del mundo frívolo que la rodeaba trataran de proteger su vida más personal, más dolorosa, o más vulnerable.
Cuando había viajado a Alicante para asistir a sus exposiciones, siempre se las arreglaba para escaquearse del resto del mundo, incluso de la propia Esther.
Necesitaba quedarse unos momentos, minutos, quizá alguna hora perdida entre las ocupaciones de Esther y las suyas; a solas con el espectáculo sobrecogedor que provocaban sus obras, porque cuando contemplaba en silencio la gracia, la inteligencia y la perfección natural y espontánea de todo el ensamblaje, algo poderoso se le removía en lo más hondo. Las emociones se disparaban, mientras las lágrimas corrían silenciosas, felices, como raras veces le había sucedido a lo largo de su vida. A través de sus obras, M. veía, casi podía leer bajo la estructura de líneas serpenteantes, como si estuviera leyendo un libro que se abriera involuntariamente al simple roce de sus dedos.
Y, sobre todo, se empapaba del alma de Esther. Porque era como si ella, flotando en las superficies metálicas de cada montaje, le hablara, con sus propios guiños, con sus mismas palabras, en un tono especial que ella no había percibido hasta aquel momento de su vida.
Entonces llegaba a ese segundo paso de cualquier observación analítica de la obra de arte, procurando dejar a un lado los sentimientos crecientes que ya embargaban al espectador, como fruto de la mirada general.
Llegaba ese instante de lectura curiosa y minuciosa de la historia que relataban los storyboards. La emoción se prolongaba hacia la aparente dispersión del detalle. Hasta que, finalmente, los entresijos de todo el discurso creativo, volvían a reunirse, como las piezas de un rompecabezas o la deliciosa sutileza de un tiramisú perfectamente equilibrado.
M. cerraba los ojos y respiraba profunda y pausadamente ( al menos lo intentaba, en la medida que el corazón la dejaba).
Las paredes olián a nuevo, casi a pintura recien puesta; los materiales de la obra serían inodoros pero M. recordó cierta conversación con ella y sintió un escalofrío de placer, que le supo a fresas con chocolate, ácido-dulce-ácido. Contraste. Contradicción. Intensidad. Ráfagas de luz y de color.
Esta vez el aire entró rápido hasta el fondo de sus pulmones, atosigante, sin mesura alguna, tratando de frenar aquella oleada de calor sofocante y húmedo....
-ufff.....Amor, qué me haces....y, sobre todo.....dónde estás........por qué no estás aquí...toda enterita...que yo pueda verte, además de sentirte...
En instantes como aquel, cuando la sola presencia de Esther a través de sus instalaciones le removía todos y cada uno de sus esquemas de comportamiento objetivo, de precaución prudente, de "esperar y mirar" antes de cruzar...M. necesitaba pararse y volver a salir fuera. Tenía que sacudirse aquel deseo asfixiante por una mujer a la que, realmente, apenas conocía.
En ese punto sobre "el conocimiento", estaba prácticamente de acuerdo con Esther. Ciertamente, había parte de verdad en aquella sentencia popular: sólo se conoce a las personas en el día a día, donde , teóricamente, la cotidianeidad dejaría al aire cualquier posible trampa de poses ficticias o falsas apariencias; incluso tomando en consideración que, realmente hablaban de cosas ligeramente distintas.
Esther se refería a ese conjunto de comportamientos adquiridos que elegimos para vivir o sobrevivir lo mejor posible. Eso que otra gente llama "carácter".
M. iba más allá de todo eso, pues, poco a poco, cuando Esther se rendía al torrente de emociones que surgía en cada contacto, iba dejando caer, cada una de las capas que, cuidadosamente, envolvían sus más preciadas profundidades, como si le fueran retiradas con la más exquisita delicadeza, sin rozar apenas el resto del conjunto; en un proceso que maravillaba y aterrorizaba en grados parecidos a su destinataria y a la paciente profesora que la desnudaba, más y más, sin que ninguna de las dos pudiera hacer nada por impedirlo.... La vorágine incipiente de dos almas al comienzo de su enamoramiento. Rapidez, descontrol e incertidumbre frente a la magia de lo esencial.
Y, a pesar de todo y de todos, M. pasaba noches en vela, soñando despierta, anhelando, elucubrando, maquinando soluciones... y sabiendo, una vez más, por qué la gente consideraba maravillosas las prisiones de Amor.
Sin embargo, el pánico que sentía cuando aquel cúmulo de emociones se apoderaba de ella con semejante intensidad provocaba la urgencia de salir corriendo, de distanciarse lo máximo posible para mirarlo todo desde lejos.
No podía, no debía dejar que alguien, una desconocida que apareció un día, justo en aquella misma Sala, se apoderase, tan escandalosa y peligrosamente de su alma, pues, si algo tenía claro era el hecho de que la verdaderamente culpable de su estado era su mente, toda aquella amalgama de utopías e idealismos que tan fácilmente podía construir alrededor de ciertas personas, en los momentos más inesperados o absurdos.
Y cuando su cerebro era finalmente conquistado, el corazón lo seguía a galope tendido, sin frenos ni bozales que pudieran controlar los ímpetus de su carrera.
Pero aún se resistía a aceptar que, al fin, se había enamorado.
Sí, aquello era Amor, y lo demás habían sido simples aventuras dignas de respeto o mención.
Sin embargo, tenía tanto miedo de volver a sufrir por aquel entonces, que ni siquiera se atrevía a imaginar qué pasaría cuando Esther, en cuerpo y alma, la envolviera con uno de aquellos abrazos inocentes del principio. Su cuerpo entero se lo gritaba. Su corazón le rogaba de rodillas no hacerle caso a aquellas aburridas e inútiles razones.
Y ella luchaba, ya sin fuerza apenas, porque el encanto de Esther era demasiado poderoso para poder resistirse a él.
- ( No. Es demasiado pronto. No podemos hacer una locura así. Ella no está segura....y ....está Andrés....ufff, Andrés,cuando pienso en ti... no quisiera estar en tu lugar por nada del mundo, aunque a veces lo he deseado con todas mis fuerzas.Porque tú la tienes cerca, cada vez que vuelves a casa. Puedes verla, puedes escucharla, puedes cuidarla. Aunque a veces...quizá te hayas preguntado por qué su mirada se pierde en el infinito, por qué parece ausente, como si realmente estuviera muy lejos de ti...)
M. sabía de sobras cúanto quería Esther a Andrés. Y se sentió muchas veces mal por ser parte involuntaria de su futuro dolor. Pero ella no podía hacer nada más que amar a Esther, sabiendo que el sentimiento no era algo solitario o descabellado, sino, más bien, muy compartido.
El pensamiento incendiario de Esther volaba al mismo tiempo hacia Sevilla, imaginando y deseando las mismas cosas que M.
Las dos lo sabían, pero ninguna de ellas era capaz de abandonarse al imperioso deseo de salir corriendo hacia el otro lado del mapa. Dejaron que el miedo, las excusas y los motivos racionales se impusieran a la verdad.
Especialmente al principio, M. le había dicho a Esther - cuánto tiempo, cuánto tiempo sin verte, sin poder estar junto a ti...no puedo, no sería capaz, yo necesito tener a la persona que quiero en el día a día, para compartirlo todo, para empaparme de ti, todos los días....y todas las noches. No lo soportaría....
Con el paso del tiempo, comprendió que, por ella, sería capaz de coger todos los viernes un avion al infierno y soportar lo que hiciera falta.
Recordó muchas veces aquella conversación y se maldijo a sí misma, sintiéndose, en gran parte, responsable de la respuesta de Esther. Con su egoísmo, más pendiente de aliviar su desesperación que de ayudar a Esther en aquella trabajera que las esperaba, no se lo había puesto nada, nada fácil.
Empezó a pensar que, si ella se lo pedía, vendería su casa y se iría a la Universidad de Alicante. Allí tenía algún contacto que podría ayudarla. Imaginó que su apartamento daría al mar. Que nunca se cansaría de ver las puestas de sol junto a ella. que podrían aprender a respetar sus respectivos días de negrura, sus frecuentes y explosivas salidas de tono, tan comunes a las dos.
Que juntas aprenderían a quererse más allá de obstaculos y penalidades varias.
Que todo sería posible porque, realmente, no imaginaba la vida sin ella.
Habían pasado años desde aquel día aciago. Pero ella aún seguía convencida de que estaba haciendo lo correcto. De que no debía darse por vencida porque estaban en juego su felicidad....y la de Esther.
Las margaritas...estaban ya casi mustias, había pasado mucho desde que llegaron del campo, un ejemplo más del paso implacable del tiempo.
Cuando no soportaba ver cómo se morían las flores, símbolo de vida y de felicidad, sentía ese impulso de reponerlas enseguida. De recuperar, al mismo tiempo, la libertad de una infancia al aire libre, llena de galopadas entre los bosques de pinos, o sorteando las espigas de trigo, donde le gustaba esconderse para mirar el cielo, sin que nadie la viera, pensando en las figuras que hacían las nubes, en las cosas que le decía su abuela, mientras sonaban las chicharras, los mirlos y los ejércitos de hormigas, procedentes del otro confín de la Tierra, en su caminar casi invisible.
El calor amenazaba nuevamente la lozanía de su rosa. Pero entonces ella la cambiaba de sitio, la metía en un espacio amplio que había conservado libre, despejado y luminoso, entre la marabunta de libros y recuerdos de viajes. Y la espolvoreaba de agua siempre que podía, en los descansos de las clases, para que conservara la frescura.
A veces le hablaba mentalmente, otras le decía guapa, como si pudiera oírla, pues, para M. seguía siendo aquella primera rosa que le había regalado a Esther.
Así al menos podía depositar en ella parte de ese Amor sofocado que nunca pudo expandirse, libre y feliz. Y cuidando su rosa, sentía que seguía cuidando a Esther, hablándole todos los días, como si ella fuera a recoger y transmitir (así lo creía M.) aquello que no dejaba de latir, de día y de noche.
Nadie podía entender aquel cuidado extremo que casi parecía rozar la obsesión. Pero para M. ese Amor se extendía al resto de sus plantas.
Aquellos días finales de abril estaba feliz porque había conseguido recuperar su vieja flor de pascua, casi muerta porque el agua de lluvia la había anegado.
Pero ella nunca la dio por perdida. Pensó que haría todo lo posible y que, quizá si la podaba entera, tendría fuerzas para renacer.
El día que asomaron dos tímidas y tiernas hojitas verdes, muy verdes, el corazón le dio un vuelco. Aquello le pareció una señal estupenda, un soplo de aire fresco y una ilusión más para seguir pensando que no estaba loca, que ella seguiría cuidándola con la misma pasión que cuidaba la memoria y el Amor por Esther a través de una rosa roja.
Era curioso de qué forma podía inspirarla la contemplación de las complejidades de su rosa:
- " Quizá, Amor, el centro de una rosa, con su remolino interno, nos diga que incluso la belleza tiene caminos laberínticos. Que por eso, debemos aceptar la vida, tal cual, con todo lo bueno, y todo lo malo. Y disfrutar justamente los regalos que nos depara “el destino”, en esos casi imperceptibles momentos de lo cotidiano, en los que la vorágine nos impide contemplar el azul de nuestros cielos mediterráneos; el canto de los pájaros al amanecer; los buenos días de un desconocido, los que están bien dichos, sin rutina y con sonrisa; la caricia ( física o mental, pues hay muchas clases de cariño) de las personas cercanas, la risa feliz de los niños. Tantas cosas que generalmente pasan de largo por nuestra conciencia, cuando vamos como autómatas diarios, resoplando a todas horas, quejosos, enfadados, absortos del mundo, devorados por el tiempo y sus estragos".
En aquella época, M. ya sospechaba que Esther seria su propio laberinto, pues podía ver mucho más allá de lo que ella apenas dejaba entrever, por mucho que sus esfuerzos por defenderse del mundo frívolo que la rodeaba trataran de proteger su vida más personal, más dolorosa, o más vulnerable.
Cuando había viajado a Alicante para asistir a sus exposiciones, siempre se las arreglaba para escaquearse del resto del mundo, incluso de la propia Esther.
Necesitaba quedarse unos momentos, minutos, quizá alguna hora perdida entre las ocupaciones de Esther y las suyas; a solas con el espectáculo sobrecogedor que provocaban sus obras, porque cuando contemplaba en silencio la gracia, la inteligencia y la perfección natural y espontánea de todo el ensamblaje, algo poderoso se le removía en lo más hondo. Las emociones se disparaban, mientras las lágrimas corrían silenciosas, felices, como raras veces le había sucedido a lo largo de su vida. A través de sus obras, M. veía, casi podía leer bajo la estructura de líneas serpenteantes, como si estuviera leyendo un libro que se abriera involuntariamente al simple roce de sus dedos.
Y, sobre todo, se empapaba del alma de Esther. Porque era como si ella, flotando en las superficies metálicas de cada montaje, le hablara, con sus propios guiños, con sus mismas palabras, en un tono especial que ella no había percibido hasta aquel momento de su vida.
Entonces llegaba a ese segundo paso de cualquier observación analítica de la obra de arte, procurando dejar a un lado los sentimientos crecientes que ya embargaban al espectador, como fruto de la mirada general.
Llegaba ese instante de lectura curiosa y minuciosa de la historia que relataban los storyboards. La emoción se prolongaba hacia la aparente dispersión del detalle. Hasta que, finalmente, los entresijos de todo el discurso creativo, volvían a reunirse, como las piezas de un rompecabezas o la deliciosa sutileza de un tiramisú perfectamente equilibrado.
M. cerraba los ojos y respiraba profunda y pausadamente ( al menos lo intentaba, en la medida que el corazón la dejaba).
Las paredes olián a nuevo, casi a pintura recien puesta; los materiales de la obra serían inodoros pero M. recordó cierta conversación con ella y sintió un escalofrío de placer, que le supo a fresas con chocolate, ácido-dulce-ácido. Contraste. Contradicción. Intensidad. Ráfagas de luz y de color.
Esta vez el aire entró rápido hasta el fondo de sus pulmones, atosigante, sin mesura alguna, tratando de frenar aquella oleada de calor sofocante y húmedo....
-ufff.....Amor, qué me haces....y, sobre todo.....dónde estás........por qué no estás aquí...toda enterita...que yo pueda verte, además de sentirte...
En instantes como aquel, cuando la sola presencia de Esther a través de sus instalaciones le removía todos y cada uno de sus esquemas de comportamiento objetivo, de precaución prudente, de "esperar y mirar" antes de cruzar...M. necesitaba pararse y volver a salir fuera. Tenía que sacudirse aquel deseo asfixiante por una mujer a la que, realmente, apenas conocía.
En ese punto sobre "el conocimiento", estaba prácticamente de acuerdo con Esther. Ciertamente, había parte de verdad en aquella sentencia popular: sólo se conoce a las personas en el día a día, donde , teóricamente, la cotidianeidad dejaría al aire cualquier posible trampa de poses ficticias o falsas apariencias; incluso tomando en consideración que, realmente hablaban de cosas ligeramente distintas.
Esther se refería a ese conjunto de comportamientos adquiridos que elegimos para vivir o sobrevivir lo mejor posible. Eso que otra gente llama "carácter".
M. iba más allá de todo eso, pues, poco a poco, cuando Esther se rendía al torrente de emociones que surgía en cada contacto, iba dejando caer, cada una de las capas que, cuidadosamente, envolvían sus más preciadas profundidades, como si le fueran retiradas con la más exquisita delicadeza, sin rozar apenas el resto del conjunto; en un proceso que maravillaba y aterrorizaba en grados parecidos a su destinataria y a la paciente profesora que la desnudaba, más y más, sin que ninguna de las dos pudiera hacer nada por impedirlo.... La vorágine incipiente de dos almas al comienzo de su enamoramiento. Rapidez, descontrol e incertidumbre frente a la magia de lo esencial.
Y, a pesar de todo y de todos, M. pasaba noches en vela, soñando despierta, anhelando, elucubrando, maquinando soluciones... y sabiendo, una vez más, por qué la gente consideraba maravillosas las prisiones de Amor.
Sin embargo, el pánico que sentía cuando aquel cúmulo de emociones se apoderaba de ella con semejante intensidad provocaba la urgencia de salir corriendo, de distanciarse lo máximo posible para mirarlo todo desde lejos.
No podía, no debía dejar que alguien, una desconocida que apareció un día, justo en aquella misma Sala, se apoderase, tan escandalosa y peligrosamente de su alma, pues, si algo tenía claro era el hecho de que la verdaderamente culpable de su estado era su mente, toda aquella amalgama de utopías e idealismos que tan fácilmente podía construir alrededor de ciertas personas, en los momentos más inesperados o absurdos.
Y cuando su cerebro era finalmente conquistado, el corazón lo seguía a galope tendido, sin frenos ni bozales que pudieran controlar los ímpetus de su carrera.
Pero aún se resistía a aceptar que, al fin, se había enamorado.
Sí, aquello era Amor, y lo demás habían sido simples aventuras dignas de respeto o mención.
Sin embargo, tenía tanto miedo de volver a sufrir por aquel entonces, que ni siquiera se atrevía a imaginar qué pasaría cuando Esther, en cuerpo y alma, la envolviera con uno de aquellos abrazos inocentes del principio. Su cuerpo entero se lo gritaba. Su corazón le rogaba de rodillas no hacerle caso a aquellas aburridas e inútiles razones.
Y ella luchaba, ya sin fuerza apenas, porque el encanto de Esther era demasiado poderoso para poder resistirse a él.
- ( No. Es demasiado pronto. No podemos hacer una locura así. Ella no está segura....y ....está Andrés....ufff, Andrés,cuando pienso en ti... no quisiera estar en tu lugar por nada del mundo, aunque a veces lo he deseado con todas mis fuerzas.Porque tú la tienes cerca, cada vez que vuelves a casa. Puedes verla, puedes escucharla, puedes cuidarla. Aunque a veces...quizá te hayas preguntado por qué su mirada se pierde en el infinito, por qué parece ausente, como si realmente estuviera muy lejos de ti...)
M. sabía de sobras cúanto quería Esther a Andrés. Y se sentió muchas veces mal por ser parte involuntaria de su futuro dolor. Pero ella no podía hacer nada más que amar a Esther, sabiendo que el sentimiento no era algo solitario o descabellado, sino, más bien, muy compartido.
El pensamiento incendiario de Esther volaba al mismo tiempo hacia Sevilla, imaginando y deseando las mismas cosas que M.
Las dos lo sabían, pero ninguna de ellas era capaz de abandonarse al imperioso deseo de salir corriendo hacia el otro lado del mapa. Dejaron que el miedo, las excusas y los motivos racionales se impusieran a la verdad.
Especialmente al principio, M. le había dicho a Esther - cuánto tiempo, cuánto tiempo sin verte, sin poder estar junto a ti...no puedo, no sería capaz, yo necesito tener a la persona que quiero en el día a día, para compartirlo todo, para empaparme de ti, todos los días....y todas las noches. No lo soportaría....
Con el paso del tiempo, comprendió que, por ella, sería capaz de coger todos los viernes un avion al infierno y soportar lo que hiciera falta.
Recordó muchas veces aquella conversación y se maldijo a sí misma, sintiéndose, en gran parte, responsable de la respuesta de Esther. Con su egoísmo, más pendiente de aliviar su desesperación que de ayudar a Esther en aquella trabajera que las esperaba, no se lo había puesto nada, nada fácil.
Empezó a pensar que, si ella se lo pedía, vendería su casa y se iría a la Universidad de Alicante. Allí tenía algún contacto que podría ayudarla. Imaginó que su apartamento daría al mar. Que nunca se cansaría de ver las puestas de sol junto a ella. que podrían aprender a respetar sus respectivos días de negrura, sus frecuentes y explosivas salidas de tono, tan comunes a las dos.
Que juntas aprenderían a quererse más allá de obstaculos y penalidades varias.
Que todo sería posible porque, realmente, no imaginaba la vida sin ella.
Habían pasado años desde aquel día aciago. Pero ella aún seguía convencida de que estaba haciendo lo correcto. De que no debía darse por vencida porque estaban en juego su felicidad....y la de Esther.
"(...) Quizá ( la magia de Beethoven) reside en el hecho de que dentro del hombre había un niño que nunca creció, sino que permaneció, hasta el final de su vida, como una criatura llena de gracia, inocencia y confianza, incluso en sus momentos de mayor desesperación. Y ese espíritu de inocencia nos habla de esperanza, futuro e inmortalidad. Por eso amamos su música ahora, más que nunca, en este época de agonía del mundo, sin esperanza, sin ayuda. Amamos su música porque la necesitamos; por muy desesperados que podamos estar no podemos escuchar esta 9ª sinfonía sin un cambio, sin emerger más ricos y más valientes. Y para el hombre que le dio al mundo todo esto, ningún honor puede ser suficiente, ninguna celebración lo suficientemente llena de alegría, pues casi celebramos el nacimiento de la música en sí misma" ( Leonard Berstein )
Nota: la siguiente grabación tiene más de 20 años y el sonido no está nada bien. Pero merece escuchar este fragmento de la novena, mejor con los casquitos para evitar cualesquiera interferencias, para dejarse hipnotizar por la interpretación de Berstein y recuperar, si fuera posible, la grabación original, que seguro anda por ahí, disponible, sin demasiado gasto. Beethoven, el hombre, su música...la eternidad de su mensaje, con todo aquello que transmite, lo merecen. Que aproveche.
Freude, schöner Götterfunken
Tochter aus Elysium,
Wir betreten feuertrunken,
Himmlische, dein Heiligtum.
Deine Zauber binden wieder,
Was die Mode streng geteilt;
Alle Menschen werden Brüder,
Wo dein sanfter Flügel weilt.
Chor
Wem der große Wurf gelungen,
Eines Freundes Freund zu sein,
Wer ein holdes Weib errungen,
Mische seinen Jubel ein!
Ja, wer auch nur eine Seele
Sein nennt auf dem Erdenrund!
Und wer´s nie gekonnt, der stehle
Weinend sich aus diesem Bund!
Chor
Freude trinken alle Wesen
An den Brüsten der Natur,
Alle Guten, alle Bösen
Folgen ihrer Rosenspur.
Küsse gab sie uns und Reben,
Einen Freund, geprüft im Tod.
Wollust ward dem Wurm gegeben,
Und der Cherub steht vor Gott.
Froh, wie seine Sonnen fliegen
Durch des Himmels prächtgen Plan,
Laufet, Brüder, eure Bahn,
Freudig wie ein Held zum Siegen.
Seid umschlungen, Millionen!
Diesen Kuss der ganzen Welt!
Brüder - überm Sternenzelt
Muss ein lieber Vater wohnen.
Ihr stürzt nieder, Millionen?
Ahnest du den Schöpfer, Welt?
Such ihn überm Sternenzelt,
Über Sternen muss er wohnen.
(Extracto del texto original de Friedrich von Schiller)
Alegría, Luz Divina,
del Elíseo dulce lar,
inflamados alleguemos
Diosa, a tu celeste altar.
Une otra vez tu hechizo
a quienes separó el rigor.
Fraterniza el orbe entero
de tus alas al calor.
Coro
A quien el azar ha dado
la verdadera amistad,
quien consorte dulce halla,
ha sin par felicidad.
En la redondez terrena
suya un alma invocar!
A quien no le fuera dado
sumiríase en pesar!
Coro
En el seno de Natura
alegría liba el ser,
su florida vía sigue
males, bienes, por doquier.
Besos, vides, fiel amigo
hasta el morir nos dio;
el deleite, a los gusanos;
y al querube, un gran Dios.
Cual los soles en su vía
magna, juntos! oh! marchad!
y como héroes disfrutad
dicha, triunfos y felicidad!
Abrazaos, oh! millones!
Beso de la Humanidad!
Brinda celestial bondad
Padre a tu séquito sin par
Os postráis, oh! juntos
Ante el Creador Eterno
Busca en el azur, y reina
Sobre el plano etéreo

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