El 20 minutos de hoy dice que 6 de cada 10 españoles, el 62 %, se mudaría a vivir y trabajar en otra ciudad por amor. Y que el porcentaje es mayor entre ellas que entre ellos.
Me gusta la estadística. Parece que somos un país más romántico e idealista que prácticamente acomodado y/o cobarde.
Los que anteponen la comodidad de la vida establecida, la facilidad de las rutinas o el miedo a la incertidumbre y el desasosiego, previsibles, en un cierto porcentaje, ante lo desconocido de cualquier situación nueva, son, afortunadamente, menos numerosos, pero sólo por un punto, la mitad más uno.
A partir de aquí lo interesante sería conocer cuáles son las motivaciones, no sólo de los “miedicas”, por resumir en una sola palabra arriesgada, sino de los “románticos emprendedores”.
Aunque todos podamos presuponer que éstos son aquellos que tienen la cabeza llena de pajaritos rosas, utopías casi infundadas, o fantasiosos mundos de pasión desmedida junto a es@ persona maravillosa; no todo se puede dar por hecho.
A veces, nos encontramos con gente aventurera, a la que le gusta cambiar. En otros casos, la gente que se lanza a la piscina porque su vida actual no le satisface y piensa que no estará peor que está, ofreciendo al inocente espectador ese motivo absolutamente romántico, por cierto muy bien visto socialmente. Y es que la típica frase, “lo dejó todo por amor”, suele levantar grandes expresiones de admiración y casi devoción allá donde se pronuncia. Por supuesto, en otros casos, nos encontramos con ese espécimen lleno de valentía, con ese arrojo, casi suicida, o fiel convencimiento en la bondad, no sólo del amad@, sino de los intrincados desarrollos de las relaciones amorosas a lo largo del tiempo. Son los optimistas natos.Para ellos la vida es una cuestión de tomarlo o dejarlo, en ese momento. Su determinación es admirable y digna de emulación, porque tiene mucho de esa inocencia atrevida que casi todos dejamos atrás con el paso a la madurez.
Y qué decir de la otra cara de la moneda? Pues muchas cosas, porque la vida tampoco es dos y dos, cuatro.
Posiblemente, la falta de convencimiento en esa persona o relación que nos encandila, el miedo al futuro, el miedo a la propia valía, a no ser capaz de amar ni de ser amados, no porque sea lejos del ambiente conocido, sino porque precisamente eso es lo que sienten en su vida cotidiana actual. Y entonces llegaría esa pregunta tan lógica que, desde fuera, os estáis haciendo ahora mismo: “ ¿ por qué no probar fuera de casa si da igual aquí que allí? ¿ Por qué desperdiciar la oportunidad de vivir el amor de tu vida? “. Pues la respuesta vuelve a ser compleja. Pero el motivo fundamental, el miedo, se disfraza de varias frases prototípicas, fácilmente comprensibles: “ aquí tengo una vida, peor o mejor, pero tengo el apoyo familiar, el de algún amig@, conozco los lugares para comprar el pan, la leche, el bonobús. Los vecinos me saludan. Tengo un trabajo que no me hace mucha gracia pero, bueno, voy tirando. Y todo me resulta agradablemente familiar. Eso me da seguridad, algo de seguridad para sentir que tengo las cosas controladas, que no tengo por qué tener tanto miedo del mañana.”.
A veces, estos argumentos, los del pesimista y/o conservador, se configuran como las armas de nuestro propio suicidio espiritual, pues los convertimos en precipicios insalvables que anquilosan nuestro crecimiento o progreso en el devenir de la propia vida. Nos aferramos a esa orilla conocida porque cambiar de domicilio se convierte, en nuestro subjetivo y atemorizado pensamiento, en una especie de salto al vacío que podría llevarnos a…..a dónde, ¿ a “equivocarme”? ¿ “a dejarlo todo para nada? ¿ "a volver a sufrir" ?....son las clásicas preguntas del cobarde, aquel que nunca da el paso “por si acaso” y permanece siempre en el mismo sitio hasta que las edades del tiempo lo llevan a la tumba.
Nos aferramos a cariños o afectos, realmente insuficientes para lo que esperamos o deseamos del Amor. Y en ese apego, consciente o inconsciente, a las propias cadenas creemos que es mejor vivir así, en permanente infelicidad, mientras anhelamos, recordamos o fantaseamos con otras personas que nos recuerdan ese amor rechazado, esa peligrosa, magnética fuente de maravillas, pero tan lejana….para quedarnos en la frustración del “mejor malo conocido que bueno por conocer, por si acaso".
Y es que suele ocurrir que, incluso cuando nos llega ese momento de salir de casa de papá y mamá, debemos dar el paso hacia la propia independencia.
Cualquier cambio físico necesita de un cambio, primero espiritual. Por eso está claro, que no son los espacios o lugares los que nos amarran, somos nosotros mismos los que nos aposentamos en esa cultura del sofá que tanto nos cuesta abandonar.
La palabra movimiento siempre ha sido sinónimo de cambio, de transformación y de renovación o revolución. Vuelan las hojas del árbol para dar paso a la regeneración interna y al esplendoroso nacimiento de nueva vida con mil formas, mil olores, mil sabores.
A veces, cuando somos incapaces de movernos internamente, de evolucionar de forma natural al paso de los años, el cambio físico puede convertirse en un estupendo aliado. Pues todo nos impulsa al movimiento, “por narices”. Hay que redescubrir dónde comprar pan y leche. Dónde el bonobús. Cómo son los vecinos nuevos, sobre todo, esa chica tan simpática, a ver si nos hacemos amigas.. y dónde hay un parque para ver las flores o un carril bici para pasearnos sin humos. Todo, incluso el aire de la ciudad nueva, nos invita al descubrimiento. Y ese choque constante de lo nuevo hace que nos conozcamos mejor a nosotr@s mism@s, por pura comparación.
El apego indestructible de mucha gente por su tierra no es otro que la necesidad de sentirnos emocionalmente unidos a unas memorias, unas experiencias en tales o cuales lugares, con estos o aquellos amigos. Pero ningún apego debe ser esgrimido como freno para eludir las maravillas del Amor verdadero cuando lo sentimos, clara e intensamente rebosando por todos los poros del alma. El miedo a la separación de nuestros orìgenes es un miedo infantil a soltar los bastones paternos. Un miedo sin fundamento, porque, sea como sea, siempre seremos nosotr@s mism@s, con toda esa memoria de la que estamos hechos, allá dónde vayamos.
Y cuando soltamos amarras y el rumbo no se aparece bien definido, lo mejor resulta ser esa otra travesía paralela que se inicia, la del viaje interior, con todas las sorpresas y emociones de tan apasionante aventura.
A no ser que el miedo real sea el de ser felices. El miedo al compromiso de amar y ser amad@s, que, desde luego, aparte de ofrecer la felicidad, no es cualquier cosa, pues nos obliga a ser maduros, a responder a la otra persona con todo lo que somos, y no somos. Es el miedo al fracaso, el miedo a no poder o no saber. De nuevo, la inseguridad personal. En este caso, hay que buscar toda la ayuda especializada y escuchar todos los demás ofrecimientos de ayuda que nos hacen los demás. Y, sobre todo, hay que tomar la decisión de buscar la felicidad, pues nadie más puede hacer eso en nuestro propio lugar.
A veces, en estas situaciones, tenemos la suerte de contar con esa persona mágica que la vida nos puso delante para ayudarnos a vivir en todos los sentidos. Alguien que te hace la siguiente proposición, que os transmito a vosotr@s, lector@s anonym@s en forma de pregunta , quizá algo extensa, pero necesaria, porque quizá vuestras respuestas nos ayuden a entender mejor los porqués de ciertos comportamientos humanos, esos que habitan en una de las dos mitades de la encuesta, y en la que cada un@ de nosotr@s se autocolocará con mayor o menor decisión.
Qué haríais si alguien que está profunda, intensa e irremediablemente enamorad@ de vuestra alma os hiciera la siguiente propuesta amistosa ( ese alguien nunca os haría otro tipo de proposición más contundente porque conociendo tan bien el pánico que os frena sólo quiere ofreceros esa primera oportunidad, sin asustaros aun más de lo que ya lo estáis; en verde y en corchetes lo que pensaría pero no se atrevería a decir la primera vez ):
" Vente a casa, mi casa será tu casa, deja esa vida que te asfixia y ten el valor de cambiar de aires, un mes, dos meses, un año....el tiempo que necesitaras para descrubrirte a ti mism@. De camino, podríamos conocernos en el día a día, disfrutaríamos y padeceríamos nuestros mutuos cambios de humor; descubriríamos esos pequeños, particulares tics de cada día, la forma de la mirada concentrada o la sonrisa repentina. Nuestra amistad se reforzaría ...[o se quedaría completamente invadida por el Amor ]. Ni siquiera tendrías que preocuparte por el trabajo. Ya encontrarías otro, o no. No te preocupes, que no te iba a faltar de nada. Y tendrías tu rinconcito de paz y remanso, para poder refugiarte del resto del mundo, incluída@ yo mism@, que sé cuánta falta nos hace esa desconexión. Vente a conocer esta ciudad que tantas veces has soñado. Pero no dejes que el miedo te paralice en esa negrura de infelicidad. Sabes que siempre estaré a tu lado, pase lo que pase. Lo sabes porque me conoces, como te conozco yo. La oferta sigue en pie. No la tires, de nuevo, por la borda, como si fuera algo imposible. Porque sólo necesitas una ventana desde la que poder mirar las estrellas. Ellas serán tu guía en el camino, y ya no necesitarás andar por las calles de siempre;..[..pues cuando duermes junto al amor de tu vida, todo lo demás resulta tan accesorio y superfluo que no admite discusión.] No te engañes. No te niegues. Lánzate al vacío, que la red está esperándote debajo. Pero sal de ahí, de una vez, hazlo por ti, [ hazlo por mí...]
Mira, encanto, ésta es la foto que veríamos junt@s desde cualquier lugar, cualquier ciudad, cualquier paisaje marino que nos acogiera.¿ ves toda esa energía que fluye y que se mueve, que vibra lejana, brillante y luminosa, como si nos hiciera una señal? así será nuestra vida, porque, aunque llegaran nubes pasajeras, junt@s seguiríamos viendo estrellas."
Me gusta la estadística. Parece que somos un país más romántico e idealista que prácticamente acomodado y/o cobarde.
Los que anteponen la comodidad de la vida establecida, la facilidad de las rutinas o el miedo a la incertidumbre y el desasosiego, previsibles, en un cierto porcentaje, ante lo desconocido de cualquier situación nueva, son, afortunadamente, menos numerosos, pero sólo por un punto, la mitad más uno.
A partir de aquí lo interesante sería conocer cuáles son las motivaciones, no sólo de los “miedicas”, por resumir en una sola palabra arriesgada, sino de los “románticos emprendedores”.
Aunque todos podamos presuponer que éstos son aquellos que tienen la cabeza llena de pajaritos rosas, utopías casi infundadas, o fantasiosos mundos de pasión desmedida junto a es@ persona maravillosa; no todo se puede dar por hecho.
A veces, nos encontramos con gente aventurera, a la que le gusta cambiar. En otros casos, la gente que se lanza a la piscina porque su vida actual no le satisface y piensa que no estará peor que está, ofreciendo al inocente espectador ese motivo absolutamente romántico, por cierto muy bien visto socialmente. Y es que la típica frase, “lo dejó todo por amor”, suele levantar grandes expresiones de admiración y casi devoción allá donde se pronuncia. Por supuesto, en otros casos, nos encontramos con ese espécimen lleno de valentía, con ese arrojo, casi suicida, o fiel convencimiento en la bondad, no sólo del amad@, sino de los intrincados desarrollos de las relaciones amorosas a lo largo del tiempo. Son los optimistas natos.Para ellos la vida es una cuestión de tomarlo o dejarlo, en ese momento. Su determinación es admirable y digna de emulación, porque tiene mucho de esa inocencia atrevida que casi todos dejamos atrás con el paso a la madurez.
Y qué decir de la otra cara de la moneda? Pues muchas cosas, porque la vida tampoco es dos y dos, cuatro.
Posiblemente, la falta de convencimiento en esa persona o relación que nos encandila, el miedo al futuro, el miedo a la propia valía, a no ser capaz de amar ni de ser amados, no porque sea lejos del ambiente conocido, sino porque precisamente eso es lo que sienten en su vida cotidiana actual. Y entonces llegaría esa pregunta tan lógica que, desde fuera, os estáis haciendo ahora mismo: “ ¿ por qué no probar fuera de casa si da igual aquí que allí? ¿ Por qué desperdiciar la oportunidad de vivir el amor de tu vida? “. Pues la respuesta vuelve a ser compleja. Pero el motivo fundamental, el miedo, se disfraza de varias frases prototípicas, fácilmente comprensibles: “ aquí tengo una vida, peor o mejor, pero tengo el apoyo familiar, el de algún amig@, conozco los lugares para comprar el pan, la leche, el bonobús. Los vecinos me saludan. Tengo un trabajo que no me hace mucha gracia pero, bueno, voy tirando. Y todo me resulta agradablemente familiar. Eso me da seguridad, algo de seguridad para sentir que tengo las cosas controladas, que no tengo por qué tener tanto miedo del mañana.”.
A veces, estos argumentos, los del pesimista y/o conservador, se configuran como las armas de nuestro propio suicidio espiritual, pues los convertimos en precipicios insalvables que anquilosan nuestro crecimiento o progreso en el devenir de la propia vida. Nos aferramos a esa orilla conocida porque cambiar de domicilio se convierte, en nuestro subjetivo y atemorizado pensamiento, en una especie de salto al vacío que podría llevarnos a…..a dónde, ¿ a “equivocarme”? ¿ “a dejarlo todo para nada? ¿ "a volver a sufrir" ?....son las clásicas preguntas del cobarde, aquel que nunca da el paso “por si acaso” y permanece siempre en el mismo sitio hasta que las edades del tiempo lo llevan a la tumba.
Nos aferramos a cariños o afectos, realmente insuficientes para lo que esperamos o deseamos del Amor. Y en ese apego, consciente o inconsciente, a las propias cadenas creemos que es mejor vivir así, en permanente infelicidad, mientras anhelamos, recordamos o fantaseamos con otras personas que nos recuerdan ese amor rechazado, esa peligrosa, magnética fuente de maravillas, pero tan lejana….para quedarnos en la frustración del “mejor malo conocido que bueno por conocer, por si acaso".
Y es que suele ocurrir que, incluso cuando nos llega ese momento de salir de casa de papá y mamá, debemos dar el paso hacia la propia independencia.
Cualquier cambio físico necesita de un cambio, primero espiritual. Por eso está claro, que no son los espacios o lugares los que nos amarran, somos nosotros mismos los que nos aposentamos en esa cultura del sofá que tanto nos cuesta abandonar.
La palabra movimiento siempre ha sido sinónimo de cambio, de transformación y de renovación o revolución. Vuelan las hojas del árbol para dar paso a la regeneración interna y al esplendoroso nacimiento de nueva vida con mil formas, mil olores, mil sabores.
A veces, cuando somos incapaces de movernos internamente, de evolucionar de forma natural al paso de los años, el cambio físico puede convertirse en un estupendo aliado. Pues todo nos impulsa al movimiento, “por narices”. Hay que redescubrir dónde comprar pan y leche. Dónde el bonobús. Cómo son los vecinos nuevos, sobre todo, esa chica tan simpática, a ver si nos hacemos amigas.. y dónde hay un parque para ver las flores o un carril bici para pasearnos sin humos. Todo, incluso el aire de la ciudad nueva, nos invita al descubrimiento. Y ese choque constante de lo nuevo hace que nos conozcamos mejor a nosotr@s mism@s, por pura comparación.
El apego indestructible de mucha gente por su tierra no es otro que la necesidad de sentirnos emocionalmente unidos a unas memorias, unas experiencias en tales o cuales lugares, con estos o aquellos amigos. Pero ningún apego debe ser esgrimido como freno para eludir las maravillas del Amor verdadero cuando lo sentimos, clara e intensamente rebosando por todos los poros del alma. El miedo a la separación de nuestros orìgenes es un miedo infantil a soltar los bastones paternos. Un miedo sin fundamento, porque, sea como sea, siempre seremos nosotr@s mism@s, con toda esa memoria de la que estamos hechos, allá dónde vayamos.
Y cuando soltamos amarras y el rumbo no se aparece bien definido, lo mejor resulta ser esa otra travesía paralela que se inicia, la del viaje interior, con todas las sorpresas y emociones de tan apasionante aventura.
A no ser que el miedo real sea el de ser felices. El miedo al compromiso de amar y ser amad@s, que, desde luego, aparte de ofrecer la felicidad, no es cualquier cosa, pues nos obliga a ser maduros, a responder a la otra persona con todo lo que somos, y no somos. Es el miedo al fracaso, el miedo a no poder o no saber. De nuevo, la inseguridad personal. En este caso, hay que buscar toda la ayuda especializada y escuchar todos los demás ofrecimientos de ayuda que nos hacen los demás. Y, sobre todo, hay que tomar la decisión de buscar la felicidad, pues nadie más puede hacer eso en nuestro propio lugar.
A veces, en estas situaciones, tenemos la suerte de contar con esa persona mágica que la vida nos puso delante para ayudarnos a vivir en todos los sentidos. Alguien que te hace la siguiente proposición, que os transmito a vosotr@s, lector@s anonym@s en forma de pregunta , quizá algo extensa, pero necesaria, porque quizá vuestras respuestas nos ayuden a entender mejor los porqués de ciertos comportamientos humanos, esos que habitan en una de las dos mitades de la encuesta, y en la que cada un@ de nosotr@s se autocolocará con mayor o menor decisión.
Qué haríais si alguien que está profunda, intensa e irremediablemente enamorad@ de vuestra alma os hiciera la siguiente propuesta amistosa ( ese alguien nunca os haría otro tipo de proposición más contundente porque conociendo tan bien el pánico que os frena sólo quiere ofreceros esa primera oportunidad, sin asustaros aun más de lo que ya lo estáis; en verde y en corchetes lo que pensaría pero no se atrevería a decir la primera vez ):
" Vente a casa, mi casa será tu casa, deja esa vida que te asfixia y ten el valor de cambiar de aires, un mes, dos meses, un año....el tiempo que necesitaras para descrubrirte a ti mism@. De camino, podríamos conocernos en el día a día, disfrutaríamos y padeceríamos nuestros mutuos cambios de humor; descubriríamos esos pequeños, particulares tics de cada día, la forma de la mirada concentrada o la sonrisa repentina. Nuestra amistad se reforzaría ...[o se quedaría completamente invadida por el Amor ]. Ni siquiera tendrías que preocuparte por el trabajo. Ya encontrarías otro, o no. No te preocupes, que no te iba a faltar de nada. Y tendrías tu rinconcito de paz y remanso, para poder refugiarte del resto del mundo, incluída@ yo mism@, que sé cuánta falta nos hace esa desconexión. Vente a conocer esta ciudad que tantas veces has soñado. Pero no dejes que el miedo te paralice en esa negrura de infelicidad. Sabes que siempre estaré a tu lado, pase lo que pase. Lo sabes porque me conoces, como te conozco yo. La oferta sigue en pie. No la tires, de nuevo, por la borda, como si fuera algo imposible. Porque sólo necesitas una ventana desde la que poder mirar las estrellas. Ellas serán tu guía en el camino, y ya no necesitarás andar por las calles de siempre;..[..pues cuando duermes junto al amor de tu vida, todo lo demás resulta tan accesorio y superfluo que no admite discusión.] No te engañes. No te niegues. Lánzate al vacío, que la red está esperándote debajo. Pero sal de ahí, de una vez, hazlo por ti, [ hazlo por mí...]
Mira, encanto, ésta es la foto que veríamos junt@s desde cualquier lugar, cualquier ciudad, cualquier paisaje marino que nos acogiera.¿ ves toda esa energía que fluye y que se mueve, que vibra lejana, brillante y luminosa, como si nos hiciera una señal? así será nuestra vida, porque, aunque llegaran nubes pasajeras, junt@s seguiríamos viendo estrellas."

P.D. Espero haber contribuído con esta parrafada a despejar cualquiera de esas dudas que nos asaltan sobre la conveniencia de optar, si se presentara el dilema, por uno u otro lado de la estadística.

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Pues nada yo me lance y ya sabes ke deje todo,asi ke animo a experimentar esta experiencia,eso no si no es nada facil ehhhhhhh.
ResponderEliminarfan-ole
hola chica, qué tal. Felicidades por ser tan valiente. Pero, sobre todo, felicidades a tu amante, porque es afortunado.
ResponderEliminarY a ver si tod@s tomamos ejemplo y somos capaces de hacer lo mismo que tú.
Saluditos y expresiones
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