sábado, 13 de marzo de 2010

Mensaje en una botella busca a su destinataria ( XI)

Guapísima, cómo estás, qué haces, dónde estás y, sobre todo, cuéntame por qué sigues vagando, sin rumbo definido, por esos mundos lejanos que tú consideras algo personal.
Hoy, en este caminar tempranero, he cruzado el río, como casi todos los días de mi vida. Ahora que ya la luz comienza antes y empezamos a acercarnos a ese progreso que suponen las estaciones, hacia el máximo de visibilidad.
El paisaje, tan literario o tan artístico, tan lleno de recuerdos o sensaciones, llega hasta el final de la lejanía, y, de la misma manera, llega hasta el fondo del corazón.
Los colores invaden los misteriosos pliegues de la memoria y, rápida, febrilmente, surgen fragmentos de música, de sonrisas o, incluso de olvidadas regatas multicolores.
Personajes, momentos y fechas, asentados como pequeños archivos de historia, conforman ese conglomerado que, asombroso, constituye la vida de cada persona.
Hay paisajes tan fundamentales para cada un@ de nosotr@s que sólo una leve contemplación, al paso rápido de cada día, provoca la sensación positiva de lo conocido. Hay “calidez”, hay “reconocimiento” y “familiaridad”, hay “hogar”, “casa” o “esencias”.
En definitiva el conjunto resulta operar como un poderoso transmisor de energía positiva que nos renueva, casi inconscientemente, quizá porque asociamos ciertas imágenes a las más potentes emociones.
Todo recobra un cierto sentido, más allá de cotidianas limitaciones (penas, obstáculos, rémoras del Amor…).
Me cruzo o me encuentro con la misma gente de todos-los días-a la misma hora, y, se me ocurre, con una repentina sonrisa feliz, ¿podría encontrarme algún día contigo, así, de pronto, como la mejor de las sorpresas, para hacer reales nuestros sueños? Quizá parecieras otra persona por fuera. Pero estoy segura de que te reconocería; tu mirada me arrastraría sobre mis pasos, como si todo mi rumbo se volviera del revés, siguiendo la estela de tus ojos.
Todas esas palabras adivinadas que tú pronuncias con ojos casi inocentes....se colarían, en silenciosa transmisión, por las rendijas secretas, para ser, de nuevo, el mar de tus tempestades.
Al fondo, la torre sigue impertérrita, llena de toda su gracia, como si nuestros pequeños acontecimientos no fueran con ella.
Alguien dijo que necesitábamos referentes físicos…¿seguro? Quizá sean los recuerdos que nos dejó la felicidad nuestras más preciadas señales, en el laberinto de los azules.
El cielo, nuestro cielo, vuelve a anunciar lluvia, como si ya no supiéramos lo que es una sequía.
Siempre pensé que esta visión, tan diaria, tan mía y tan tuya, sería lo primero que te enseñaría cuando volvieras.
Te imagino. Imagino que estamos en la baranda, mirando al horizonte, como si esperásemos los galeones de Indias, ya a la caída de la tarde. A la derecha, la hilera de casas sencillas, casi de otro mundo, sin un solo bloque moderno.
Estamos en silencio (sí, jajaja, eso he dicho, aunque tú no te lo creas….). Al fondo, llega el habitual barco de turistas, rompiendo el sonido de los patos. Pero eso da igual. Estamos allí, disfrutando la escena.
Entonces nos miramos. Tú estás seria, casi diríase que enfadada contigo misma, porque has tardado demasiado en decidirte.

"- Nunca me dijiste que todo sería tan sencillo”

“-Tú nunca quisiste ser valiente para poder escucharlo. Pero no te preocupes más. No sufras por el pasado. Por fin estás aquí y eso es lo que de verdad importa. ¿tú no sabes ya, encanto, que, al final, siempre terminamos haciendo lo que llevamos en el corazón? yo sabía que reaccionarías, que no te dejarías vencer por tus famosas prisiones.”

Llego a la otra orilla, después de toda una eternidad, porque todo permanece igual.
El sueño se ha ido, pero tú sigues aquí, conmigo, cual si fueras película instantánea que inunda cada rincón del sentimiento.
Vuelvo a pensarte, a recordarte, a respirarte en el aire de primavera..... Te echo de menos, como si no hubieran pasado los milenios de tu ausencia.
Y parece que no hay nada que pueda hacer por evitarlo porque cada cosa que aprendo, cada nuevo sabor o cada nuevo dato revelado por la cotidianeidad, me devuelve un solo pensamiento: “tengo que escribirlo para que no se me olvide, seguro que le encanta”.

El mundo cotidiano, ese lugar oscuro que se ilumina y se apaga, como cada día, automática, cansinamente... me recuerda tus sonrisas y tus lágrimas, tus batallitas cotidianas, tus sorpresas repentinas...todo, todo me recuerda tu alma y eso me hace alcanzar parte de la felicidad, una solitaria e incompleta parte que sólo respira para volver a ser entera.
Cuando recojas este mensaje, mira un solo instante al mar, nuestro mar...
Y volverás a sentir, Amor, todo lo que ya sabes.

El sur, marzo de 2010.





Marcello: Concierto para oboe y cuerda. Adagio

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