viernes, 17 de abril de 2009

Esperanzas ( II )

La primera noticia del día, la que he visto en los periódicos gratis, la que más me ha llamado la atención, ha sido ver la sonrisa de quien vuelve a intentar recuperar su vida: "Jesús Neira sale del hospital".
"Emoción profunda, gran alegría y faros de esperanza" definen, de forma pobre todo ese remolino de cosas que me recorren cuando, asombrada, vuelvo a recordar y a confirmar que, entre las simas de la barbarie de ésta, nuestra sociedad enferma, todavía hay sitio para la gente buena, en el más verdadero de sus sentidos.
Quien, además de creer y pregonar su defensa de un mundo más feliz, se atreve a poner en práctica esos valores, sin tener en cuenta el miedo a las consecuencias de su arrojo, merece, en esta tierra que nos sostiene, donde, muchas,demasiadas veces a lo largo de nuestra cotidianeidad tenemos la sensación de que palabras como bondad o justicia apenas se suceden; merece nuestra màs rendida admiración, nuestro más intenso agradecimiento, ya no por el hecho en sí, que es toda una proeza de heroicidad, sino porque nos hace replantearnos tantas cosas que debemos mejorar entre tod@s, pasito a pasito.
Quien nos recuerda que todavía podemos aspirar a ese mundo feliz, casi utópico, quien nos enseña que sí es posible, aunque quizá no volviera a repetir el intento, porque ningun@ de nosotr@s quiere morirse como un héroe; quien nos ayuda con tamaño gesto a recuperar perdidas ilusiones y fuerzas para seguir un ejemplo de semejante calibre, bueno, alguien así, al menos para mí, merece la típica estatua o placa que diga "aquí nació quien se atrevío a luchar por sus ideales", en el lugar de los que ganaron guerras absurdas o reinaron en tal o cual momento.
No tenemos más que pensar cuál habría sido nuestra reacción ante la misma circunstancia. Pues pocos tendríamos ese valor que, en ningún momento, creo que fuera insensato.
Hay, al menos, dos clases de valor: el impulsivo y el pensado. Para el primero, que surge de la visceralidad de la persona buena, que actúa tal como le sale, sin pensárselo ni un segundo, un aplauso incondicional. Para el segundo, que surge del más férreo convencimiento y la voluntad más clara, independientemente de que el individuo sea o no valiente, una cerrada ovación con bravos. Pues los más valientes no son los que van en primera línea, sino, los que a pesar de su miedo, permanecen en la retaguardia cuando la vanguardia ha caído.
Naturalmente no sé cuál será el caso de nuestro estimado profesor, pero, sea como sea, para mí tiene un valor incalculable en estos tiempos que corren.
Con todo el entusiasmo, ¡¡¡ Mil gracias, Jesús !!!! Y ponte bien, porque bueno ya lo eres con creces.


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