Particularmente pienso que entre las cualidades de los buenos escritores está, precisamente, la capacidad de trasladar al lector hacia los dilemas e interrogantes que plantea a sus personajes a lo largo de unas y otras páginas.
Si además, las preguntas que surgen están hablando de la vida misma, la de cualquiera de nosotr@s, entonces resulta especialmente interesante detenerse en cuestiones que hablan de las distintas motivaciones internas de la gente, en forma de personajes que parecen estar tan viv@s como l@s propi@s lector@s.
Lo bueno de plantear preguntas que se quedan sin respuesta, aparentemente, consiste en que cumplen, al menos, tres finalidades claras:
1.- Aumentar la emoción o la intriga de la trama ( qué dirá, cuándo y cómo lo dirá )
2.- Involucrar al lector en la historia haciéndolo partícipe de dichas preguntas.( ¿ hay alguien que no las haya respondido ya en casa ?... )
3.- Mejorar la historia teniendo en cuenta que, de acuerdo a las caracteres de los personajes, lo más probable es que no sean sus cuestionamientos internos, en forma de diálogos del relato, los que otorguen la respuesta o respuestas, sino el propio discurrir de la trama; para lo cual los hechos de dichos personajes deberán ser lo suficientemente explícitos; y con ellos aparecerán cristalinas sus respuestas ante preguntas de este estilo.
En el relato visceral son mayoritariamente los hechos los que definen al personaje, más que sus palabras o sus pensamientos, exactamente igual que puede ocurrir en la vida real.
Hasta ahora, visto desde fuera, los hechos nos indican a tod@s respuestas meridianas y contundentes, pues la opinión externa sobre la vida de l@s otr@s resulta tan fácil de adoptar como arriesgadas son las conclusiones o juicios que hacemos guiados por la apariencia que demuestran los personajes; pues es lo mismo que hacemos con las personas, generalmente.
Si antes comentaba el para qué, ¿ nos fijamos en el por qué ? ¿ por qué dejar las preguntas sin respuesta ?
Bueno, en primer lugar, y de acuerdo a experiencias propias o ajenas, a pesar de que nos dejemos arrastrar por pasiones o impulsos, no siempre tenemos claro lo que sentimos. Lo sentimos pero no lo sabemos. Y no siempre nos interesa poner nombres a todo aquello que nos revoluciona la vida porque no siempre queremos saber, en el sentido profundo. Es decir, saber es tener conciencia y eso nos pone en la ineludible necesidad de respondernos a nosotros mismos con una decisión, esa decisión que nos da verdadero pánico.
Cuando el miedo ( clarisimo, si atendemos a los momentos de autoengaño de los personajes ) cuando el miedo gobierna nuestra vida, ni siquiera queremos oìr hablar de algo tan definitivo como resulta ser la respuesta aun no pronunciada, “estoy enamorada de Esther (o de Maca )”.
La necesidad de curar las heridas de un alma convaleciente; el miedo a reabrir los senderos del alma y la emoción profundas, el miedo a volver a sufrir, todos y cada uno de esos miedos, nos parapetan , nos hacen huir de todo aquello que suponga asumir cualquier riesgo para nuestro sangrante corazón..¿lógico, verdad ? pues mientras que desde un punto de vista exterior, desde nuestros lejanos sofás, podemos pensar, ante esas preguntas, que “la vida está para vivirla y no perder el tiempo”, igualmente tod@s hemos podido experimentar situaciones de dolor sentimental. Tales como las de los personajes.
Y, a veces, cuando no somos capaces de reaccionar en un período de tiempo razonable, corremos el riesgo, como nuestras niñas, de negarnos definitivamente al Amor, en todas sus dimensiones, pues una cosa es dejarnos embelesar por una atracción bestial y fundirnos sexualmente con alguien, ( hasta ahora es lo que hacen nuestros personajes, que se sepa ) y otra bien distinta es vivir el Amor “en condiciones”, que diría mi abuela.
El miedo, pues, nos encadena a la huída de nuestras verdades más profundas, a no ser que ocurra el milagro de conocer a quien provocará la revolución en nuestra vida. Es lo que les está pasando a los personajes, pero eso, poquito a poco, que son tan humanos como nosotr@s y ya tendrán la necesidad ineludible de responder, eso, seguro...
En segundo lugar, observando la falta de respuesta de los personajes, puede ocurrir que hayan perdido cualquier ilusión o esperanza viable en la posibilidad de ser realmente felices, no sólo ante los fracasos sentimentales anteriores, sino como causa de sus propias psicologías.
Las pérdidas amorosas nos conducen a ese terrible estado de desesperanza, de descreimiento, de negaciòn de que sí es posible, no sólo enamorarse, sino amar plenamente. Los personajes, como no se lo creen, no pueden contestar aun.
Pero además se añade otra causa a ese estado de incredulidad. La falta de creencia en un@ mism@, la inseguridad de ciertos caracteres, ya sea adquirida o heredada.
La de nuestros personajes es de una y otra clase.
El mejor ejemplo, el de Esther, que perdió el amor de la madre. Terrible experiencia para la autoafirmación, para crecer pensando que la tierra que pisamos es firme y que por eso estamos seguros.
El miedo a la felicidad existe como un complicado mecanismo relacionado con la falta de autoestima. Algo así como sentir que no merecemos ser felices, porque somos poco importantes. La fachada chuleta extrovertida de Esther, ese aire de seguridad ficticia que se desmorona en la soledad de las noches o los silencios, en esos pocos momentos en los que se permite mirar dentro, es un ejemplo clásico de pose defensiva. Aparentar justo precisamente aquello de lo que se carece suele ser la mejor “defensa” ante el mundo. Ese ponerse el mundo por montera, ese continuar evitando el verdadero Amor, que se vislumbra más que como camino hacia la felicidad, como un peligrosisimo elemento desestabilizador, ahora que, “más o menos, había conseguido olvidar tanta desgracia”. Esa pose de chica autosuficiente y decidida esconde el alma de un ser eminentemente vulnerable, alguien que, en realidad, nunca perdió su verdadera esencia. Sino que procuró borrarla pensando que era la causa de tanto dolor. Resulta asombroso comprobar cómo se parece este personaje a personas que tod@s hemos conocido a lo largo de los años.
No es que ella haya dejado de sentir o de poder amar a alguien. Es que simplemente decide borrar tales palabras de su vida.
El miedo de Esther al verdadero Amor es el miedo a la felicidad, algo que no cree merecer.
Otra posibilidad que se añade a los recovecos de semejantes actitudes, situaciones, creencias, nuevamente relacionada con la falta de autoestima, es el miedo a no ser capaz de amar tal como espera de nosotros el otro. Hay un miedo a no poder, a no saber, a creer que el otr@, esa persona de la que día a día nos enamoramos, más y más sabiéndolo o no, aceptándolo o no, pueda sentirse desilusionad@ con lo que somos y por tanto, rechazarnos. El rechazo, terrible palabra para las personas inseguras, que puede llevarnos a la mayor de las parálisis en la vida, a ese dejar de sentir para no arriesgarnos al fracaso; para no tener que responder a preguntas como: dónde está mi error, qué he hecho mal, cuando quizá exista un simple problema de incompatibilidad, algo tan normal como que te gusta alguien o no.
Así que en lugar de luchar por lo que queremos decidimos que lo más fácil, lo más cómodo y, por lo tanto, lo mejor para nosotr@s es no complicarnos la vida con algo tan gordo como el Amor. Por eso Esther no quiere relaciones serias.
Ante tal cúmulo interno, el personaje, un personaje tan creíble como cualquiera de nosotr@s, no sólo no es capaz de responder, sino que ni siquiera puede plantearse de modo serio esa pregunta, cuya respuesta, aparentemente fácil, se convierte para ella en toda una revolución para su vida.
Hay preguntas, por tanto, cuyas respuestas sólo las hace tan innegables como cristalinas justo aquello que nos quita la vida....el tiempo, ese algo que, finalmente, nos dará la esperada felicidad mientras, a la vez, nos va robando poco a poco las posibilidades de disfrutarla.
Por eso lo suyo será que los personajes puedan encontrar sus respuestas antes que el tiempo les gane la batalla de la vida.
Y revisando las historias anteriores, está claro, porque no podía ser de otra manera, que nuestra respuesta común será la misma, no por nada, sino por pura cuestión de inteligencia: el triunfo aplastante del Amor para nuestros estimados personajes, la elección por la libertad de ser felices y vivir la vida....y es que, ya lo dicen los sabios, vida no hay màs que una y está para vivirla, no para escapar continualmente de unas y otras respuestas.
Si además, las preguntas que surgen están hablando de la vida misma, la de cualquiera de nosotr@s, entonces resulta especialmente interesante detenerse en cuestiones que hablan de las distintas motivaciones internas de la gente, en forma de personajes que parecen estar tan viv@s como l@s propi@s lector@s.
Lo bueno de plantear preguntas que se quedan sin respuesta, aparentemente, consiste en que cumplen, al menos, tres finalidades claras:
1.- Aumentar la emoción o la intriga de la trama ( qué dirá, cuándo y cómo lo dirá )
2.- Involucrar al lector en la historia haciéndolo partícipe de dichas preguntas.( ¿ hay alguien que no las haya respondido ya en casa ?... )
3.- Mejorar la historia teniendo en cuenta que, de acuerdo a las caracteres de los personajes, lo más probable es que no sean sus cuestionamientos internos, en forma de diálogos del relato, los que otorguen la respuesta o respuestas, sino el propio discurrir de la trama; para lo cual los hechos de dichos personajes deberán ser lo suficientemente explícitos; y con ellos aparecerán cristalinas sus respuestas ante preguntas de este estilo.
En el relato visceral son mayoritariamente los hechos los que definen al personaje, más que sus palabras o sus pensamientos, exactamente igual que puede ocurrir en la vida real.
Hasta ahora, visto desde fuera, los hechos nos indican a tod@s respuestas meridianas y contundentes, pues la opinión externa sobre la vida de l@s otr@s resulta tan fácil de adoptar como arriesgadas son las conclusiones o juicios que hacemos guiados por la apariencia que demuestran los personajes; pues es lo mismo que hacemos con las personas, generalmente.
Si antes comentaba el para qué, ¿ nos fijamos en el por qué ? ¿ por qué dejar las preguntas sin respuesta ?
Bueno, en primer lugar, y de acuerdo a experiencias propias o ajenas, a pesar de que nos dejemos arrastrar por pasiones o impulsos, no siempre tenemos claro lo que sentimos. Lo sentimos pero no lo sabemos. Y no siempre nos interesa poner nombres a todo aquello que nos revoluciona la vida porque no siempre queremos saber, en el sentido profundo. Es decir, saber es tener conciencia y eso nos pone en la ineludible necesidad de respondernos a nosotros mismos con una decisión, esa decisión que nos da verdadero pánico.
Cuando el miedo ( clarisimo, si atendemos a los momentos de autoengaño de los personajes ) cuando el miedo gobierna nuestra vida, ni siquiera queremos oìr hablar de algo tan definitivo como resulta ser la respuesta aun no pronunciada, “estoy enamorada de Esther (o de Maca )”.
La necesidad de curar las heridas de un alma convaleciente; el miedo a reabrir los senderos del alma y la emoción profundas, el miedo a volver a sufrir, todos y cada uno de esos miedos, nos parapetan , nos hacen huir de todo aquello que suponga asumir cualquier riesgo para nuestro sangrante corazón..¿lógico, verdad ? pues mientras que desde un punto de vista exterior, desde nuestros lejanos sofás, podemos pensar, ante esas preguntas, que “la vida está para vivirla y no perder el tiempo”, igualmente tod@s hemos podido experimentar situaciones de dolor sentimental. Tales como las de los personajes.
Y, a veces, cuando no somos capaces de reaccionar en un período de tiempo razonable, corremos el riesgo, como nuestras niñas, de negarnos definitivamente al Amor, en todas sus dimensiones, pues una cosa es dejarnos embelesar por una atracción bestial y fundirnos sexualmente con alguien, ( hasta ahora es lo que hacen nuestros personajes, que se sepa ) y otra bien distinta es vivir el Amor “en condiciones”, que diría mi abuela.
El miedo, pues, nos encadena a la huída de nuestras verdades más profundas, a no ser que ocurra el milagro de conocer a quien provocará la revolución en nuestra vida. Es lo que les está pasando a los personajes, pero eso, poquito a poco, que son tan humanos como nosotr@s y ya tendrán la necesidad ineludible de responder, eso, seguro...
En segundo lugar, observando la falta de respuesta de los personajes, puede ocurrir que hayan perdido cualquier ilusión o esperanza viable en la posibilidad de ser realmente felices, no sólo ante los fracasos sentimentales anteriores, sino como causa de sus propias psicologías.
Las pérdidas amorosas nos conducen a ese terrible estado de desesperanza, de descreimiento, de negaciòn de que sí es posible, no sólo enamorarse, sino amar plenamente. Los personajes, como no se lo creen, no pueden contestar aun.
Pero además se añade otra causa a ese estado de incredulidad. La falta de creencia en un@ mism@, la inseguridad de ciertos caracteres, ya sea adquirida o heredada.
La de nuestros personajes es de una y otra clase.
El mejor ejemplo, el de Esther, que perdió el amor de la madre. Terrible experiencia para la autoafirmación, para crecer pensando que la tierra que pisamos es firme y que por eso estamos seguros.
El miedo a la felicidad existe como un complicado mecanismo relacionado con la falta de autoestima. Algo así como sentir que no merecemos ser felices, porque somos poco importantes. La fachada chuleta extrovertida de Esther, ese aire de seguridad ficticia que se desmorona en la soledad de las noches o los silencios, en esos pocos momentos en los que se permite mirar dentro, es un ejemplo clásico de pose defensiva. Aparentar justo precisamente aquello de lo que se carece suele ser la mejor “defensa” ante el mundo. Ese ponerse el mundo por montera, ese continuar evitando el verdadero Amor, que se vislumbra más que como camino hacia la felicidad, como un peligrosisimo elemento desestabilizador, ahora que, “más o menos, había conseguido olvidar tanta desgracia”. Esa pose de chica autosuficiente y decidida esconde el alma de un ser eminentemente vulnerable, alguien que, en realidad, nunca perdió su verdadera esencia. Sino que procuró borrarla pensando que era la causa de tanto dolor. Resulta asombroso comprobar cómo se parece este personaje a personas que tod@s hemos conocido a lo largo de los años.
No es que ella haya dejado de sentir o de poder amar a alguien. Es que simplemente decide borrar tales palabras de su vida.
El miedo de Esther al verdadero Amor es el miedo a la felicidad, algo que no cree merecer.
Otra posibilidad que se añade a los recovecos de semejantes actitudes, situaciones, creencias, nuevamente relacionada con la falta de autoestima, es el miedo a no ser capaz de amar tal como espera de nosotros el otro. Hay un miedo a no poder, a no saber, a creer que el otr@, esa persona de la que día a día nos enamoramos, más y más sabiéndolo o no, aceptándolo o no, pueda sentirse desilusionad@ con lo que somos y por tanto, rechazarnos. El rechazo, terrible palabra para las personas inseguras, que puede llevarnos a la mayor de las parálisis en la vida, a ese dejar de sentir para no arriesgarnos al fracaso; para no tener que responder a preguntas como: dónde está mi error, qué he hecho mal, cuando quizá exista un simple problema de incompatibilidad, algo tan normal como que te gusta alguien o no.
Así que en lugar de luchar por lo que queremos decidimos que lo más fácil, lo más cómodo y, por lo tanto, lo mejor para nosotr@s es no complicarnos la vida con algo tan gordo como el Amor. Por eso Esther no quiere relaciones serias.
Ante tal cúmulo interno, el personaje, un personaje tan creíble como cualquiera de nosotr@s, no sólo no es capaz de responder, sino que ni siquiera puede plantearse de modo serio esa pregunta, cuya respuesta, aparentemente fácil, se convierte para ella en toda una revolución para su vida.
Hay preguntas, por tanto, cuyas respuestas sólo las hace tan innegables como cristalinas justo aquello que nos quita la vida....el tiempo, ese algo que, finalmente, nos dará la esperada felicidad mientras, a la vez, nos va robando poco a poco las posibilidades de disfrutarla.
Por eso lo suyo será que los personajes puedan encontrar sus respuestas antes que el tiempo les gane la batalla de la vida.
Y revisando las historias anteriores, está claro, porque no podía ser de otra manera, que nuestra respuesta común será la misma, no por nada, sino por pura cuestión de inteligencia: el triunfo aplastante del Amor para nuestros estimados personajes, la elección por la libertad de ser felices y vivir la vida....y es que, ya lo dicen los sabios, vida no hay màs que una y está para vivirla, no para escapar continualmente de unas y otras respuestas.

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