Hoy, después de unos días de vacaciones, intensas, emocionantes, con ese intercambio incomparable que te ofrecen l@s amig@s recuperad@s, tocaba ese día de asentar la cabeza, de nuevo en tierra conocida.
Y después de deshacer y ordenar, pues viene lo que, a veces, suele ser lo mejor del viaje, la vuelta a casa, a ese recuperar nuestro maravilloso sofá de lecturas, músicas y escrituras. El lugar del reencuentro con nosotr@s mism@s, ese retomar nuestra conversación interna, la que dejamos aparcada cuando salimos de las rutinas impuestas.
Y con el regreso, la vuelta a tod@s aquell@s elementos que nos devuelven el relax y el disfrute interiores, la puesta en marcha de la emoción sentimental.
Por ejemplo, la música de Mozart.
Escuchar a Mozart es recuperar la libertad que nos otorga la liberación espontánea de su arte: se convierte en uno de esos ejercicios en los que el corazón recupera su protagonismo, tras los cotidianos controles que imponen las necesarias distancias, esas barreras con que procuramos defendernos de las barbaries de nuestra cotidianeidad. Y es que no se puede hacer otra cosa que rendirse a la belleza que penetra como un hechizo por oídos e inunda todo el alma.
Escuchar a Mozart es volver a creer en la felicidad, volver a soñar con que el mundo y la vida nos serán, por fin, benéficos; en que todo, incluso el Amor, será posible.
Escuchar a Mozart es sentir las buenas intenciones de todos los principios, la fuerza y la juventud primeras. Es volver a ser un niño y, por tanto, recuperar, por algunos instantes, la creencia de que todo es posible porque nuestra inocencia no concibe algo que empañe la armonía de los ángeles o del paraíso. Pues ser un niño es vivir entre algodones, en ese flotar alrededor de mundos de ilusión, de la blancura inmaculada de las paredes encaladas, muy lejos aún de las negruras que el tiempo va añadiendo a la experiencia.
Escuchar a Mozart va convirtíendose en una necesidad cada vez más adictiva con el paso de los años. Siempre recuerdo a una mujer alrededor de los cincuenta, que, cuando yo tenía unos 30 decía algo que empecé a experimentar por mí misma hace ya unos cuantos años: "pasa el tiempo y mientras más vieja, más y más me gusta Mozart. Y es.. no sé ni cómo explicarlo..."
Quizá la cuestión de gustos musicales va por rachas de la vida relacionadas con los grados de madurez y con los momentos vividos. Pues es curioso observar cómo las pasiones sonoras van cambiando, desde esa adicción drogadicta por el allegro-adagio-allegro del barroco musical italiano ( escúchese Vivaldi-Albinoni-Telemann..etc..) al romanticismo tormentoso de Beethoven, el lirismo intenso y melancólico de Chopin o el simbolismo de Satí.
Con Mozart llegamos a ese vitalismo contagioso, esa preferencia, dentro de melodías fácilmente escuchables, por la gracia,la sencillez y la inocencia que esperamos encontrar en todas las cosas de la cotidianeidad.
Escuchar a Mozart es, finalmente, seguir creyendo que "sólo aquellos que lucharon por lo que les parecía imposible, lograron alcanzar alguna vez lo realmente posible" ( Bakunin )
Con los años, alcanzamos esa tendencia a simplificar los grandes conceptos, y a resumir la vida en esencias, en esa operación de depuración de lo superfluo, para quedarnos con lo que de verdad importa.
La chispa de la vida, las indispensables fibras que conforman la vida de cada indivíduo, tratando de emular esa difícil sencillez que sólo los genios consiguen. Ese fácil dificilísimo de nuestro músico, que aparece en algunas de sus múltiples y variadas vertientes ( recomiendo los casquitos para sumergirse de lleno en la maravilla de su música ) :
Y después de deshacer y ordenar, pues viene lo que, a veces, suele ser lo mejor del viaje, la vuelta a casa, a ese recuperar nuestro maravilloso sofá de lecturas, músicas y escrituras. El lugar del reencuentro con nosotr@s mism@s, ese retomar nuestra conversación interna, la que dejamos aparcada cuando salimos de las rutinas impuestas.
Y con el regreso, la vuelta a tod@s aquell@s elementos que nos devuelven el relax y el disfrute interiores, la puesta en marcha de la emoción sentimental.
Por ejemplo, la música de Mozart.
Escuchar a Mozart es recuperar la libertad que nos otorga la liberación espontánea de su arte: se convierte en uno de esos ejercicios en los que el corazón recupera su protagonismo, tras los cotidianos controles que imponen las necesarias distancias, esas barreras con que procuramos defendernos de las barbaries de nuestra cotidianeidad. Y es que no se puede hacer otra cosa que rendirse a la belleza que penetra como un hechizo por oídos e inunda todo el alma.
Escuchar a Mozart es volver a creer en la felicidad, volver a soñar con que el mundo y la vida nos serán, por fin, benéficos; en que todo, incluso el Amor, será posible.
Escuchar a Mozart es sentir las buenas intenciones de todos los principios, la fuerza y la juventud primeras. Es volver a ser un niño y, por tanto, recuperar, por algunos instantes, la creencia de que todo es posible porque nuestra inocencia no concibe algo que empañe la armonía de los ángeles o del paraíso. Pues ser un niño es vivir entre algodones, en ese flotar alrededor de mundos de ilusión, de la blancura inmaculada de las paredes encaladas, muy lejos aún de las negruras que el tiempo va añadiendo a la experiencia.
Escuchar a Mozart va convirtíendose en una necesidad cada vez más adictiva con el paso de los años. Siempre recuerdo a una mujer alrededor de los cincuenta, que, cuando yo tenía unos 30 decía algo que empecé a experimentar por mí misma hace ya unos cuantos años: "pasa el tiempo y mientras más vieja, más y más me gusta Mozart. Y es.. no sé ni cómo explicarlo..."
Quizá la cuestión de gustos musicales va por rachas de la vida relacionadas con los grados de madurez y con los momentos vividos. Pues es curioso observar cómo las pasiones sonoras van cambiando, desde esa adicción drogadicta por el allegro-adagio-allegro del barroco musical italiano ( escúchese Vivaldi-Albinoni-Telemann..etc..) al romanticismo tormentoso de Beethoven, el lirismo intenso y melancólico de Chopin o el simbolismo de Satí.
Con Mozart llegamos a ese vitalismo contagioso, esa preferencia, dentro de melodías fácilmente escuchables, por la gracia,la sencillez y la inocencia que esperamos encontrar en todas las cosas de la cotidianeidad.
Escuchar a Mozart es, finalmente, seguir creyendo que "sólo aquellos que lucharon por lo que les parecía imposible, lograron alcanzar alguna vez lo realmente posible" ( Bakunin )
Con los años, alcanzamos esa tendencia a simplificar los grandes conceptos, y a resumir la vida en esencias, en esa operación de depuración de lo superfluo, para quedarnos con lo que de verdad importa.
La chispa de la vida, las indispensables fibras que conforman la vida de cada indivíduo, tratando de emular esa difícil sencillez que sólo los genios consiguen. Ese fácil dificilísimo de nuestro músico, que aparece en algunas de sus múltiples y variadas vertientes ( recomiendo los casquitos para sumergirse de lleno en la maravilla de su música ) :
-En el entusiasmo contagioso y vitalista, ya casi casi beethoveniano...
- En la grácil poesía de sus melodías universales...
- En la alegría eterna del hombre que baila sin descanso, al ritmo elegante de un cortesano divertimento...
- En el lirismo sin tregua del Mozart intimista...
- En la inocencia incandescente del niño eterno, ese papageno...
- En la intensa emotividad de las cuerdas...
- En la sutil delicadeza de los vientos...
- Para terminar, ese Mozart "total de los totales", sin hipérboles ni exageraciones, palabrita de niño Jesús, el Mozart que, simplemente te deja mud@, como en otro mundo, tal es el grado de maravilla... porque escucharlo en la voz de Lucía Popp es poder decir, "ahora sí, ahora, después de esto, ya puedo morirme tranquil@ "( que no? escuchen y digan...p.d. por supuesto, se admiten sugerencias para tratar de describir qué se siente, cómo, cuánto, en qué intensidad........si es que eso es posible hacerlo con las palabras....)

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Sólo voy a decir que la vida no sería lo mismo si Mozart no hubiera existido. Un genio intemporal.
ResponderEliminarD.
jajaja...¿ "sólo" ? bueno, creo que ya es mucho lo que dices, no?. Entre otras cosas, me parece curioso que, hasta ahora, coincidamos en gustos musicales tan distintos como Medina Azahara y Mozart, que ya es difícil, no? jajjaja.
ResponderEliminarGracias por tus palabras.
Saluditos y expresiones
P.D. ¿ para cuándo la continuación de Oposición? ya lo echo de menos, eh..
Estoy algo obturada con la historia, además de millones de cosas distintas para hacer pero inetnto ponerme a ello... así que igual hay alguna sorpresa un día de estos...
ResponderEliminarEn lo de los gustos musicales es fácil coincidir, me gusta mucho tipo de música distinta así que hay altas probabilidades de que coincidamos.
Besos
D.
Yo voy a decir, que nada mejor para relajaarnos de tanto estres, como en el que estamos sumidos... que sentarnos en el sofá y disfrutar oyendo a Mozart, genio donde los haya.
ResponderEliminarBesines.
Fan....
Fan, es verdad que Mozart es como una tilita para nuestro estresadito corazón. Aunque a veces a mí me quita hasta el sueño porque no puedo dejar de escucharlo. Suele pasarme siempre con la clásica, que me desvela para seguir y seguir...
ResponderEliminarSaluditos y expresiones